Una ciudad silenciosa
Este movimiento ciudadano demuestra no sólo la preocupación de esta población, sino la importancia y beneficio que representan los árboles en nuestras vidas. Esta acción colectiva tiene el poder de despertar el interés de reflexión para un urgido cambio positivo en Cochabamba
Cuando emprendíamos viaje de Tupiza a Cochabamba, mi madre nos dijo que viviríamos en un valle diferente al lugar de donde proveníamos, ya no tendríamos los cerros colorados, pero sí, que estaría-mos en un lugar verde y cálido. Es así, como iniciamos esta aventura que empezó con un viaje por tierra, para luego montar aquella ave mecánica que sólo veíamos pasar de vez en cuando por los cielos tupizeños.
Llegar a Cochabamba fue como nos describió mi madre: clima cálido, de árboles de grueso tronco, de flores que expulsaban fragancias exquisitas una vez que atardecía, de conciertos de aves, de arrullo de grillos y de ensordecedoras cigarras. Cochabamba, aquellos años tenía un sonido diferente al que hoy la caracteriza y que al parecer el crecimiento urbano caótico ha negado por completo la naturaleza.
Tengo presente que el cochabambino gozaba de tener en sus casas jardines o en su caso una huerta, que con orgullo mostraba la costumbre agrícola, que hizo famosa a Cochabamba y que fue reconocida como el granero del valle o la ciudad jardín. Pero hoy, al parecer, ese sentimiento de contemplación y cuidado a las plantas y árboles es remplazado por todo aquello que no tiene vida.
Esta nostalgia que nos ataca a miles de personas en Cochabamba y que hoy forma parte de un colectivo ciudadano –como es “No a la tala de árboles”– nos ha permitido ser ciudadanos vigilantes y denun-ciantes de crímenes arboricidas que están al orden del día; también visibiliza la irracionalidad ecológica que vivimos y plantea un gran desafío: cómo parar la degradación ambiental. La misma que nos está llevando a aquello que Rachel Carson describe en las primeras líneas de su libro “Una primavera silenciosa”, que se asemeja a aquello que con nostalgia y tristeza recuerdo: las peleas de las waka wakas como parte de nuestro entretenimiento, escuchar las ranas, el croar de los sapos en los jardines, ver como los pechos de los horneros se inflaba antes de sus cantos, ver el elegante volar de las golondri-nas antes de capturar su alimento, escondernos de los cortapelo o el sonido ensordecedor de la cigarras en las tardes de verano. Seres vivos, que poco a poco fueron desapareciendo, debido a la tala in-discriminada de árboles.
Lo que debemos entender es que existe una interconexión de los seres humanos con el ambiente natural. Este movimiento ciudadano demuestra no sólo la preocupación de esta población, sino la impor-tancia y beneficio que representan los árboles en nuestras vidas. Esta acción colectiva tiene el poder de despertar el interés de reflexión para un urgido cambio positivo en Cochabamba.
La autora es socióloga
Columnas de VERÓNICA BARROSO

















