De sapos y de libros

Columna
Publicado el 29/05/2016

Es conocidísima la feliz expresión del viejo emenerrista Walter Guevara refiriéndose a la política en general y a la boliviana en particular: consiste en el arte de tragar sapos. El problema es que los sapos no sólo se tragan entre sí, sino que también el público se los tiene que tragar, aunque no los trague. Y los sapos de hoy en día, para continuar con la metáfora, son muchísimo más numerosos, y más gordos, que los de ayer. Y ni qué hablar de sus ensordecedor croar, sin cesar emitido por televisiones, por radios, por periódicos de su propiedad. Indiscutiblemente y por otra parte, no hay nada más lejano de los sapos y su medio que un libro, que una biblioteca. El problema está en que algunas ciudades, o naciones, privilegian más los recintos de los sapos que los de los libros.

Y si de privilegiar los recintos de los libros se trata, ahí tenemos el caso de Colombia, que en un sinnúmero de cosas más, está a años luz de Bolivia, el país más atrasado de Sudamérica en todos los órdenes (perdón, gracias a Chávez-Maduro ahora Venezuela está aún peor). En todo caso, el sistema bibliotecario que conocí en Bogotá es un portento total y que sin duda es un modelo que se debería replicar en todo el mundo y que valdría la pena. Dicho en rápido: sólo la ciudad de Bogotá tiene 19 bibliotecas públicas, 4 de ellas muy grandes. Entre ellas están algunas pequeñas pero buenas, diseminadas por toda la ciudad. Desde barrios efectivamente peligrosos (tuvieron que negociar, en uno, que nadie entre armado la biblioteca) hasta cárceles y hospitales. Conocí una pequeña bibliotequita en un barrio alejado, en la estación de autobuses largos. Pese a ser pequeña, tenía muy buenos libros, desde para niños a novelas muy actuales. Un estantito tenía la maravillosa colección de “Libros al viento” con más de 100 excelentes títulos editados por la Universidad del Externado de Colombia, es decir, una iniciativa privada. Mejor, dice, si quienes se los prestan los devuelven. Si no, no importa. Mientras estaba, llegó una señora a devolver cinco libros para niños y llevarse otros. Bien por esos niños. En ese lugar, no puedo dejar de mencionarlo, tuvo lugar la lectura de poesía más hermosa y emotiva de mi experiencia. No sé cuál será la suerte de libros y bibliotecas en las demás ciudades colombianas, aunque es famoso un caso: la gran biblioteca que construyó un alcalde inteligente en Medellín, en su sector más conflictivo y peligroso y que cambió, para bien, la vida de todos en el barrio, que ahora la cuidan, la adoran y hasta los turistas van a visitar.

Y a todo esto, entonces ¿cuál es la situación de las bibliotecas públicas en Bolivia? Sin necesidad de investigar el tema con mayores datos, la respuesta del ciudadano de a pie es: un desastre. No existen. Habrá algunas, repartidas por las universidades, de fatigoso acceso. ¿Qué presupuesto anual y nacional, proveniente de las arcas estatales, irá dedicado a todas las bibliotecas? Debe ser el mismo que el de un par de canchas de fútbol y coliseos que Evo se complace en regar por todo el país, arruinando los paisajes de pueblos y de campos.  Parece que esa fuera toda su idea del trabajo que le compete. Y, si no se gasta nada ni en libros ni en bibliotecas,  erogan, aso sí, millones a mansalva en sus propios recintos y palacetes. Museo Evo Morales en Orinoca, edificación nueva como Casa de Gobierno, Palacio Legislativo… A cada cuál más caro y espantoso, verdaderos y horrendos bodrios que arruinarán definitivamente el ya maltrecho paisaje urbano de La Paz. Así son los nuevoricos políticos. O está el hecho de que con el sólo precio del  famoso-por-vergonzoso-avión y su mantenimiento mensual, ya podría haber una magnífica biblioteca pública en cada capital departamental, que sin duda beneficiaría absolutamente a todos, no como en el alado caso de  ese gasto oneroso y abusivo que no le reporta ningún bien  a nadie aunque sí lo hace, muy mucho y espléndidamente, a Evo mismo y su numerosa banda de empleados,  su cohorte de afanosos secundones.

Los sapos croan en las ciénagas, los libros se refugian callados en las bibliotecas. Cada cuál sabrá qué prefiere. El 21 de febrero, la mayoría (en franco crecimiento) de los bolivianos ya dijeron qué querían. Y qué no quieren. Pero eso a los batracios, por muy abrumadora que llegara a ser esa mayoría, les tiene sin cuidado. Como los libros.

 

El autor es escritor. 

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