Buscando cómo ser buenos

Columna
LA MADRIGUERA DEL TLACUACHE
Publicado el 04/05/2025

Tiendo a pensar que cuando uno se asume de tal o cual corriente ideológica, de tal o cual postura política, o de tal o cual religión, lo hace con la íntima convicción de que, aun con los extremos o vicios de ciertos correligionarios, los principios compartidos ahí dentro son una guía del comportamiento.

Ahora bien, puede suceder que algún movimiento político, social o religioso, por su condición coyuntural, deba modificar de tiempo en tiempo sus decálogos hasta que los fines originales terminen siendo completamente ajenos a los vigentes. En estos casos, los devotos vacilarán en su fe, aunque la apostasía siempre es una opción. Pues resulta inútil querer adaptar los valores de la institución a lo que uno quiere.

El wokismo, por ejemplo, se originó en la comunidad afroamericana allá por los años 30 en Estados Unidos por quienes se mantenían “despiertos” (de ahí el término) frente al racismo. Empero, desde hace varios años lo woke es otra cosa. Ha transformado sus aspiraciones iniciales de igualdad social y se ha convertido en un activismo paternalista que promueve la “cultura de la víctima”, en la que, como alguien escribía, cada grupo identitario compite por mejorar su posición en la escala de la opresión.

La raza, claro, es uno de esos grupos identitarios, pero ahora también lo son la clase social, el género o la orientación sexual. Recordemos, sí, que todo depende de la autopercepción, no de los rasgos reales del individuo (pese a que la gordofobia entra como un modo de opresión), que debe adherirse al discurso de su colectivo una vez autodefinido.

No es que el wokismo esté en decadencia o que tenga un ala radical que lo contamina. Es solo que ahora tiene un perfil distinto con propósitos particulares que no tienen ya que ver con su bondadoso rostro de nacimiento. Pese a que el resurgimiento se dio con el Black Lives Matter, este únicamente le sirvió de propulsor.

No es casual que buena parte de la izquierda reniegue del wokismo. La filósofa estadounidense Susan Neiman ha escrito un largo ensayo explicando por qué la izquierda no es woke (la izquierda propugna el universalismo, el wokismo es tribal; la izquierda lucha por la justicia, el wokismo por el poder; etc.). Cuando el wokismo se preocupe de nuevo por los más débiles, nos tendrá a muchos de su lado.

Algo tiene que decirnos que colectivos feministas como “Contra el borrado de las mujeres” protesten frente a la tendencia LGTBQ+, en tanto ha logrado que en distintos ámbitos culturales y deportivos los hombres trans ocupen espacios por los que las mujeres han peleado.

Y la propia comunidad gay intenta contener la agenda woke que, dicen, ha desvirtuado los derechos adquiridos por aquella hace décadas, como el matrimonio homosexual y la adopción homoparental; y ha provocado que la homofobia crezca. Hay varias entrevistas a participantes de los desfiles gays preocupados por la incorporación de niños a las marchas.

Y basta ver los videos de lesbianas festejando en el Reino Unido el reciente fallo de la Corte Suprema, que dictamina que la definición de mujer debe basarse en el sexo biológico asignado en el nacimiento: “El concepto de sexo es binario, una persona es mujer o es hombre”.

Los wokes buscan además erosionar la familia y concentrar el poder en el Estado. En España, como dato, el wokismo logró incorporar en su “Ley Trans” un par de artículos que regulan la negativa del entorno familiar a respetar la identidad sexual o la expresión de género de un menor como una “situación de riesgo”, lo que puede conllevar la intervención de la administración pública y, eventualmente, la pérdida de derechos de los padres sobre esos menores.

El wokismo –que pretende disolver la cultura occidental (por su supremacía blanca)– desafía los valores de la Ilustración, como la razón, la lógica y la ciencia; y coarta la libertad de expresión y de creación. Es revisionista y censor. En ese su carácter hipervigilante, anda a la caza de todo cuanto viole las reglas de la corrección política (por eso carece de sentido del humor) y a partir de su puritanismo cancela obras de arte o libros clásicos (ya mandó a la hoguera a los hermanos Grimm, a Mark Twain y hasta a Homero), y profana las estatuas de Ulysses Grant y de Voltaire.

Otra de las herramientas poco virtuosas del wokismo, es el trastorno del lenguaje. Hacer creer que por hablar en “inclusivo” se erradicará el machismo es cuando menos ficticio. Y sentirse triunfante porque una federación de fútbol europea suspende y sanciona con miles de euros a un jugador uruguayo, acusándolo de racismo por escribir un tuit con un “gracias negrito”, no parece muy piadoso.

Plantear que las intenciones del wokismo son nobles, usando para ello un manifiesto de virtudes a la carta, denota o ingenuidad o impostura. Con ese argumento se blanquearían igualmente otros movimientos: en un ejemplo extremo, un miembro del Ku Klux Klan también podría acomodar una lista de buenas conductas que atribuya por su sensibilidad al KKK bueno, y criticar a los nocivos radicales del Klan, esos que queman cruces y gente.

Es como la falacia del hombre de paja, pero al revés: se coloca el protagonista del lado de la bondad, barriendo la basurita bajo la alfombra, a partir de su propia y enaltecedora caracterización de sí mismo y de las ideas que profesa, y desde ahí se apropia de una narrativa humanista, en contra de quienes ya quedan así automáticamente como villanos. Claro, esa manipulación es casi imperceptible. En inglés hay otras palabras además de woke: virtue signaling y grandstanding.

Leí por ahí que el método “autoritario” de este movimiento woke es una “cocción lenta que busca infiltrarse en las escuelas de magisterio, universidades y departamentos de recursos humanos para difundir la ideología y adoctrinar a cada generación sucesiva”. A mí todavía no logran aleccionarme.

Quizás ya sabiendo todo esto no sea tan buena idea que aquellos que necesitan convencer al resto de ser buenas personas se conviertan al wokismo. Mejor sería entrar de voluntarios a la Cruz Roja. Sonaría más honesto. No por nada Machado decía algo así como que no te pases la vida hablando de las virtudes; limítate a tenerlas.

 

La autora es abogada

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