Amor de locos
Son diversas las miradas que las incontables canchitas de césped sintético sembradas en el país han despertado en la población. Sus detractores señalan su superfluidad frente a las carencias subsistentes en Bolivia: atención sanitaria, servicios básicos, educación, etc. Sus simpatizantes, por el contrario, evocan deporte, recreación sana y, en la versión presidencial, salud. Al final que lo uno o lo otro sea cierto depende del tipo de necesidades que éstas podrían satisfacer y cuan prioritarias o no puedan serlo ciertamente. En este como en otros temas, el tema depende del tipo de información con que se cuenta y de la parte de esta en la que, según nuestras diversas valoraciones sobre la misma, depositamos la mirada. No hablaremos ya aquí de las manipulaciones a que ésta es sometida.
Se sabe que en la política como en el amor son a menudo los afectos los que hablan. Las personas se enamoran de algunos rasgos e ignoran otros y remodelan la realidad política y social con base en sentimientos y simpatías. La batalla de percepciones a favor o en contra así instalada, se destacan ciertos datos y se desestiman otros. La propaganda gubernamental apunta sus reflectores en dirección al crecimiento económico, proyectos hidroeléctricos, infraestructuras, empresas públicas, participación social, reducción de la pobreza, entre otros. Los detractores, por el contrario, miran acongojados las penurias del sistema de salud, la descomposición del sistema de justicia, los rezagos del sistema de educación, la degradación medio ambiental, el despilfarro de recursos, la escaza diversificación productiva, o el autoritarismo. Al final, cada cual abordará la realidad por el costado que mejor se le ofrezca, que mas lo enamore o disguste.
No es una novedad señalar el parentesco entre sentimientos amorosos y afectos políticos, como tampoco lo es las deformaciones perceptivas que ambas producen. En la clásica puesta en escena de la relación amorosa, el reconocimiento del otro es el punto de partida para la vía sentimiento amoroso y aparición de distorsiones en la percepción del ser amado. Al ser reconocidos y aceptados por ese alguien especial que le regala a uno su amor, nos hacemos cautivos afectivamente y terminamos dependientes del otro. A mayor fragilidad en la autoimagen personal, mayor será el carácter cautivo de la relación. Llegados a este punto, solo se ven las luces y no las sombras y los defectos son virtudes.
Similares efusiones afectivas se advierten entre las poblaciones adherentes al gobierno. Dirigentes sociales diversos suelen manifestar con emoción su gratitud al régimen por el reconocimiento efectuado a sus organizaciones. Se entiende en un contexto de exclusión, ser reconocidos como actores y sujetos políticos ha producido devociones profundas por el gobierno y cautividad afectiva; ahora existen a los ojos de un poder del que, supuestamente, forman parte. A partir de ahí que las miradas a la realidad sean, en parte, miradas de amor sobreestimándose algunos hechos en detrimento de otros, no es extraño. Y que hasta las torpezas terminen encontrando siempre alguna razón, tampoco. Caminos paralelos siguen algunos intelectuales cuyo amor por el pueblo y su disgusto por las viejas elites, disfraza despropósitos y excesos que, a nombre de él, los gobernantes realizan. Así podríamos tapizar el territorio nacional de canchitas con la mirada enamorada y agradecida del que recibe un regalo que retribuir.
El autor es abogado, miembro del EPRI
Columnas de ERIC HINOJOSA ZAMBRANA

















