El comercio de armas
Al menos 59 guerras están activas hoy en el mundo, constata el Instituto de Investigación para la Paz de Oslo (PRIO por sus siglas en inglés). La creciente tendencia global a recurrir a la solución bélica para resolver conflictos se refleja en un incremento del gasto militar que se ha duplicado en los últimos años pasando de 1,2 billones de dólares en 2000 a los 2,4 billones en 2023, según el Instituto Internacional de Estudios para la Paz de Estocolmo (SIPRI).
Y, sin embargo, este año se cumplieron 10 años de vigencia del Tratado internacional del Comercio de Armas (TCA) para “Establecer normas internacionales comunes lo más estrictas posible para regular o mejorar la regulación del comercio internacional de armas convencionales”.
Ese instrumento de derecho internacional, “el primer instrumento jurídicamente vinculante negociado en las Naciones Unidas para establecer normas comunes para la transferencia internacional de armas convencionales”, como lo explica un documento de la ONU, se aplica a “todas las armas convencionales” desde las ligeras hasta los aviones y buques de guerra, pasando por misiles, granadas o escopetas.
Los propósitos del TCA son, entre otros, “Prevenir y eliminar el tráfico ilícito de armas convencionales y su desvío, con el fin de contribuir a la paz, la seguridad y la estabilidad en el ámbito regional e internacional (y) reducir el sufrimiento humano”.
Si bien en esta década, 116 países (un 60 % del total) han ratificado el TCA y están obligados a cumplirlo, hay otros 26 que lo han firmado sin ratificarlo, y entre ellos se encuentran algunos de los mayores suministradores de armas del mundo como EEUU, Israel, Turquía o Emiratos Árabes. Otras grandes potencias armamentísticas como Rusia o India ni siquiera lo han firmado.
A juzgar por la escalada bélica evidente en Gaza, Líbano, Ucrania y en conflictos casi olvidados que siguen desangrando países como Sudán, Yemen, Libia o Birmania, el TCA parece no haber logrado un mínimo de sus objetivos.
Pero hay un ámbito en el que sí es eficaz, aunque se limite a acciones puntuales en pocos países donde ha servido como argumento para cuestionar, ante tribunales nacionales, decisiones discutibles sobre exportación de armas. Eso ha sucedido en Francia, Reino Unido, Bélgica o Países Bajos.
Y en Gaza el TCA no ha impedido en lo fundamental la entrada de armas para Israel ni para Hamás, pero ha permitido la presentación de impugnaciones judiciales, dando visibilidad a unas operaciones que prefieren siempre la opacidad.
Estos logros, aunque mínimos, alientan la esperanza de que la aplicación eficiente del TCA prospere en los años que vienen.





















