Comentarios para el porvenir
Queriendo ser breve cuando la brevedad no era apreciada, el filósofo cordobés Abūl–Walīd’Ahmad ibn Muhammad Ibn Rušd (1126–1198) intentó reconstruir la Política de Aristóteles (inexistente en su sociedad) utilizando obras platónicas. El título de su libro, Exposición de la “República” de Platón (1194), es engañoso; más que un comentario –menos de la tercera parte versa sobre el diálogo platónico–, es un cuestionamiento al régimen islámico de Al–Ándalus. Sus críticas a la dinastía de los almohades tienen actualidad en países donde la injusticia y la mentira son “derechos humanos” de los privilegiados de turno, la democracia una ficción de dictadores “constitucionales” y la política un duelo de mafiosos compitiendo en corrupción.
Resumo lo que quiero resaltar. Ibn Rušd señala que la demagogia, pese a la legalidad del gobierno musulmán, es indeseable: «El poder demagógico existente en nuestro tiempo a menudo se convierte en tiranía» y, agrega, anarquía (reinos de taifas). Una realidad atroz justificaba su oposición a sus legítimos príncipes sucesores del Profeta.
El caudillismo, columna vertebral de la expansión mora –y la reconquista cristiana– es blanco de su censura porque engendra tiranía. El caudillo «puede pensar que no es un tirano y que pretende dirigir a los ciudadanos con el fin de distribuirles los bienes y beneficios, no teniendo otra intención que la procura de la comunidad y el progreso de la sociedad. Cuando ha alcanzado la paz con el enemigo, aunque sin aportar nada justo a los unos y subyugando a los otros, se dirige a su país como si continuamente les amenazase la guerra; y así puede manejar los bienes de los ciudadanos y controlarlos a su antojo». ¿Objetará alguien que en gobiernos populistas –diestros y siniestros– los “bienes y beneficios” (ajenos) se transforman en “dobles aguinaldos” y “regalos” discriminatorios de “hermanos” fuleros?
A diferencia de cadíes piadosos que buscaban (justificaban) el buen gobierno en la virtud del califa, Ibn Rušd lo encuentra en la filosofía griega que, arguye, no tiene nada contra el Islam puesto que trata de la “verdad”. Su modernidad, incluso ahora, asombra. Desafía la legitimidad del poder político como cuestión hereditaria a perpetuidad: el califato se basaba en la descendencia de la familia o tribu del Profeta (principio muchas veces quebrado por genealogistas y magistrados serviles). Pero el “Comentarista del hijo de Nicodemo” –filósofos cristianos de la Edad Media y del Renacimiento lo llaman así–, también enfatiza, en una rara muestra de honestidad y osadía intelectual y ética, el principio de la religiosidad y la primacía de las leyes. Y, difícil de creer, propone que si estos rasgos no están presentes, los súbditos tienen la obligación de deponer al califa impío, inmoral, incapaz o mentiroso.
Añado, sin agotar sus valores, que Ibn Rušd fue el primero –acaso el único– de los pensadores del medioevo en denunciar la opresión femenina. En ese período obscuro este feminista, avant la lettre, escribe que la mujer «se parece a las plantas» cuando la sociedad impide su realización plena. Un gobierno ideal sería regido por un gobernante–filósofo donde nadie fuese ajeno a la comunidad (discriminado).
El autor de estos “comentarios” escribía para el futuro. En su presente histórico un tribunal condenó sus enseñanzas y lo exilió a la aldea de Lucena. Nada justifica su relativo olvido ya que no se trata de cualquier escribidor pueblerino, sino del más importante de los filósofos musulmanes que, junto a Maimónides, su discípulo judío sefardita, es el mayor pensador que Córdoba obsequió al mundo. En occidente Abūl–Walīd’Ahmad ibn Muhammad Ibn Rušd es conocido por un nombre breve: Averroes.
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA

















