El Chapare tierra de nadie
El Chapare prácticamente es la segunda región mundial productora de coca a gran escala, después del Perú, con un promedio de 280 toneladas por año cultivadas en unas 30 mil hectáreas, un 60 por ciento más de superficie que existía antes de 2005. La superficie cultivada de coca ha sido doblada con la venia oficial del presidente Morales que en 2017 autorizó extenderla hasta las 20 mil hectáreas de las 12 mil que existían hasta ese entonces.
Quién podría dudar, la coca y la cocaína representan un gran negocio, aún siendo una actividad perseguida por ley en todo el mundo.
Una versión libre de un estudio sobre el narcotráfico que circula en Internet como www.derechos.org/nizkor/bolivia/libros/cocacoup, dice que un kilogramo de sulfato de cocaína o “pasta base”, en el lugar de origen, como el Chapare, cuesta unos 5.000 dólares, esto podría justificar el tráfico de “tragones” que llevan en su estómago, con riesgo de sus propias vidas, hasta kilo y medio de droga. Se engullen algo así como 1.500 dólares en droga. Llegado a Colombia donde es transformado en clorhidrato, ese mismo kilo podría valer hasta 15 mil dólares.
La cocaína pura extraída de ese mismo kilo de “pasta base,” vendida a los mayoristas en Estados Unidos puede valer entre 40 y 60 mil dólares. El kilo original de “pasta” habrá terminado valiendo entre 200.000 y 500.000 dólares.
Semejantes precios doblegan a cualquier mortal a inclinarse por esta ilícita actividad, más todavía, en medio de una laxa campaña gubernamental de control, de una aparente tolerancia. En los últimos tiempos, la policía contra el narcotráfico, ha informado de incautaciones de importantes cargamentos de droga, no en la región del Chapare, sino en los retenes de las principales carreteras cochabambinas, bajo sesgo de procedencia peruana. No se conocen con mucha precisión de operativos, con resultados positivos en la misma zona del Chapare.
El Chapare es la tierra de nadie. Allí hacen lo que les venga en gana. El comercio de la coca es intenso, oculto. Aparentemente todos están en concomitancia. Cuando algún importante cargamento de droga debe despegar de pistas clandestinas, pueblos enteros se movilizan para dar cobertura de seguridad, poniendo en jaque a los policías, sometiéndolos.
Una débil, o ausente, institucionalidad es la constante, donde los dirigentes ofrecen cholitas, “misses,” para congraciarse con el poder político y, ¿por qué no sospechar que esta práctica se repite con los mandos policiales de represión al narcotráfico? Hay que entregarles entretenimiento. Así, los sindicatos de cocaleros son más fuertes que los ministros, diputados, la Policía y toda forma de control gubernamental.
Por estas razones la sociedad civil quiere con urgencia un nuevo gobierno.
El autor es periodista
Columnas de JAIME D’MARE C.


















