Un día después
Un columnista sabe que al día siguiente de morir, su columna saldrá a las calles como si nada hubiera pasado. Así ocurrió con ejemplos ilustres, como el de Fontanarrosa, y, el más familiar, de mi carnal Alfredo, columnista en estas mismas páginas, que murió un sábado de gloria, pero ese domingo de resurrección su columna fue publicada como si Alfredo no se velara 24 horas antes. Entonces se me antojó que su notita comentaba con frases como: Hoy me levanté con inmensas ganas de vivir.
Lo del Negro Fontanarrosa fue más grave: aquejado por una enfermedad degenerativa, una esclerosis lateral amiotrófica (ELA) que le impedía dibujar nada menos que a él, contrató a un dibujante famoso, el historietista Crist, que ilustró sus chistes sueltos, mientras Óscar Salas lo hacía con Boogie el Aceitoso, Inodoro Pereyra y su perro Mendieta. El Negro dijo que era difícil encajar un caballo en un cuadro de historieta y por eso escogió a Mendieta, porque lo divertían los animales que tenían apellido de humanos. A Crist le encargó unos dibujos durante sus últimas semanas, para no abandonar su columna y publicarla cumplidamente. Cuando supe de su muerte en 2007, ya se había presentado en el Congreso de la Lengua, con su célebre alegato sobre las malas palabras, que suscribirían Cela y otros nobles españoles, que no los burgueses inventores de eufemismos y buenos modales, como decir: trasero, derriére, del uno, del dos, hacer popó y otros equívocos, me acometió la penosa costumbre de si su columna saldría al día siguiente, como si nada, y me encontré con un dibujo “suyo”, aunque yo sabía que él no podría dibujar nunca más.
A ese personaje tan sencillo como nuestro carnal Alfredo, lo afligió una silla de ruedas desde 2004. Murió en 2007. Rosario, la segunda ciudad de Argentina, también puerto, tuvo entre sus hijos no sólo al Negro Roberto Alfredo Fontanarrosa (26 noviembre 1944-19 julio 2007) sino a Julio Cortázar, a quien le debo, entre otras lindezas, el no haber sido un abogado gordo, calvo y lleno de dinero y dedicarme a hacer chakigramas, revistas, seis libros, a ser columnista y, en general, a hacer los esfuerzos más denodados por no ejercer mi profesión y sí oficios que cimentaban mi fama, pero no me daban un puto quivo. Todo eso se lo debo a Julio Cortázar.
La carrera del Negro como dibujante y escritor comenzó a finales de los años 1960. Dibujó en la revista Boom, luego en Zoom y Deporte 70. A inicios de los 70 es un astro en las revistas Hortensia y Satiricón y en el diario Clarín, con el matón Boogie el aceitoso y el gaucho Inodoro Pereyra y su perro Mendieta.
Boogie, el aceitoso se publicó en Colombia y México. Fue apasionado hincha de Rosario Central y del fútbol.
“Si hubiera que ponerle música de fondo a mi vida, sería la transmisión de los partidos de fútbol"” decía el Negro en la Mesa de los Galanes, donde bebía café en el Bar El Cairo, de Rosario. También decía: “Yo, al cielo, le pondría canchitas de fútbol y un par de bares, porque en el bar estás en tu casa y a la vez estás balconeando la calle”.
El autor es Cronista de la ciudad
Columnas de RAMÓN ROCHA MONROY


















