Los extremos se tocan
Causa profunda preocupación la actitud asumida por algunos docentes del magisterio, adherentes al trotskismo tradicional, de “quemar” ejemplares de un libro de aprendizaje de lectura y escritura, bajo el pretexto de que se usa en forma servil la figura del Primer Mandatario para el efecto.
Se trata, sin duda, de una acción que nos remonta a las etapas más oscuras de la historia de la humanidad. Para no ir muy lejos, fue recurrente en tiempos del nazismo alemán, el fascismo italiano y el franquismo español. Además esta práctica fue imitada por las sucesivas dictaduras que asolaron nuestra región.
Es que la quema de libros simboliza, por un lado, la incapacidad de quienes lo hacen de poder debatir con los otros, a quienes de hecho les desconocen su derecho a pensar y expresar sus ideas libremente. Por otro lado, simboliza la desconfianza de los autoritarios en la gente, pues presumen que ellos deben convertirse en sus guías, prohibiéndoles lecturas que a su limitado criterio son malas.
Hoy, nada menos que docentes se apropian de esa actitud autoritaria que debe ser radicalmente rechazada, pues atenta a básicos principios de convivencia democrática.
La alternativa a esa atávica acción es, más bien, debatir sobre el texto criticado y demostrar, si es posible, que no es un material idóneo como instrumento educativo; por tanto, pedir a las autoridades que sea desechado y sólo lo lean quienes así lo deseen.
Desde otro enfoque, la quema de libros que se comenta es una muestra más de cómo se van cerrando los espacios de diálogo en el país, situación anómala que debemos enfrentar antes de que sea demasiado tarde.

















