Construyendo la democracia
Es imposible saber si la singular y conflictiva dinámica preelectoral sería menos desconcertante en un contexto económico –y energético– distinto.
Es claro que el alza del costo de vida, el desabastecimiento de combustibles y otros factores conexos distorsionan –sino distraen– nuestra percepción de lo que está pasando con el proceso que debe conducirnos a elegir nuevos gobernantes y asambleístas el 17 de agosto.
Deben ser muy pocos los ciudadanos que, a más de 70 días de la fecha de las elecciones, están pensando en quiénes merecen su voto. Y es muy probable que muchos no encuentren postulante alguno en medio de la serie de sucesos a los que asistimos desde hace unas semanas.
En efecto, si bien la crisis económica y de combustibles nos interpela en lo inmediato, las particulares circunstancias del proceso electoral en curso parecen tender más a desconcertarnos.
Es así porque jamás antes, en los 43 años que vivimos en democracia, hemos asistido una sucesión semejante de acciones y recursos judiciales y administrativos en contra de partidos, movilizaciones en contra del Gobierno y del Órgano Electoral, y otro tipo de presiones relacionadas con el proceso electoral.
Ese trámite que nos conducirá a elegir a los depositarios de nuestra soberanía, a quienes tendrán el poder de decidir nuestro destino como país y aplicar las medidas para conseguirlo parece estar atravesando un camino sinuoso.
Y eso no debería sorprendernos porque nuestra democracia, cuyo ejercicio implica e incluye los mecanismos de su realización, está en construcción, pues no hay recetas ni fórmulas universales de este sistema político de organización de un Estado que pueda aplicarse de manera universal, así funcione bien en algunos países.
Es más, como todo resultado de la voluntad humana, la democracia será siempre perfectible, es decir: tendrá sus imperfecciones traducidas en el descontento de muchos.
Pero a pesar de todo ello será siempre mejor que vivir en dictadura, o en autocracia pues ambos sistemas de gobierno descuidan –sino desprecian–el interés colectivo, el beneficio general del cual son responsables quienes gobiernan.
Esa responsabilidad es la contraparte del poder que detentan los ciudadanos a quienes elegimos para gobernarnos y representarnos en la Asamblea, pero no es exclusiva de ellos.
Les otorgamos el poder al elegirlos y compartimos su ejercicio al ejecutar cada uno de nuestros actos, ciudadanos o familiares, pues con ellos construimos la democracia, ese sistema que se sustenta en la búsqueda de consensos en lugar del ejercicio de presiones, en el respeto del otro y de las normas de convivencia, en lugar del uso de la violencia, la amenaza, el soborno o el favor interesado.
Así, se impone reflexionar –en un sentido amplio– en lo esencial de los valores democráticos, en la importancia del diálogo y la prioridad del beneficio colectivo sobre el provecho sectorial o personal.





















