Naciones felices e infelices
Está visto que la felicidad puede ser estable y duradera -como sin duda ocurre con Suiza, Canadá y las naciones escandinavas-, pero también puede ser algo muy volátil y cambiante en latitudes institucionalmente menos estables. Los ejemplos están a la vista.
Se ha publicado recientemente el llamado Índice de felicidad mundial 2015” (http://worldhappiness.report/) que comprende a 158 países. Según la Organización de las Naciones Unidas (ONU), el año pasado representó un hito para la humanidad por la adopción de los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS), planteados para guiar a la comunidad mundial hacia un modelo más inclusivo e integral. Por otro lado, la ONU sostiene que el desarrollo sostenible es un concepto normativo válido para equilibrar objetivos económicos, sociales y ambientales. Es por eso, agrega, que los ODS están diseñados para ayudar a que los países alcancen armónicamente dichos objetivos, lo cual conducirá a mejores niveles de vida para las generaciones presentes y futuras. En este contexto, se cree que los conceptos de felicidad y bienestar ayudan en el camino hacia el desarrollo sostenible. El Informe Mundial de la Felicidad 2015, justamente resalta lo útil que puede ser la utilización de mediciones de felicidad para orientar la formulación de políticas y evaluar el bienestar general en cada sociedad.
En todo caso y más allá de los comentarios de la ONU que hemos reproducido, debemos tener presente que la felicidad es algo muy subjetivo, en algunos casos hasta íntimo y personal. Empero, es posible medir con cierto grado de certeza la felicidad colectiva de una comunidad y eso es lo que se ha hecho. Varios indicadores básicos tales como esperanza de vida, un alto ingreso per cápita, excelentes condiciones de salubridad, fácil acceso a la educación, buenos salarios y oportunidades de trabajo, rentas de jubilación adecuadas, eficiencia en servicios sociales, gran libertad de pensamiento y de movimientos, alta confianza en autoridades e instituciones, notable seguridad jurídica y económica, etcétera, nos pueden dar en conjunto y con bastante exactitud las pautas de cuán “feliz” es una sociedad.
Costa Rica, México, Brasil y Chile se encuentran entre el lote de los primeros 27 pueblos más felices. Bolivia ocupa el puesto 51, precedida de Bahrain e Italia. Luego vienen Moldava y Paraguay. He aquí que nos encontramos un poco por encima del medio ni muy infelices ni muy felices, pero en líneas generales no andamos tan mal. En la cúspide tenemos a Suiza, Islandia, Dinamarca, Noruega y Canadá, los cinco países más felices del globo. Y en el otro extremo, en la cola de los más infelices (o menos felices) del mundo tenemos a Afganistán, Ruanda, Benín, Siria, Burundi y Togo. Este Estado africano cierra el lote de los desventurados con el número 158. La hoy devastada Siria, que otrora ocupó puestos mejores en materia de felicidad, se encuentra en una pésima posición (156) debido a la desventurada guerra civil que viene asolando a ese país del oriente medio desde hace más de dos años, sumando a ello la incursión en su territorio del terrorismo del Estado Islámico. Está visto que la felicidad puede ser estable y duradera -como sin duda ocurre con Suiza, Canadá y las naciones escandinavas-, pero también puede ser algo muy volátil y cambiante en latitudes institucionalmente menos estables. Los ejemplos están a la vista.
El autor es periodista y escritor.
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