La hora de la austeridad
La austeridad en el gasto público, la prudencia en las inversiones y sobre todo la descontaminación de elementos demagógicos a la hora de hacer las cuentas son condiciones indispensables
Después de casi 10 años durante los que las noticias relativas a la situación económica de nuestro país tenían siempre un signo positivo, durante los últimos meses se ha hecho evidente un radical cambio de la tendencia. Una tras otra han comenzado a encenderse las primeras señales de alerta, lo que obliga, tanto a las autoridades gubernamentales como a los principales agentes económicos del país, entre los que se destacan los empresarios del sector privado, a tomar las precauciones que recomienda un elemental sentido de prudencia y previsión.
A la serie de noticias que dan cuenta de que la economía boliviana ha llegado ya al punto de inflexión, el que marca el fin de la época de la bonanza y el inicio de las dificultades, se han sumado los datos correspondientes a la evolución de las Reservas Internacionales Netas (RIN) durante los primeros cinco meses del año. Según ellos, entre enero y mayo del 2016 las RIN del Banco Central de Bolivia (BCB) disminuyeron en 1.259 millones de dólares. De los 13.055 millones de dólares registrados en diciembre de 2015, cayeron a 11.796 millones, una caída de 9,6 por ciento.
Dependiendo del punto de vista con que tales cifras sean analizadas, pueden dar lugar a diferentes matices de interpretación que van desde el cauto optimismo hasta el pesimismo que bordea el alarmismo. Sin embargo, matiz más o menos, lo cierto es que ya nadie, ni los más asiduos defensores de la teoría del “blindaje” de la economía nacional, niega que lo que está tras esos indicadores es el desmoronamiento de los precios de las materias primas que exportamos, lo que es del todo atribuible a factores externos, ajenos a la manera como están siendo administrados los recursos del país.
Ese dato –el carácter externo de las causas de la tendencia negativa– adquiere en las actuales circunstancias especial importancia porque se constituye en sí mismo en un desmentido al pilar principal de la retórica gubernamental, según el que los 10 años de bonanza habrían sido atribuibles a cierta superioridad del modelo económico boliviano, y especialmente a la “nacionalización” de los hidrocarburos.
Eso no significa, sin embargo, que no haya que reconocer cierto mérito a quienes entre 2006 y 2015 supieron mantener la política económica boliviana dentro de los límites de la prudencia y la racionalidad. De otro modo, no se explicaría que la situación actual de nuestro país sea tan diferente a la de Venezuela, por ejemplo, país que a diferencia del nuestro no puso ningún límite al despilfarro.
De cualquier modo, y sea cual fuere la cuota de responsabilidad que se atribuya a factores externos e internos en los resultados obtenidos durante los últimos 10 años, lo que está fuera de duda es que las circunstancias han cambiado de manera radical y eso exige cambios de igual magnitud a la hora de planificar el futuro. Y al hacerlo, más allá de los deseos y las buenas intenciones, lo cierto es que urge acomodarse a los tiempos difíciles que se avecinan. La austeridad en el gasto público, la prudencia en las inversiones y sobre todo la descontaminación de elementos demagógicos a la hora de hacer las cuentas son condiciones indispensables.


















