Vicaría de feminicidas
La publicidad de seguridad ciudadana sostiene que la potencial víctima no se exponga. Es arriesgado, pero para desarmar al criminal puede que la acción correcta sea la opuesta: exponerse y así exponerlo
Inseguridad, violencia, criminalidad. Los pelos de la espalda se erizan, algunos crímenes son más “in”, otros vulgares. Las teorías para reducirlos se multiplican, vigilar a criminales (reincidentes y potenciales), ponerles chip, armar barullo con sirenas y todos los media. El miedo se internaliza, apelar a la “naturaleza buena” del hombre fue un fracaso secular para filósofos y profetas (los sermones no sirven), el impulso de autodestrucción es más fuerte.
Los mayores crímenes responden a la integración (pertenecer a una tribu, a un grupo, a una nación) no a móviles personales (el individuo egotista). Víctimas por robos, asaltos, asesinatos, violaciones, y mafiosos son ínfimos comparados con los crímenes cometidos por, la “verdadera religión”, la “verdadera justicia”, la ideología correcta (paráfrasis de Arthur Koestler). Afirmación no remota, ajena, o abstracta; inmediata y cotidiana.
Los criminales pueden integrarse, constituir símiles de vicarías. La tendencia de integración es más peligrosa que la autoidentificación (agresividad, egotismo). En la infección social o histeria colectiva (psicología de masas) se pierde la identidad personal, la facultad de crítica y la responsabilidad; se sigue al “pastor” (con frecuencia los peores), se aplaude a dictadores, se lincha.
Para disminuir la violencia y el crimen se proponen cambios de estructuras de poder, de valores, de símbolos, de creencias, cambios de conducta. Esa es la colección de sermones; la propuesta de facto es vigilar y castigar; una mezcla es la de los benevolentes: reforma y reinserción social. En el sueño pacífico, de menos violencia, se yerra de sujeto; es plural, no singular; se intenta identificar e individualizar y siempre se provee la posibilidad de integrar, de pertenecer, de tener iguales. No sólo existen asociaciones de beneficencia con estatutos y carnet de membresía; los individuos pueden sentirse llamados a integrar una vicaría criminal.
Si la infección social suprime el sentido crítico y la responsabilidad, la pérdida de la identidad personal, la mejora proviene del diagnóstico: incrementar el sentido crítico, la responsabilidad y la conciencia de la identidad personal. Tiene dejo de sermón; pero cambia el sujeto, los malos ya no son los otros. ¿Robo o asesinato? En un linchamiento el ejecutado es la víctima; esa es la caricatura grotesca de integración, el voto de silencio, “justicia” ad hoc. Se necesita cómplices, están en oferta, y se puede ser más criminal que el que lleva ese estigma.
De reojo, integrar vs desintegrar. Una medida para aumentar la seguridad y reducir la criminalidad puede ser la de sacudirse el miedo; tomó siglos derribar los muros de castillos medievales que protegían a medrosos nobles e impolutas damas; barrer los muros de urbanizaciones sería mostrar que los tesoros de los ricachos están a salvo en bancos; no se arriesga nada y se reduce la tentación de robar.
A los criminales se les aplica el mote de antisocial. En solitario nadie es criminal, se tienen malos pensamientos. Para pasar del pensamiento a la acción se necesita aliento. Desanimar el impulso criminal es un esfuerzo social global; algunos harán más otros menos. Un desliz, el justiciero es verdugo o asesino, un hombre público de alto rango, aplaude el delito o actúa como delincuente; todos berrinchan y nadie es santo. La publicidad de seguridad ciudadana sostiene que la potencial víctima no se exponga. Es arriesgado, pero para desarmar al criminal puede que la acción correcta sea la opuesta: exponerse y así exponerlo.
El autor es administrado de empresas.
Columnas de Ivan Navia Arzabe


















