El niño velado
Un hombre soltero, en su quinta década de vida tiene todo el derecho de ser presidente de su país, un hombre soltero en su quinta década tiene todo el derecho de tener una vida sexual, y tiene todo el derecho de elegir la manera como la maneja, y además tiene todo el derecho a la privacidad. Los cómos y los cuándos, y los con quién, no le incumben a nadie. A menos que estos involucren un acto ilegal, digamos que esté involucrada una persona menor de edad.
Un presidente de un país, no puede andar diciendo que quiere retirarse con una quinceañera, en primer lugar porque está haciendo apología de un delito, y en segundo lugar, porque además está alimentando una de las peores taras de una sociedad, como es el machismo.
Un presidente en su quinta década tiene legalmente el derecho de cortejar a una persona que esté en su segunda década, siempre y cuando ella sea mayor de edad, pero eso no dice muy bien de él. Y un presidente, en general, debe ser un ejemplo y debería evitar las situaciones que están casi en el límite.
Un hombre en su quinta década, que tiene relaciones sexuales con una joven en su segunda década, y ella se embaraza, tiene la obligación de hacerse cargo de la situación en toda su dimensión. Suya es la mayor responsabilidad. Y si ese hombre es el presidente de un país, el país tiene todo el derecho de conocer exactamente cuál fue su comportamiento cuando el niño nació.
En el caso telenovelesco que nos ocupa, sabemos que Su Excelencia, (por algo se les llama así), inscribió al niño como suyo, y sabemos que luego le informaron que el niño había muerto. Sería interesante conocer quién corrió con los gastos de parto, con los de los tratamientos de salud del bebé y con los funerarios. Esto debería estar reflejado en la declaración de impuestos del Primer Mandatario, a menos que él se hubiera abstenido de hacer alguna contribución, vale decir de cumplir con un deber elemental.
El problema empeora cuando ese hombre en su quinta y en su sexta década es no solo el presidente de un país, sino considerado el Jiliri Irpiri, el gran conductor, el portento, el fenómeno que sólo aparece cada 200 años. Cuando a esa persona que ha sido elevada al rango de deidad se le descubre un comportamiento tan desaprensivo, tan indolente, tan poco humano, estamos en realidad ante el ídolo con los pies de barro, un derrumbe estrepitoso.
La historia del niño, de cuya existencia se ha sabido públicamente en forma oficial hace casi un mes, y que todavía no está esclarecida, no es algo menor y no puede ser ocultada so pretexto de proteger la vida privada de la madre ni la del padre. Y es importante porque es una historia enormemente sórdida, que ha sacado a flote además lo peor de muchas personas que ostentan cargos importantes en el Gobierno actual.
La existencia del niño ha puesto en evidencia un posible tráfico de influencias y un caso de enorme enriquecimiento a partir de contratos directos hechos entre el Estado y una empresa privada, algo casi obvio, considerando la relajación de normas en los contratos estatales. Pero ojo, aclaremos, aún si estos negociados no hubieran tenido lugar, la historia del niño ocultado y negado no dejaría de ser indignante. Es inaceptable para un jefe de Estado moderno, y mucho menos para uno pachamámico, si se toma en cuenta todo el discurso de la reserva moral de la humanidad, y el ama sua y el ama llulla.
El niño ha causado un enorme tsunami, y éste se ha llevado por delante la dignidad de una buena parte de los altos funcionarios del Gobierno, empezando por la incalificable ministra de Transparencia, que ha sacrificado su buen nombre y el de su Ministerio en una sola conferencia de prensa.
Estamos ante una enorme crisis ética que va más allá de los negociados, que obviamente también deben ser investigados y juzgados. Un enmarañado de mentiras y medias verdades ha contaminado profundamente el ambiente boliviano y ahora se siente un olor mucho más fuerte que el de Dinamarca en tiempos de Hamlet. La primera pregunta es si el Gobierno podrá enmendar el daño que se ha hecho a sí mismo en estas semanas y la segunda, aún más dura, es si todo esto le interesa al pueblo.
El autor es operador de turismo .
Columnas de AGUSTÍN ECHALAR ASCARRUNZ






















