El mirador de los cóndores
Habrá que aclarar bien: este lugar es propiedad de los reyes de los Andes. Constituye probablemente una de sus últimas fortalezas y hogares, tras milenios de existencia. Es el mirador de los cóndores en dos sentidos: primero, porque algunos esforzados y resistentes peregrinos pueden llegar hasta estas cimas y tener el privilegio de observarlos; segundo, y sobre todo, porque ellos, sus majestades de los cielos, observan a los visitantes.
A falta de la debida fuerza estatal para proteger a este símbolo viviente, la naturaleza, en otro de sus milagros, le reservó un refugio. Está ubicado a más de 60 kilómetros al sur de la ciudad de Tarija. Veinte kilómetros antes se encuentra el pueblo de Padcaya. Desde allí se ingresa paulatinamente a tierra o, mejor dicho, a cielo de cóndores, a la Cordillera del Pabellón. Pero claro, para acercarse a los soberanos habrá que ponerse cerca de sus alturas.
Hay unas 200 parejas
La Cordillera del Pabellón constituye un área ecológica de transición entre el altiplano y la selva subtropical. Ocupa alrededor de 25 kilómetros. En este encuentro de diversos universos naturales, entre los Andes, fríos y áridos, y el cálido Chaco verdoso, surgió el valle de los Cóndores. Fue erigido en medio de precipicios como uno de los últimos santuarios donde rutinariamente sobrevuela todavía el ave más grande del continente.
Se calcula que en las montañas de este valle viven unas 200 parejas de esta especie de ave que luce 3 metros de envergadura. Allí, en sus escarpadas paredes, encuentran refugio seguro, farallones de vigía y hendiduras donde anidar y alimentar a sus crías. Probablemente, durante más de tres siglos, este santuario de cóndores dejó de ser transitado por los humanos. De tiempos más remotos, quedan en el entorno algunas huellas de culturas con las que quizás los cóndores intercambiaron miradas.
Pero ya desde mediados del pasado siglo la modernidad fue acercando a la gente hacia los pies del gran refugio. Nuevamente se iniciaba la amenaza que ha ido diezmando a los cóndores americanos hasta convertirlos en una especie en peligro de extinción. Sus poblaciones se han ido reduciendo en diversas regiones andinas debido a la contaminación e incluso a la depredación criminal.
Por fortuna, no pocos de quienes viven al pie del valle de los Cóndores apreciaron el valor de cuidar este particular reino. Y en la comunidad de Rosillas se cristalizó una empresa que desde hace más de una década enseña a visitar a los reyes de los Andes. Comunarios, empresarios y científicos organizan las visitas, y las autoridades regulan los permisos para ingresar al santuario.
Larga caminata
El ya célebre albergue de Rosillas centra la iniciativa. Constituye una especie de campamento base acondicionado para quienes puedan ascender los mil metros que separan al mirador de la comunidad. Además, es un lugar que rescata la amena y acogedora vida de campo tarijeña, con sus particulares sabores, colores y aromas.
Desde el albergue, dirigido por los esposos Vicente y Julia Daniher, de cuando en cuando parten visitantes que quieren observar al soberano andino. Grupos de entre cuatro y diez personas, debidamente instruidas y vigiladas, protagonizan este circuito ecoturístico. El viaje apasiona especialmente a viajeros europeos que son afectos al denominado trekking o excursionismo. Son personas entrenadas en largas caminatas con las piernas y el corazón fortalecidos.
Parten con dirección a la cima del cerro que está ubicado frente al albergue y que conduce al valle. El propio recorrido resulta un umbral digno de la ocasión. La variedad de paisajes y los cambios de clima sorprenden, deslumbran y sobrecogen en diversas ocasiones. Cortinas de niebla, ases de sol, formaciones rocosas y reflejos de selvas parecen ornamentar el selecto reino escondido.
Los visitantes deben caminar durante casi ocho horas de una primera jornada. El trayecto implica un ascenso de más de mil metros, desde los 2.100 de Rosillas hasta los más de 3.000 que marcan las explanadas de la cima. Luego acampan y pernoctan cerca de la zona de nidos. Así, desde las primeras horas de la madrugada podrán observar el vuelo de los gigantes.
El recorrido lo solicitan principalmente visitantes extranjeros provenientes de Europa y de Estados Unidos; aunque también suelen llegar visitantes latinoamericanos o del interior de Bolivia.
Entre los pocos grupos de bolivianos que hicieron el recorrido, se relata que llegaron muy cansados y dijeron que no repetirían la experiencia. Los guías turísticos del lugar señalan que es una caminata que requiere práctica en trekking, un tipo de turismo muy practicado especialmente por los europeos.
Se repetirá entonces la cita buscada, aquella que, según se asegura, conmueve incluso a quienes ya han hecho la ruta decenas de veces. En cualquier momento, alguien advertirá a la figura imponente del cóndor de los Andes enseñoreándose de las corrientes de aire. Al mismo tiempo, no será extraño que otro de los caminantes escuche sobre su cabeza el ruido de alas negras al cortar los vientos. Ellos son los dueños del lugar, ellos nos miran. Éste es el glorioso mirador de los cóndores.
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EL ALBERGUE
Construido hace unos 22 años, su infraestructura presenta un estilo rústico, basada en piedra y adobes de barro, imitando las características propias de las viviendas campesinas en Tarija. La complementan techos de teja y gradas exteriores a la casa.
Está rodeado por árboles nativos como el molle y el churqui. En un bloque aledaño funciona un salón comedor con una mesa larga para 20 personas, tal cual la tradición campestre.
En los alrededores pastan vacas y en una parte del terreno se observan los restos de la chacra, producto de la última cosecha. El turista experimenta la vida rural, comparte la cotidianeidad de la familia campesina. Incluso aprende a hacer queso y comparte la mesa de las comidas.
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UN RECORRIDO POR LAS ALTURAS
Algunos de los paquetes turísticos en el exterior del país ofrecen visitas de 1, 2, 3 o 4 días para conocer al cóndor, descubrir el mundo del vino y sus artistas, viajes a medida en Bolivia y convivencia con el mundo rural del sur de Bolivia. “Caminos escarpados donde sentirás el cóndor rozarte, paisajes increíbles, comunidades tradicionales y hospitalarias, una cultura auténtica”.


























