Élites blancas

Columna
WILA K'ANK'AS EVERYWHERE
Publicado el 30/08/2026

Lucas Alamán se refería a la clase alta colonial como una nobleza que no se distinguía del resto de la casta española sino por su riqueza y que, cuando esta se acababa, volvía a caer en la clase común.

Para mayor pesar suyo, al menos en nuestra región y debido a la riqueza generada por las minas de plata, pronto aparecieron individuos producto de mezclas étnicas y de dudosa alcurnia que lograban enriquecerse mediante el comercio, el contrabando, la minería y otras actividades, entre lícitas e ilícitas, y que se incorporaban a las élites haciéndose pasar por españoles y, en algunos casos, por nobles.

De ahí que no resulte extraño que, para el siglo XVII, los certificados de limpieza de sangre se convirtieran en una de las formas de restringir el acceso de determinados individuos a esos círculos privilegiados.

Sirvió de poco. Tanto James Lockhart como David Brading han demostrado que, aunque las clases altas podían reconocerse por su riqueza, ocupación, privilegios legales y ascendencia, constituían un grupo mal definido e inestable. Una de sus estrategias para diferenciarse del resto de la sociedad fue el vestido: ropa exclusiva, muy fina y, sobre todo, muy costosa.

Ese hábito generaría una dependencia de los productos de ultramar que sería criticada muchos años después, ya durante la república, por un analista que se hacía llamar "El Aldeano".

Otra estrategia consistió en acaparar cargos públicos, de modo que su posición acomodada pudiera justificarse como resultado del servicio a la Corona y no del comercio u otras actividades consideradas poco nobles.

Conviene recordar que, así como había españoles nobles, también había los de clase media –profesionales y otros– y pobres –artesanos, gremiales, trabajadores–. Los cargos públicos, a diferencia de lo que muchas veces nos contaron en el colegio, podían ser ocupados tanto por españoles como por criollos.

De hecho, José de Gálvez, visitador encargado de impulsar las reformas borbónicas, se encontró con que en algunos de los altos cargos administrativos y religiosos había más criollos que españoles.

Todo esto sirve para ilustrar la difícil situación de las élites blancas en su afán por separarse del resto de la sociedad, ya fuera mediante el color de la piel, la ascendencia, la riqueza o la ostentación de un cargo cortesano.

Las élites competían entre sí, se cerraban puertas mutuamente y aquellos que caían en desgracia aspiraban a recuperar su posición como fuera. Ese aspiracionismo venía a menudo acompañado de corrupción y actividades oscuras, ocultas detrás de los lujos, las influencias y la compra de conciencias.

Así, las élites blancas terminaron formando parte del rentismo que nació en Bolivia antes de que Bolivia fuera Bolivia. Y tampoco cambiaron sustancialmente sus hábitos y costumbres cuando desapareció el dominio español, junto con buena parte del sistema de castas que había servido para clasificar a la población, otorgar fueros a unos y tributos a otros.

En lugar de transformar radicalmente aquella sociedad, dejando atrás el desprecio por el trabajo manual y cuestionando las jerarquías heredadas, buena parte de quienes se encontraban en lo alto de la pirámide social conservó las taras que habían contribuido al derrumbe del orden colonial y añadió algunas nuevas.

Una de ellas fue particularmente curiosa.

En toda la América hispana ocurrió un fenómeno interesante después de la independencia, que se prolongó hasta comienzos del siglo XX: las élites, en lugar de construir una identidad propia, miraron hacia Europa como modelo de evolución y desarrollo.

Buscaron casar a sus hijos con ciudadanos extranjeros, trajeron maestros y especialistas para educar a sus descendientes y contrataron técnicos y administradores extranjeros para ayudar a organizar los recién nacidos Estados.

En muchos casos, aquello fue un refrescante añadido a las vetustas familias coloniales, algunas de las cuales ya mostraban las consecuencias de la endogamia social y familiar.

En otros, sin embargo, terminó en ruina. Los extranjeros en los que depositaban su confianza podían resultar ser truhanes y pillos que acababan despojándolos hasta de las bacinicas de plata heredadas de sus abuelos, recuerdo de tiempos más prósperos.

Nada de malo tendría que aquellas élites se fijaran tanto en los extranjeros. El problema es que esa actitud también funcionó como una estrategia para alejarse y diferenciarse del resto de la sociedad, un afán que, como hemos visto, ya caracterizaba a las clases altas del virreinato y del que nunca pudieron desprenderse del todo, hasta el día de hoy.

Ese mismo afán alimentó el desprecio hacia el indígena, que, por supuesto, reaccionó también con hostilidad evitando que, en momentos constituyentes, cuando se trataba de construir una nación y no simplemente de administrar una herencia colonial, fuera un aliado mucho más natural y conveniente que algunos de aquellos extranjeros en los que tanta confianza depositaron.

El otro afán que una parte de la élite blanca no ha sido capaz de superar es la necesidad –casi dependencia– de trabajar para el Estado y enriquecerse dentro de él, a como dé lugar. Y cuando en algún momento es apartada de ese privilegio, desea regresar con tanta intensidad que, cuando finalmente lo consigue, puede actuar vorazmente, sin poner límites a sus ambiciones y cayendo con frecuencia en actos repudiables de corrupción y latrocinio.

Las clases altas, sin embargo, no son un bloque homogéneo y sería injusto atribuir a todas estas conductas. Quizá debiera decir, más bien, que son las élites que llegan al poder y hacen del Estado su principal instrumento de acumulación de riqueza las que no han sido capaces de superar estas taras.

Quiero pensar que existe también una clase alta que ha aprendido de los errores del pasado, que prospera en otros ámbitos y que no necesita del Estado para justificar su posición o acumular su riqueza.

Pero quienes llegan a gobernar parecen repetir, incluso en el siglo XXI, comportamientos que deberían haber quedado atrás hace mucho tiempo. Y mientras no abran los ojos, sus gobiernos seguirán siendo vistos como temporales, desastrosos e incapaces de empatizar con las mayorías.

Ya sé que algunos lectores me dirán que las élites mestizas e indígenas tampoco lo han hecho mejor. Probablemente tengan argumentos para sostenerlo. Pero de ellas, y de otros actores sociales, nos ocuparemos en otra ocasión.

Por ahora me retiro. Sé que comenzará un nuevo episodio de mi novela menos favorita, esa que no me gusta particularmente, pero que debo seguir viendo porque –para mi desgracia– comparto territorio con quienes la protagonizan.

 

La autora es historiadora, bailarina y artesana

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