Una imagen que se derrumba
El escándalo del caso del narcotraficante Pedro Montenegro Paz, buscado en Brasil desde 2014 por participar en el envío de al menos 1,3 toneladas de cocaína a Europa, es un fuerte golpe a la imagen de Bolivia respecto a su lucha contra el tráfico de estupefacientes.
El Gobierno se ha esforzado, desde que salió del país la Administración estadounidense para el Control de Drogas (DEA, por sus siglas en inglés), en mostrar al mundo que el país puede enfrentar con eficacia al narcotráfico.
Aunque, en general, había dudas sobre los logros gubernamentales en ese campo, el caso Montenegro derrumbó en unos pocos días todo lo que hasta el momento nos habían dicho las autoridades, principalmente que en Bolivia no operaban los llamados “peces gordos” del narcotráfico, menos carteles y que el país se estaba convirtiendo en simple paso de la droga peruana.
Lo revelado hasta el momento sobre los vínculos del prófugo Pedro Montenegro Paz con altos cargos de la Policía Boliviana, posiblemente también con funcionarios jerárquicos de organismos judiciales, empresarios y otros, muestra que no sólo es muy probable que todo aquello que el Gobierno negó que hubiera en Bolivia sí existe, sino que además el narcotráfico está inserto en la sociedad, conviviendo de manera natural con autoridades y simples ciudadanos.
Montenegro, que en 2014 fue señalado por Brasil de ser uno de los acopiadores de cocaína en Bolivia para llevarla al país vecino y desde ahí a países europeos, es un peso pesado del narco que se aprovechó de las débiles instituciones del Estado, hoy plagadas de funcionarios corruptos.
Jefa de Redacción de Los Tiempos
Columnas de María Julia Osorio M.

















