Día de la Conciencia Laredista
Cada colegio deja una huella profunda en sus pupilos, ya sea por los gratos momentos vividos con los compañeros en la época escolar , o por la formación y satisfacciones que marcan a cada alumno durante esos años.
Sin embargo, en el caso del colegio Eduardo Laredo estos sentimientos son desbordantes.
Mientras el resto de padres y alumnos de otras unidades educativas suelen lamentar las horas de clases en horarios no tradicionales, los del Laredo se quejan porque la hora de salida llega demasiado pronto. Ni hablar de las suspensiones ocasionales de las clases, eso directamente les apena.
Y el fin de los estudios secundarios no significa para ellos el término de su pertenencia a l colegio. No, los laredistas vuelven a su establecimiento, con o sin pretexto, y cuando tienen hijos, al llegar estos a la edad escolar, se esfuerzan para que estudien en el Laredo. Quizás con la subconsciente intención de prolongar el tiempo feliz, cuando pasaban la mayor parte de los días hábiles, mañana y tarde, en las instalaciones de la avenida Ramón Rivero.
Las diferencias con la vida de escolares y colegiales -y sus padres- de otros establecimientos comienzan desde la inscripción: las pruebas de admisión son severas, no sólo por la indispensable sensibilidad auditiva, el llamado oído musical, sino por otras cualidades que hacen del alumnado del Laredo un conjunto homogéneo de niños y jóvenes cuya parte más remarcable parece ser la condición de ser felices, tal como lo estableció su visionario fundador, el arquitecto Franklin Anaya Arze .
Y esa condición, aumentada por el amor a su establecimiento y las entrañables amistades cultivadas en los años de estudio, sobrevive intensa y se manifiesta más en días como el de ayer, cuando la comunidad de exalumnos y alumnos celebró el Día de la Conciencia Laredista, “sacando brillo” a su amado colegio.
Periodista de Los Tiempos
Columnas de NORMAN CHINCHILLA



















