Bolivia, pasado en claro, presente y futuro inciertos
El tiempo, ha dicho Susan Sontag, existe para que sucedan cosas. El espacio, para que no sucedan todas al mismo tiempo. Tiempo y espacio son una dualidad indisoluble que no se bifurca. Parecen unirse en el horizonte, similar a los rieles de un tren, paralelos, juntos, pero sin empalmarse. El tiempo es razón/es, el espacio, acción/es. En medio yace una trilogía que marca la razón de ser de esas acciones; pasado, presente y futuro. ¿Pero qué es el pasado sino un presente que siempre nos observa al revés? ¿Un hálito de vida? ¿Un centinela del olvido?
“Un charco es mi memoria. Lodoso espejo: ¿dónde estuve? Sin piedad y sin cólera mis ojos me miran a los ojos desde las aguas turbias de ese charco que convocan ahora mis palabras. No veo con los ojos: las palabras son mis ojos. Vivimos entre nombres; lo que no tiene nombre todavía no existe: Adán de lodo, no un muñeco de barro, una metáfora. Ver al mundo es deletrearlo. Espejo de palabras: ¿dónde estuve? Mis palabras me miran desde el charco de mi memoria (…)”.
“Pasado en claro”, de Octavio Paz, es el cauce poético más extraordinario para rememorar el ayer vestido de blanco, inocente, limpio. Silente y nada ceremonioso. Paz, evoca, clama, convierte sus pensamientos en palabras, las siente y las pronuncia. Lo que no tiene nombre no existe. Lo que fue siempre estará, tendrá nombre y cuerpo y también sentimientos. Como esos tiempos y lugares en donde vivimos momentos felices, asumiendo en tono suave que la ventura era un soplo en el corazón de la vida.
“El tiempo y sus combinaciones: los años y los muertos y las sílabas, cuentos distintos de la misma cuenta. Espiral de los ecos, el poema es aire que se esculpe y se disipa, fugaz alegoría de los nombres verdaderos. A veces la página respira: los enjambres de signos, las repúblicas errantes de sonidos y sentidos, en rotación magnética se enlazan y dispersan sobre el papel. Estoy en donde estuve: voy detrás del murmullo, pasos dentro de mí, oídos con los ojos, el murmullo es mental, yo soy mis pasos, oigo las voces que yo pienso, las voces que me piensan al pensarlas. Soy la sombra que arrojan mis palabras”.
Este presente que balbucea humanismo, pedigüeño y desnudo a costa de su frialdad, va desmoronándose a medida que se hace futuro, va quitando su piel de antaño, como si fuera una boa gigantesca que revuelca su asombro y su inocencia ante la mirada quieta y traicionera del impostor.
Éste es el tiempo y el espacio de las tinieblas, lo mismo da estafar que aniquilar, babear la solapada humildad, ocultando la daga de la traición en los fondos estrechos de la “igualdad”.
Presente y futuro que se presiente soberbio e intolerante, atisba su mentirosa nariz para cargar olores en su mente codiciosa, esquivando los huecos de la culpabilidad y el irrespeto. Maniatando al futuro como si fuera un delincuente sin delito, encarcelando a la libertad y a la verdad para que no sigan alimentando la idea de que desde hace mucho tiempo se respira lodo negro y venganza.
Futuro amordazado. Derecha disfrazada de izquierda que no respeta derechos. Democracia y libertad bajo palabra y la mirada siniestra del subalterno. Del que hace el trabajo sucio.
“¿Es ésta la región más transparente del aire?” Se pregunta Alfonso Reyes en “Palinodia del polvo”. ¿Qué habéis hecho, entonces, de mi alto valle metafísico? ¿Por qué se empaña, por qué se amarillece? Corren sobre él como fuegos fatuos los remolinillos de tierra.
“Palinodia del polvo” es una suma melancólica que, utilizando al polvo como metáfora, pretende señalar una profunda angustia del hombre por el hombre.
El polvo es un referente general que se traduce en molestia, deterioro, angustia, desesperanza y una paulatina decrepitud en la esencia de la vida, de la ética y de la justicia.
Reyes, sentencia y, al mismo tiempo, presagia un futuro que ya se va, se ve, resquebrajan(do) a medida que avanza el presente, un camino de la nada que envuelve a su paso la frescura y la inocencia para después aniquilarla.
Es la “venganza y venganza del polvo, lo más bajo del mundo”, dice. ¿Qué es lo más bajo del mundo? La traición a uno mismo, a sus principios, a las formas más elementales de entender la ética y la transparencia, es la actitud necia de un Caín que asesina una y otra vez.
Yo vivo en la región menos transparente del aire. Una región en donde día a día el polvo del desasosiego da vida a la Hidra de cien cabezas.
La región menos transparente es esa en la que siempre resucitan los fuegos fatuos. Tiene como Gobierno a los inservibles, a los incapaces, a los que vomitan miseria en el día y fuego en la noche. Son antropófagos, se comen a sus habitantes y, con ellos, a sus sueños, a sus esperanzas y a sus alegrías no vividas.
La región menos transparente está envuelta en injusticias, mentiras, escándalos y podredumbre. Su Gobierno destila revancha y venganza, poco importa el futuro colectivo, nada, los derechos individuales. Esta región en la que vivo se ha convertido en territorio tomado por la antidemocracia, donde las libertades están enjauladas y las voces silenciadas a fuerza de persecuciones y amenazas.
Este 2016 oscuro y doloroso que ya se va, mira de sesgo sus sombras que nos deja. La mañana asoma su mirada y, pese a su claridad, parece que aún dificulta nuestra incorporación hacia un optimismo verdadero. Este 2016 que intenta en vano luces de vida, deja en libertad la muerte que gestó y redime sus esperanzas y deseos en el nuevo año que nos toca. Tiempo y espacio sobre esta Bolivia que, más que nunca necesita luz propia, única, auténtica. Sin falsos enviados ni chamanes curanderos. Necesita respeto a su democracia y alternancia rigurosa en la voluntad democrática.
Pasado en claro para evocar el ayer. Presente oscuro para advertir un futuro ciego. En medio, tiempo y espacio cohabitando una región en donde sólo la esperanza en la historia, que ejercita el vaivén de la espada de Damocles que cercenará el cogote del impostor déspota, nos liberará y nos hará justicia.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.


















