Plaga
Así, en cuestión de pocos años, se talaron gran parte de los árboles del valle. La “Ciudad Jardín” se convirtió en el “Corazón de la Madre Tierra”
Había una vez, una araña “viuda negra” que vivía en la “Ciudad Jardín”. La “viuda negra” tenía hábitos nocturnos y no salía en el día de su guarida, que se hallaba en la base de un molle. Sin embargo, hacía tiempo que no llovía y la acequia en la que la araña calmaba su sed, se secó. Una tarde, cual un milagro inesperado, lloviznó, y la arañita sedienta, prorrumpió de su morada atraída por la humedad. Aunque obnubilada por la luz, por varios minutos bebió de las gotas que la garua regó a su alrededor.
Estaba en ello, cuando fue descubierta por una niña que caminaba por la zona. La muchacha se conmovió con la gracia de su pequeño cuerpo negro salteado de rojo y, absorta, se quedó observándola, sin percatarse que llamó la atención de otros niños residentes del lugar.
Al rato, eran tres niños los que miraban a la araña y después sumaron seis. Todos reían histéricamente, cuando uno de ellos tomó un palillo y, con actitud agresiva, comenzó a pinchar y zarandear a la araña, que aterrorizada, se defendió picando al escuincle en un dedo, lo que generó tal griterío, que se apersonó un adulto. Ante la mirada inquisidora y los alaridos del picado, uno de los chicos señaló el escondite del arácnido. El hombre, sonrojado por el sobresalto, expulsó a los niños y agarró su celular. Al instante, había cinco individuos atisbando en la zona y luego llegó uno con un envase de veneno que prometía asesinar insectos y “demás plagas”: “los mata bien muertos”.
Esa noche, se vaciaron cuatro botes de la sustancia venenosa. Rociaron el molle, y los árboles, patios y jardineras de, por lo menos, cinco cuadras. No sólo liquidaron a la araña; acabaron con abejas, mariposas, orugas, avispas, escarabajos. Las plantas despuntaron mustias, los pájaros enfermos y hasta un pequeño gato amaneció muerto.
No obstante, cundió en el vecindario una extraña sensación, un sentimiento de temor que no se aplacó con otras noches en las que se repitió el ritual de “limpieza”. Si bien el niño afectado por la mordedura de la araña se recuperó, la fiebre que sufrió, trastornó igualmente el alma de sus padres. Paranoicos y obsesivos con lo que definieron como un “riesgo”, convocaron a los vecinos.
En la reunión se escucharon voces de alarma. Clamaron contra el “peligro” de los insectos, de las ratas, de los perros sueltos. Les temblaba la voz al concluir que los árboles no solamente eran nido de “alimañas”, sino que servían de cobijo para “maleantes”. No faltó la doña que se quejó que un ceibo dio refugio a una pareja de jóvenes entregados a “actos impúdicos” ni el anciano que lloriqueó debido a que las raíces de los gomeros “levantaban las aceras”.
A los días siguientes, comenzó la “campaña”. Motosierras en mano, nunca se vio a los vecinos tan colaborativos, tan solidarios entre ellos. En dos jornadas, terminaron con decenas de molles, sauces, jacarandás, ceibos, gomeros y pacayes y dejaron el barrio “limpio” y “ordenado”, según sus palabras.
Y, al extenderse rápidamente los febriles rumores de cocina, poco a poco en la ciudad, los árboles se transformaron en una presencia perturbadora, incómoda. Las instituciones y autoridades hablaron de “progreso” y soñaron con un futuro donde el asfalto brillara al sol. Se agregó que los árboles “perjudicaban los tendidos de energía eléctrica”, que “ensuciaban” y que “ocupaban mucho espacio”.
Así, en cuestión de pocos años, se talaron gran parte de los árboles del valle. La “Ciudad Jardín” se convirtió en el “Corazón de la Madre Tierra”, seguramente porque, lúgubre y pelada, sin “árboles molestos”, “insectos impertinentes” y “animales peligrosos”, como la triste Comala de Juan Rulfo, se encontró a merced del polvo.
La autora es socióloga.
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