El beneficio de la duda
En un proceso electoral ejemplar, Chile ha elegido, por segunda vez y en forma discontinuada, como norma su legislación, a Sebastián Piñera como su presidente, quien recibe una compleja herencia de la también dos veces presidenta Michelle Bachelet, quien en su segundo período, a diferencia del primero, sufrió un profundo desgaste.
Se trata de una herencia de importantes reformas a las que siendo candidato dirigió fuertes ataques, pero al parecer calaron en la ciudadanía al punto que tuvo que modificar su posición y en la campaña para la segunda vuelta expresó su decisión de darles continuidad.
Es de esperar que ese cambio no sea sólo una táctica electoral oportunista, sino que exprese la voluntad del nuevo Gobierno de escuchar las demandas de una sociedad que ya cree poco, o menos de lo que suponen sus dirigentes empresariales, políticos y sociales, en el discurso triunfalista sobre los niveles de modernidad que Chile habría alcanzado.
Así lo demuestra la elevada abstención electoral y también la reacción que provocó la posibilidad de que una alianza de izquierda radical pueda ser Gobierno. La derecha comenzó una guerra sucia totalmente incongruente con su supuesta adhesión democrática, y en la izquierda —incluso después de que perdiera la alianza por ella propiciada— se recuperó la visión mesiánica de ser portadora de la verdad.
Tal situación muestra lo mucho que uno de los cimientos de la institucionalidad democrática, como es la convivencia entre diferentes se consolide de tal manera que sea poco menos que imposible repetir actitudes como la comentada.
Sin ser optimistas, en lo que se refiere a Bolivia el solo hecho de que cambien los actuales conductores de la política internacional del vecino país será una buena noticia, pues su actitud respecto al país ha sido de una beligerancia sin mayores precedentes en la historia contemporánea. Los diplomáticos encabezados por el actual Ministro de Relaciones Exteriores pueden ser identificados, lamentablemente, como herederos de Abraham König o del almirante José Toribio Merino que tanto daño hicieron al país y a las relaciones entre ambas naciones.
El presidente electo de Chile es un político pragmático y es de esperar que comprenda, más que en su primera gestión, que no habría algo más beneficioso para Bolivia y Chile que dar solución a nuestra demanda marítima, poniendo fin a un conflicto de más de 100 años e inaugurar una etapa histórica de acercamiento de dos pueblos que se complementan.
Hay que dar, pues, el beneficio de la duda…



















