El Corso de Corsos
Como todos los años, el Corso de Corsos de Cochabamba ha concentrado el pasado sábado gran parte de la atención y energías de una buena parte de la población cochabambina.
Siendo tan masivo el entusiasmo que esta actividad desencadena, no es sorprendente que las autoridades públicas, en este caso las del Gobierno municipal, hagan cuanto esté a su alcance para congraciarse con las multitudes y las empresas y personas que disfrutan y se benefician económicamente con la fiesta.
Sin embargo, en éste como en otros casos, resulta pertinente volver a recordar que una elemental condición para la convivencia armoniosa en una comunidad es saber reconocer que los derechos de unos tienen un límite donde comienzan los de los demás. Y si bien ese principio es flagrantemente desconocido a diario, pocas veces es tan notorio cuando en nombre del Corso de Corsos se comete un sinfín de arbitrariedades contra quienes no pueden o no quieren desentenderse de sus obligaciones cotidianas.
En el caso que comentamos, es por lo menos cuestionable la ligereza con que nuestra ciudad ha sido sumida en un verdadero caos desde al menos los tres días previos al festejo. Es que, guste o no, Cochabamba ya no es una aldea que pueda fácilmente paralizarse por el cierre de las principales calles y avenidas que conectan a la ciudad con el norte y viceversa, ocasionando tres jornadas de perjuicios.
La reciente experiencia, que muestra una clara tendencia hacia un aumento de las dificultades con cada año que pasa, debe servir para considerar seriamente la posibilidad de trasladar el Corso de Corsos a otro escenario, de modo que las comodidades y conveniencias de unos no sean incompatibles con las de los demás.

















