Vida de perros, crónica para los amigos de cuatro patas
Micaela Pereira Aquino / Laboratorio de periodismo UCB
Salgo a mi patio durante la tarde para recibir los rayos del sol, actividad que se ha vuelto un hábito desde aquel 22 de marzo cuando comenzó nuestro aislamiento del mundo exterior. Me siento en el pasto y uno de los perros de la casa se me acerca. Es un pequeño Cocker Spaniel café de aproximadamente unos ocho años, pero su mirada triste y las cicatrices alrededor de sus ojos caídos le aumentan la edad.
Este amigo peludo no siempre fue así. Recuerdo que de pequeño tenía una mirada dulce y traviesa al igual que su actitud cada vez que molestaba a otro perro más adulto, un chapi, como llamamos coloquialmente. El pequeño perrito de orejas largas saltaba alrededor del mayor, molestándolo hasta recibir algún gruñido de advertencia como la que cualquier adulto le da a un niño juguetón.
A pesar de ese comportamiento, ambos eran bastante unidos, lo que hizo más difícil la partida de nuestro querido chapicito a causa de la edad. Desde este suceso, aquel cachorro de dulce mirada y largas orejas ya no jugaba ni comía, sólo se quedaba echado en nuestro jardín encima de la tumba de su eterno amigo. Poco a poco el sufrimiento del perrito era evidente en su aspecto, pues empezó a rascar su hocico contra el suelo, provocando heridas en su rostro.
Con miedo de que la situación empeorara, lo llevamos al veterinario en busca de un tratamiento, pero el diagnóstico era el que esperábamos: no tenía ganas de vivir y una depresión muy fuerte empezaba a afectarlo.
Un día y por casualidades del destino, dos pequeñas gatitas, con lagañas en los ojos y el pelaje enmarañado y sucio aparecieron en nuestro hogar para quedarse por un tiempo. En cuestión de unos pocos días, la convivencia entre ambas especies cambió el panorama. Todos los días podíamos ver al cachorro siendo seguido por las dos felinas con sus colas paradas, cual marcha militar, tratando de seguirle el paso. Él las cuidaba y protegía mientras que ellas jugaban con sus orejas y todas las noches sin falta dormían cálidamente encima de él. Tras la partida de ambas pequeñas a un nuevo hogar, parecía totalmente recuperado.
Poco tiempo después llegó otra Cocker a hacerle compañía hasta la actualidad. No sabemos con certeza su procedencia, pues la encontraron sola, desorientada y asustada en una de las calles de Cochabamba. Tal vez fue una de aquellos tantos animales vendidos en ferias como la que había en el estadio Felix Capriles o el famoso sector de animales del mercado La Pampa, aquellos lugares en los que si tienen suerte de ser comprados, no es garantía de un hogar cálido y seguro. Esto explicaría el miedo en su mirada cuando llegó y cómo escondía temerosa la cabeza cada vez que nos acercábamos después de qué salía corriendo al abrir la puerta, habito que ha reducido con el tiempo, pero no ha olvidado.
O tal vez simplemente es una más de esos miles de perros abandonados en la ciudad, vagando con frío y hambre en cada espacio de la Llajta. Eso explicaría su desesperación en cada comida, su agresividad con otros animales, sus increíbles capacidades de caza, su apego a todo lo que considera suyo y, sobre todo el infinito afecto que empezó a forjar después de un tiempo por sus humanos y también por su compañero perruno, superando sus miedos del pasado.
Al principio la relación entre ambos animales era difícil, pero después de algunos gruñidos y mordidas, se acostumbraron a la compañía del otro. La situación parecía mejorar para nuestro amigo de orejas largas. Sin embargo, así como pasa con nosotros los humanos, la depresión volvió e incluso con mucha más fuerza. A causa de este padecimiento, sus defensas bajaron, provocando que un hongo lo atacara en el hocico y patas, mismo que ocasionaba un escozor constante.
Tratando de aliviar la molestia, el animal se rascaba y mordía, generando graves heridas que podrían infectarse fácilmente sin los cuidados necesarios. Así que, por recomendaciones de especialistas, le pusimos un cono para evitar que se siga lastimando.
De esta forma, continúa su vida. Hay días en los que come y otros en los que no. A veces vuelve aquel perro risueño y juguetón, y otras sólo se queda echado en su cama tratando de dormir o tal vez tratando de decirnos algo que simplemente no podemos entender, pero que, a nuestra manera, tratamos de resolver con fármacos, cuidado y amor.
Acaricio al cariñoso perrito que se echa al suelo y empieza a dar vueltas a manera de juego. Pasa algún tiempo y debo volver a entrar, pero no sin antes ver al pequeño Cocker que camina tranquilo en el jardín y mira a las palomas volar. Entro a mi casa, volviendo a mi encapsulamiento, y el perro de mirada triste y orejas largas se queda afuera disfrutando, a pesar de todo, su maravillosa vida de perro.



















