Yo, Sísifo
Una piedra se carga por la ladera de la montaña, llegar a la cima para verla caer, ese es el castigo que se le da a Sísifo, el absurdo encarnado en la repetición de un acto eterno. Albert Camus (1913-1960) en su ensayo titulado “El Mito de Sísifo” describe que los actos que atentan contra valores, justificados o no, tienen consecuencias. Por tanto, un espíritu empapado del absurdo justifica que esas consecuencias deben ser asumidas con serenidad. El sujeto está predispuesto a pagar su falta. Según Camus, lo absurdo nace de esa confrontación entre el llamamiento humano y el silencio irrazonable del mundo. El divorcio entre el hombre y su vida, entre el actor y su decorado, es el sentimiento de lo absurdo.
En el contexto actual, la sensación del absurdo está a la vuelta de cualquier esquina. En estas esquinas de una ciudad que tiende a abrazar el absurdo con pasión, y cuya estrategia de supervivencia es la violencia física o simbólica, los escándalos de corrupción saltan de forma continua, para muestra un botón, el último y el más instalado en la agenda mediática, es el de las mochilas con un supuesto sobreprecio del 80%. Es así y dependiendo de la prioridad que den los medios al tema, todos los días sistemáticamente vemos en este ranking de malas noticias el espejo de nuestro propio absurdo. En la agenda mediática importa poco, por ejemplo, el informe anual de registros de contaminación atmosférica de la Red de Monitoreo de la Calidad de Aire (Red MoniCA).
Como vemos, la familiaridad de lo absurdo se ha instalado invisiblemente en los actos de una sociedad que probablemente no vea el horizonte de aquello que Camus plantea: el momento de la elección entre la contemplación y la acción. Para un corazón orgulloso no puede haber término medio. Afirma: “Hay que vivir con el tiempo y morir con él o sustraerse a él para una vida más grande (…) No quiero tener en cuenta la nostalgia ni la amargura y lo único que quiero es ver con claridad”.
No obstante, cuando Sísifo pasa a la acción razonada y vitalista, puede volver a sentir el pulso de la vida y entender con claridad que en este acto está su verdadera dicha y su naturaleza negada irrumpe y ejerce. Para nosotros queda la certeza de que los rituales habituales, de una sociedad del antibienestar, nos aseguran que tenemos este destino en nuestras manos y puede ser transformado o absurdamente defendido. Podemos hacer todo y también nada. “El esfuerzo mismo para llegar a las cimas basta para llenar un corazón de hombre. Hay que imaginarse a Sísifo dichoso”.
La autora es escritora y comunicadora social.
Columnas de CECILIA ROMERO


















