El adversario como necesario
Corría el año 2006 y algún personaje político de la época tuvo la creativa idea de conceptualizar al momento histórico que se vivía como la Revolución Democrática, se trataba entonces de sostener que la llegada del MAS al poder implicaría un profundo cambio sobre las estructuras de Bolivia, pero que éste no llegaba a través de las armas sino a través del voto popular. Y una vez más reducíamos la democracia a la voluntad manifestada a través del voto.
Se aprobó la Constitución y se incorporó la idea de una democracia participativa cuyos mecanismos, referendo, consulta, iniciativa legislativa, cabildo, serían los medios para que la ciudadanía decidiera su futuro. De los mencionados, la figura del referendo fue la única que se utilizó de manera consecutiva, aunque sólo para dos asuntos: aprobación o rechazo de marcos normativos (Constitución, Cartas Orgánicas y Estatutos), y la figura de revocabilidad de mandato. En cuanto a las consultas, la única que llegó a conocer la ciudadanía fue la realizada en el Tipnis y con muchas observaciones a la forma en que se realizó, quizás existan otras, pero no se han difundido como la participación impulsada desde instancias estatales para legitimar su autoridad, sus marcos normativos o su gestión.
Para realizar un salto cualitativo y que la democracia se constituya en el modelo en el cual las sociedades resuelven sus tensiones, se debe reconocer el carácter antagónico de la política. Esto significa, siguiendo a Chantal Mouffe, ingresar en el plano de una democracia pluralista; cuyo requisito es un reconocimiento de la diferencia y, en ella, del enemigo como un adversario legítimo.
El reconocimiento de un adversario legítimo implica que quien expresa una idea contraria sea escuchado y se tenga la posibilidad de discutir con su planteamiento. Lamentablemente, este escenario es el que menos se observa en nuestro contexto, cualquier manifestación que se opone a lo que está determinado por el Estado no es reconocida como legítima y se la empieza a descalificar bajo distintos argumentos (servil al imperialismo, funcional a los intereses de la derecha neoliberal, etc.).
En la ilusión de un reconocimiento legítimo de la diferencia y la constitución de adversarios legítimos, podemos realizar un listado de temas y posturas sobre asuntos prácticos que deberían ser puestos en el espacio de la democracia plural, en espacios de discusión.
Lo que se invierte en un campo deportivo podría ser invertido en obras para el problema de abastecimiento de agua; represas donde existen dudas respecto a sus consecuencias medioambientales en confrontación con la generación de recursos a través de la venta de energía; los fondos destinados a obras de infraestructura pública que sólo servirán como oficinas; megaproyectos de transporte como el teleférico o trenes metropolitanos; iniciativas nucleares; inyección de recursos a empresas deficitarias frente al cierre de otras; exploración y explotación de recursos mineralógicos o hidrocarburíferos en áreas protegidas; y la lista puede seguir.
Una democracia pluralista se afinca en la generación de escenarios de disputa, donde quienes opinan y piensan diferente tengan la legítima posibilidad de que su postura ingrese en los escenarios deliberativos. Si no, produzcamos y no pensemos, dejemos que nuestras autoridades decidan solas, resignémonos a una democracia representativa.
El autor es sociólogo.
Columnas de ALEJANDRO CARVAJAL






















