Desde el destierro: A don Emilio
Si como decía Rainer María Rilke: “la verdadera patria del hombre es su infancia”, mi patria tuvo un patriarca, don Emilio, mi infancia lo tuvo a él, mi padre.
Era un “jovero” hermoso y singular. “K’anquita” de ojos claros, color de fuego. Indio gringo. Hablaba un quechua fluido en vías de extinción. Sus raíces y sus genes anclan en Tapacarí. Cuentan que tras la fundación de la República unos aventureros irlandeses caminaban por las punas de Cochabamba buscando el oro de Totolima y en ese andar llegaron hasta las estribaciones de Paria enamorándose de unas beldades indígenas con estirpe de ñustas, dejando en el ayllu una descendencia de hombres y mujeres que parecen venidos de Irlanda. De ese ayllu vino él. Y como toda la gente del valle después de la Revolución del 52, su mirada de adolescente se dirigió a las minas nacionalizadas.
Llegando de Cochabamba de la mano de mi tía Alicia, aún lo veo en los días de mis vacaciones de invierno. El esbelto y rubio Jefe de Bienestar Social en el centro minero Japo, a unos cuantos kilómetros de Oruro pasando por las ruinas precolombinas de Cala Cala, atendiendo los asuntos importantes de la pintoresca comarca minera en su impecable oficinita impregnada con la fragancia inolvidable de un kerosén para lustrar —hasta resplandecerlo— ese piso de madera que crujía suavemente bajo el entrar y salir de los obreros y los indios del lugar, quienes acudían a él para buscar justicia o contarle un chiste recién concebido.
Era ambidiestro y en ello radicaba su talento innato para crear armonía y hacerte sonreír. Con los trabajadores de interior mina, del ingenio y de la maestranza jugaba sendos partidos de “k’ajcha” estrellando contra el frontón con las palmas de su mano derecha y su mano izquierda por igual, esa diminuta pero aterradora pelota vasca hecha de un carozo de piedra envuelta en una madeja de hilo de cáñamo y forrada con el cuero más resistente posible. Por eso sus manos eran de temer. Y con los ingenieros y médicos de la mina, le daba al tenis ganando gallardetes como el mejor, en esa canchita de estilo inglés en las épocas doradas de la Comibol.
Militó fielmente en la revolución nacional. Barrientos lo persiguió hasta Cochabamba, donde se dedicó vender discos de Lauro, Lyra y Heriba mientras resistía a la dictadura que lo expulsó de su amada mina. Me hacía cuidar su tienda musical en La Cancha todos los sábados, quedé melómano como él. Fascinado husmeaba yo los ensayos del Grupo 606 en la casa de nuestro inolvidable vecino don Sergio Camacho, admirando a Rolando y Osvaldo que cantaban “Rompe, cruza y ayúdame”. Una noche los esbirros se entraron a nuestra casa de Villa Galindo, confiscando debajo de las camas media docena de fusiles máuser que el vendedor de discos escondía con inocente sigilo para cuando llegue la ocasión.
El doctor Rolando Herrera Gutiérrez, quien lo acompañó en sus últimos días de vida, le dedicó estas letras de oro:
“Don Emilio García fue un hombre extraordinario, pulcro, serio, inteligente, pero no por ello ajeno a las circunstancias más hermosas de la vida, por ejemplo la música, la buena música. Sin embargo su desenfado, valentía y franqueza eran su norte inclaudicable. Creo no estar equivocado cuando supuse que esos genes los transmitió a sus hijos, en especial a Wilson. Tuve el privilegio de ser su médico de cabecera un breve tiempo, pero más allá de la relación formal médico-paciente, conocí un ser fuera de serie. Cuando lo visité en el Hospital Obrero No. 2 tuve una sensación de una última lección, el coraje y la dignidad que siempre tuvo...”.
Se resistió a morir esperando el fin de mi destierro. La ausencia nos venció a ambos.
(*) El autor es periodista.






















