La sabiduría de lo pequeño
La línea de las evoluciones culturales ha marcado curiosas trayectorias en Bolivia. Los años 60 y 70 fueron muy fecundos en la adopción de estilos y modas americanas en las ciudades. Aparecían los primeros edificios y curiosos veíamos circulando por nuestras calles a esos inmensos vehículos norteamericanos, llamados Impalas, Plymouth o Pontiac. La estética gringa, impresa en los famosos chalets, se adueñaba de los barrios residenciales. Las clases altas y medias adoptaban con entusiasmo nombres como Henry, Freddy, Jhonny, Rosemary y Jeannette, dejando los de origen castellano: Sebastián, Nicolás, Pascual, Valentín para las zonas rurales. Sin embargo, al pasar el siglo, el pueblo en un curioso giro tenía también a sus Kevins, Jonathans y Tifanis. Las clases altas y medias, por su lado, habían vuelto a los castellanos.
Si las elites acataron los dictados culturales de la época, hoy son pues gruesas capas de esa nueva clase media popular, nacida con la prosperidad de los últimos años que no sólo se recubre de nombres americanos, sino que alegre cultiva y da rienda suelta a las tendencias más deformantes del crecimiento a la boliviana. Estas nuevas fracciones también quieren sus edificios, grandes casas, descomunales camionetas, vistosas fiestas y galerías comerciales, símbolos de realización personal, festejados y celebrados por lo alto por el grupo. Y aquí no hay nada que el Viceministerio de Descolonización pueda hacer. Al final, satisfechas las necesidades básicas, ¿de qué serviría tener plata si ésta no se traduce en objetos de demostración? Quizás sean estos los efectos del viejo anhelo popular de la inclusión económica.
Por desgracia, esto no sería más que frivolidad, si las tendencias económicas culturales que impregnan dichas preferencias no impactaran en temas críticos como los desarreglos en el medio ambiente o el desarrollo urbano, provocados por la fiebre del crecimiento económico, hoy en caída en Bolivia. No es casual el parentesco existente entre los símbolos de enriquecimiento personal que, hay que reconocerlo, el pueblo también anhela y el simbolismo que emana de los grandes proyectos que el modelo de desarrollo gubernamental impulsa: palacios, grandes museos, estadios, satélites, represas, trenes metropolitanos de dudosa factibilidad, dakars. Tanto en el ámbito público como privado, parecería que sólo se percibe el desarrollo en sus expresiones más visibles, como algo materialmente construido, masivo, tangible, acumulable. Pero, además no sólo es bueno que se vea grande —así se ganan adeptos— sino que económicamente es imperativo porque el modelo económico necesita grandemente de la inversión pública y claro, mejor si es en megaproyectos.
Se ha dicho que no hay lucro sin símbolos. El dinero es un valor que se persigue no sólo porque permite vivir sino porque autoriza un modo de vida donde, como se ha dicho tantas veces, no todo es necesario. Los hippies de los años 60s quizás lo entendieron. A falta de cambiar el sistema, hay ciertos valores que relativizar, tanto por los efectos medioambientales como por los psicológicos (ansiedad y estrés) cuya obsesión produce. No todo tiene que ser grande, rápido, vertiginoso, industrial, masivo, ni agitado, para ser bueno. Volver a la sabiduría de lo pequeño, simple, lento, artesanal y sereno, puede reconciliarnos con la naturaleza y con nosotros mismos. Una sabiduría que quizás el Gobierno no debiera ignorar.
El autor es abogado, miembro del EPRI.
Columnas de ERIC HINOJOSA ZAMBRANA
















