Crónica de Pedro Blanco Heredia
//Texto: Álvaro Moscoso Blanco (*)//
//Fotos: Archivo SIHP//
Con referencia al artículo intitulado El crimen de Año Nuevo, publicado en la presente revista el domingo 2 de enero pasado por el periodista Juan José Toro Montoya, me permito replicar conceptos e información erróneas, y que en este caso provienen de la propia historiografía boliviana.
Error de filiación: es Pedro Blanco Heredia y no Pedro Blanco Soto, hijo de Francisco Javier Blanco Gutiérrez y María Heredia. Vicenta Soto Romano, considerada incorrectamente madre de Pedro, fue su nuera, esposa de Federico Blanco Ferrufino.
Al referirse al levantamiento del 18 de abril de 1828, la mayor parte de los historiadores hablan de la traición o defección de Blanco. Extrañamente, ninguno menciona la solicitud de baja del Ejército planteada por Blanco ante la grave situación que vivía el país. Blanco se rebeló el 17 de mayo de 1828, después que su solicitud fuera rechazada.
¿Cuál es esa grave situación? El Ejército colombiano se hallaba acantonado en el país desde 1825, absorbiendo más del 70% del presupuesto general de la nación, y, debido a su inactividad, en estado de permanente insubordinación y cometiendo abusos a la población nativa, como el mismo Sucre revelara a Bolívar y Galindo en su correspondencia. Por añadidura, el gobierno presidido por Sucre estaba compuesto, principalmente, por extranjeros. En ese contexto, el Ejército Unido, para 1828, se había convertido en un verdadero ejército de ocupación. La carga para los bolivianos era insostenible y el malestar creciente. Para mayor infortunio, no había entendimiento entre Bolívar y Sucre, y este último permanecería aislado, sin instrucciones, y con el único deseo de volver a su país a la brevedad posible.
Desde 1825 hasta 1828 se produjeron múltiples actos de insubordinación en el Ejército, unas veces reclamando el pago de haberes y otras demandando el retorno inmediato de los soldados a sus lugares de origen. En noviembre de 1826 se alzó contra el gobierno la segunda división del Ejército colombiano, alentada por el capitán Matute; en diciembre de 1827, bajo el mando del sargento Guerra, se sublevó el batallón Voltígeros, una parte del batallón Bogotá y otra del regimiento Granaderos, y poco antes se desató otro levantamiento en Potosí que buscaba la anexión de ese departamento a Argentina. El levantamiento del 18 de abril de 1828 también fue obra de oficiales colombianos, aunque, esta vez, engranó con el descontento en que se hallaba la población boliviana. En la oportunidad, Sucre fue herido por un soldado chileno.
Sobre el ingreso o invasión del general peruano Agustín Gamarra, que traspone el Desaguadero el 1° de mayo de 1828, diremos que Perú requería desalojar al Ejército colombiano, porque se hallaba en pie de guerra con la Gran Colombia, conformada por los actuales territorios de Colombia, Venezuela, Panamá y Ecuador, siendo el casus belli disputas territoriales y el malestar que produjo en Bolívar la abrogación de la Constitución vitalicia en ese país. Perú temía una operación combinada, desde el norte por Bolívar y el general Flores, y desde el sur por el Ejército colombiano asentado en Bolivia. A pesar de las seguridades que ofreció Sucre a Gamarra, la guerra se produjo el mismo año, 1828, y fue comandada, por el lado colombiano, por el mismo Sucre.
En esos años, la nacionalidad todavía no estaba cimentada, y oficiales que habían participado en la Guerra de la Independencia solían intercambiar puntos de vista. Pedro Blanco había participado y se había distinguido en las batallas de Junín y Ayacucho, como consta en los partes oficiales. Gamarra figura como jefe de Estado Mayor en la batalla de Ayacucho. Y las ideas de pertenecer a Argentina, reintegrarse a Perú, o “ser sí mismos”, se mantuvieron vigentes en el país casi hasta finales de siglo. Gamarra y Santa Cruz, que habían sido condiscípulos, se inclinaron por la reunificación, como se deduce por las cartas de Santa Cruz a Gamarra y al presidente La Mar, felicitando por la incursión peruana a Bolivia. Blanco llegó a un entendimiento con Gamarra, sobre la base del interés común de alejar al Ejército Unido, y “de respetar la integridad e independencia de Bolivia”. El resultado fue que Bolivia se liberó de ambos ejércitos y, de esa manera, se abrió a la opción de establecer, recién, un gobierno nacional.
De acuerdo a las instrucciones de su gobierno, Gamarra debía ingresar a Bolivia solo con la finalidad de desalojar al Ejército colombiano, y efectivamente eso ocurre, y Gamarra deja el país, sin realizar anexión alguna. Como sugiere Mariano Felipe Paz Soldán, “los historiadores bolivianos, al juzgar a Blanco, miran a través del cristal de los hechos ocurridos en 1841, cuando Gamarra invadió nuevamente Bolivia, en aquella ocasión con el propósito de anexarla al Perú”.
Suele olvidarse que Blanco fue electo presidente por la Convención Nacional, habiendo tomado posesión del cargo, el 26 de diciembre de 1828. El 31 de diciembre fue depuesto por un motín militar encabezado por el coronel Mariano Armaza y por el teniente coronel José Ballivián, y trasladado al convento de La Recoleta, donde fue asesinado por sus custodios el 1° de enero de 1829 por órdenes del coronel Armaza. Los restos del presidente nunca aparecieron. Ninguna disposición del gobierno siguiente ni de los posteriores medió para investigar y sancionar el magnicidio. Quedó así Blanco, solo, calumniado, indefenso y desaparecido.
El Telégrafo, del 6 de mayo de 1829, se refería sobre lo acontecido en Chuquisaca: “Querer santificar una revolución criminal en su origen y mucho más en sus medios, es el último de los delirios y de la insensatez; pretenden justificar el asesinato del Libertador, del jefe elegido sin la coacción que lo depuso, y luego cubrir su memoria con criminalidades estudiadas y calumnias atroces, no se ha visto sin duda jamás en ningún país de la tierra”.
Una vez posesionado Andrés de Santa Cruz como presidente el 24 de mayo de 1829, promovió a los asesinos, manifestó no haber venido a Bolivia a “juzgar cosas pasadas”, “porque quiero que un eterno olvido los cubra”. Ambos lo traicionaron, a pesar de haber sido antes indultados mediante decreto que en la parte considerativa señala que “para reparar los males que ha causado la discordia y fijar la paz que necesita Bolivia…”, para luego, en la parte resolutiva, en el artículo primero, conceder una “amnistía absoluta para todo boliviano culpado, culpable o sospechoso de los errores y extravíos políticos a que fueron consiguientes los desórdenes que ha experimentado la República; los cuales quedan entregados al olvido bajo un velo impenetrable”.
(*) Álvaro Moscoso Blanco escribió el libro “Pedro Blanco en la encrucijada. La última batalla por la Independencia de Bolivia”, y es editor de la obra “Blanco y Negro. Rectificaciones a la historia oficial”.


























