“Hambrienta de poder”
En política y en literatura todo es posible. La primera tiene una ventaja perversa sobre la segunda. La literatura utiliza creatividad y normas (est)éticas para seducir a lectores en vías de extinción. La política, igual al caos, se muestra fractal, impredecible y la prefieren multitudes. En la república de las letras abundan la belleza y el buen gusto: meros intereses en la dictadura de la política.
Si la literatura asombra con el don de la imaginación, la otra lo hace con sus miserias. La literatura abre mentes, la política las cierra. El propósito de ambas parece el mismo: transformar la realidad. La (buena) literatura desarrolla el sentido crítico y fortalece la conciencia del individuo. La política (mala), con eslóganes, palos y rodillazos, prefiere un mundo de zombis felices. Los “libre pensantes” son los peores enemigos de cualquier ideología. El poder político embrutece y no rima con la libertad de la palabra.
En literatura es difícil improvisar. No en la politiquería que se nutre del desorden y del sinsentido. Su insensatez arma, en 15 minutos, una candidatura para el “bien de todos”. Tal el caso de Jeanine Áñez que borra lo positivo de su mandato. Su propuesta oportunista, legal o ilegal, puede generar una grave crisis en el proceso electoral. Su excusa es pueril. A falta de unidad en la oposición ofrece, acaso por “razones humanitarias”, su candidatura: mayor dispersión del voto. Su apuesta parece un bulo, favorece al MAS, y abre las puertas del “todo vale”.
Áñez empieza mintiendo: “Mi candidatura estará separada del uso de los bienes del estado… Ningún funcionario podrá usar los bienes en función de mi candidatura. La contravención será sancionada drásticamente.” Peor que Evo Morales, que ganó limpiamente su primera elección, Áñez usó recursos estatales (Bolivia TV) para lanzarse a la charca política olvidando su traje de baño.
Juega, ante la ola de críticas en su contra, la carta de género: “soy mujer”, ¿recuerdan al “indio”?, y promete un decreto para “no mezclar la campaña electoral con la gestión”. Que alguien le informe que existe esa norma y que Evo también prometió una ley contra la mentira. La presidencia, además, requiere dedicación completa. “Medio tiempo”, incluidos fines de semana y feriados, es irresponsabilidad. Prefiere su futuro: el país no importa. La ambición y estupidez de los politiqueros se parece al universo…
El anuncio de Áñez ha causado estupor. Andrés Oppenheimer, en el artículo La presidenta interina de Bolivia traicionó su mandato (El Nuevo Herald), la llama “hambrienta de poder” y “¡Qué vergüenza!” dice de ella porque su actitud convalida la tesis del golpe de Estado. Evo Morales la critica de manera tibia y escribe: “está en su derecho”. ¿Entienden su simpatía? Alista su candidatura.
El nuevo llunkerío –el “mazismo” olvidó patentar esta práctica– elucubra que ella ya hizo lo que tenía que hacer: conformar un nuevo Tribunal Supremo Electoral y que las elecciones ya están a cargo de ese poder. Cierto. ¿Por qué, entonces, no renuncia y se somete al proceso electoral en igualdad de condiciones? Otro dato a ser tomado en cuenta. Jeanine Añez anunció que la custodia y seguridad de las actas electorales serán delegadas al “Ministerio de Defensa y de Gobierno”.
La politiquería terminó por seducir a la Presidente haciéndole “pisar tierra”. Ignoro qué pisaba antes esta señora. La ciudadanía no salió por defenderla y, estimo, ni siquiera por la democracia. La gente tomó las calles harta de corrupción, mentiras y falta de ética en el Gobierno de los “mazis”. El fraude electoral fue la gota que colmó la paciencia.
Recuperar valores fue más importante que una simple revolución política: se defendía la decencia y el derecho de todos. Así también lo entendieron los masistas sensatos. Destaco una crítica impecable. Proviene de otra mujer clave en la pacificación del país y la transición democrática. “No puedes hacer –dice Eva Copa– lo que siempre reprochabas” (a Evo Morales), la población boliviana es la que tiene que juzgar”. Ojalá Copa encabezara el MAS–1.
En las redes sociales las opiniones son desfavorables a la postulación de Jeanine Áñez. No necesito repetirlas. En una entrevista televisiva, y acaso sin pensar, ella se definió cuando le preguntaron sobre su posible candidatura: “… aprovecharme y postular sería deshonesto”. Agrega: “no los voy a defraudar”. Ya lo hizo. Insisto en el MAS–1 y el voto útil. Vale.
El autor es economista y filósofo
Columnas de GUSTAVO V. GARCÍA


















