La lectura en el centro de la pedagogía
A comienzos de este mes de octubre, como todos los años, se realizó un nuevo encuentro de la red internacional ProLEER, en su sede habitual, la Universidad de Harvard. Estas palabras introductorias les dicen, apreciados lectores, que voy a insistir en un tema que nos ha ocupado varias veces en este diálogo imaginario que tenemos: la lectura. ProLEER es una red internacional integrada por académicos, gobiernos y organizaciones no gubernamentales de ocho países (Argentina, Chile, Colombia, Costa Rica, México, Perú, Estados Unidos y Holanda). Promueve el mejoramiento de las políticas y prácticas educativas con base en la investigación, principalmente en lectura y escritura, que son determinantes para el éxito escolar.
Una de las conferencistas principales del evento, Nell Duke, experta en alfabetización, en declaraciones posteriores, formuló algunas recomendaciones simples que comparto. Dos de ellas las pueden adoptar todas las maestras y maestros en sus aulas. La tercera es un asunto de la política pública.
La primera recomendación es leer a los niños todos los días de manera interactiva. Práctica no negociable de maestras y maestros en preescolar y en los primeros años de primaria, dice la experta Duke. O sí, o sí. Además, guiar a los niños para que escriban todos los días, contando actividades que hayan realizado. Otra práctica no negociable.
La segunda, que deseo enfatizar de manera superlativa, no es algo nuevo: la investigación muestra que cuando los maestros tienen expectativas altas con respecto a lo que sus alumnos pueden alcanzar, influye en los resultados que logran. El síndrome compasivo de “pobrecito este niño, no puede…” resulta en una profecía autocumplida y eso, maestros y maestras, no ayuda a sus alumnos. Es el famoso efecto Pigmalión. Las altas expectativas del profesor en relación con las capacidades de sus alumnos para leer comprensivamente, dan como resultado un alto rendimiento en los aprendizajes.
Por el contrario, las expectativas bajas influyen de manera negativa en sus resultados. En otras palabras, las creencias previas y las expectativas del docente afectan al desarrollo académico y personal del estudiante. ¿Por qué?
Los investigadores encuentran cuatro factores explicativos.
Uno, esas expectativas generan un clima emocional más cercano. Es impresionante el efecto del lenguaje no verbal inconsciente que los niños perciben en los gestos, expresiones faciales, tono de voz, miradas, sonrisas… de sus maestros (y sus padres, claro). Esa sonrisita medio burlona, mientras se menea la cabeza en señal de desaprobación… es un bombazo a la autoestima de los chicos.
Dos: ayuda a aprender más contenidos. Si es alta la expectativa sobre la capacidad del alumno, el profesor se esfuerza más para proponer nuevos contenidos académicos y ser más exigente con el alumno del que espera más. Eso no ocurre con los alumnos que el profesor cree que son menos inteligentes, menos capaces, que apenas logran lo mínimo.
Tres: les pregunta más; el profesor confía más en las respuestas de estos alumnos, por lo que se inclina a preguntarles más y con mayor grado de dificultad.
Cuatro: los elogia más. Cuanto más cree en el niño, más lo alaba su maestro cuando obtiene buenos resultados que lo impulsan a más. Si el profesor no cree en la capacidad del alumno, lo recrimina cuando se equivoca y eso, no lo estimula, sino todo lo contrario.
La tercera recomendación se refiere a qué le corresponde hacer a un Ministerio de Educación, para que los niños de la población económica y socialmente en desventaja tengan iguales oportunidades de éxito que el resto. La conferencista señaló que el Ministerio debiera asegurar que las escuelas de las áreas más vulnerables sean las que tengan mayores recursos. Más recursos económicos, las mejores maestras y maestros y más desarrollo profesional para ellos.
Nada muy nuevo ¿verdad? Así de simples parecen la mayoría de las recomendaciones pedagógicas. Todas ellas podrían resumirse en poner la lectura en el centro de la pedagogía: leer para aprender, leer para comunicarse, leer para expresarse. Tuve una batalla ayer con mi nieta de 10 años, cuando descubrí que la estaban acostumbrando a leer… para responder al cuestionario que le irían a poner en la prueba, parecido al del libro de texto que, todavía, busca hacerles la vida fácil a los docentes. Hoy los niños necesitan razonar, interpretar, comunicarse. Para ello ya no basta aprender a leer descifrando palabras y a escribir copiando. Cuando nosotros lo hicimos –tal vez así– seguramente el conocimiento se multiplicaba cada 20 ó 25 años. Hoy, nos dicen, ¡se duplica cada año! De la competencia lectora que los maestros logren en sus niños y niñas, va a depender de cuánto irán a estar dentro de la sociedad del conocimiento o cuánto en la periferia.
Comencé hablando de una red y quiero terminar subrayando la importancia para los maestros de participar en redes de educadores porque son una fuente de desarrollo profesional. Las redes son una estrategia de movilización de conocimiento que permite promover la práctica docente basada en la evidencia que logra la investigación. Redes abiertas, claro, que posibiliten el aprendizaje colaborativo entre maestros de distintas latitudes, basado en la retroalimentación sincera y reflexiva. Las redes, dicen quienes las han investigado, han mostrado que la influencia de unos maestros en otros es un mecanismo que modela lo que podríamos denominar la autoeficacia de los maestros, cuando actúan entre sí, de manera horizontal. Las redes, pues, soliviantan las prácticas rutinarias de los docentes, cuando las pueden contrastar con las de otros maestros y maestras. Sus prácticas y el conocimiento que hay detrás de ellas. Las redes son verdaderas comunidades de aprendizaje profesional desde la práctica.
El autor es Doctor en Ciencias de la Educación
jorge.riverap@tigomail.cr
Columnas de JORGE RIVERA PIZARRO




















