El arte textil de Villa Rivero está en extinción
“Quiero rescatar el tejido de Villa Rivero. Ese es mi sueño”, dice Zacarías Coca, quien dedicó gran parte de su vida al arte textil que se caracteriza por su calidad y la construcción de todo tipo de figuras.
Su infancia transcurrió en este lugar. De pequeño siempre tuvo alma inquieta, le gustaba participar, junto con su padre y sus hermanos mayores en la banda de música, tocando bombo y platillos. Con las personas mayores iba a todo tipo de acontecimiento, porque los músicos eran muy cotizados.
Sin embargo, encontró su pasión y dedicación en el tejido, ya que la mayor parte de los adultos se dedicaba a tejer, generando ingresos económicos con este oficio.
Sólo observando a sus padres aprendió a tejer.
Su familia emigró a Oruro. Desde adolescente trabajó en la mina de San José y por las noches estudiaba. Mantenía a su familia con lo que ganaba con los tejidos. Luego de salir del cuartel, retornó a Villa Rivero. “En ese tiempo había turistas de todas partes del mundo: americanos, europeos y hasta asiáticos que sacaban fotografías maravillados por el arte que se hacía con los telares”, indica.
Coca tenía el anhelo de saber mucho más de los tejidos. Por lo cual, adquirió libros en alemán, inglés y otros idiomas que hizo traducir y aprendió acerca de la historia de los telares, nomenclaturas y otras técnicas existentes. Sin embargo, menciona que arte textil de Villa Rivero es único, puesto que utiliza el método vertical, una técnica rústica en la que se usan manos y pies.
Se obtienen cuadros con colores vivos y llamativos dando a conocer paisajes de diversos lugares y costumbres de la gente.
En cambio, el tejido horizontal, si bien es más complejo, sólo permite elaborar figuras que se repiten.
Al perfeccionar este conocimiento, empezó a participar en ferias artesanales populares tanto nacionales como internacionales. Viajó a varios países promocionando este arte. Obtuvo numerosas menciones honoríficas y ganó varios concursos.
Tejía en vivo para los curiosos que miraban atentos para no perderse ningún paso. Recuerda con una carcajada que en una feria en Estados Unidos se aproximaron a él unos norteamericanos y le preguntaron: “¿De dónde saca los diseños, si no tiene figuras ni nada?” y les contestó: “¿Interesante no? Ustedes los americanos han fabricado máquinas de escribir, radios, computadoras (…) yo en todos estos años he generado una computadora que siempre ha estado conmigo (…) y se encuentra en mi cabeza”. Ese ha sido su “gran secreto” para crear numerosos paisajes y entre los textiles más sorprendentes está el del escudo boliviano que refleja todos sus detalles y elementos característicos.
En el exterior cobraba una buena suma por los telares e incluso recibió buenas ofertas de trabajo. Sin embargo, su alma estaba enraizada en el país.
Retornó a Villa Rivero para formar parte de una escuela, en la que brindaba todos los conocimientos del arte de los tejidos y, además, ofrecía becas a estudiantes interesados en aprender acerca del oficio.
“Claro está que los profesores eran tejedores de este lugar, pero no tenían conocimiento sobre pedagogía. No importaba, el arte seguía con vida”. Actualmente, esta escuela ya no existe. En su lugar se encuentra el colegio Juan Pablo II de ciclo secundario.
Coca con 85 años tiene un anhelo muy profundo: Evitar que las nuevas generaciones de Villa Rivero olviden este maravilloso arte. “Los jóvenes tienen otros intereses pero es una cultura que no se debe olvidar”, dice.
Desea tener un museo para exponer todos sus trabajos que ha realizado a lo largo de su vida, como también toda la teoría que acompaña a este conocimiento.
Aprovecha cada acontecimiento o exposición cultural para armar momentáneamente una muestra de sus tejidos con el fin de dar a conocer que Villa Rivero se caracterizaba por el arte textil.
Coca no tiene a quien enseñar este valioso conocimiento, “mi hijito era mi esperanza. Mostraba gran interés por el tejido, pero murió”, indica con profunda tristeza sin dar más detalles de la situación.


























