La ausencia del hermano
He sentido el peso de una montaña cuando cae encima de uno. He sentido un rayo que ha dejado huecos negros de angustia en el alma, por lo repentino.
He querido escribir algo pero, como decía el poeta, solo me sale espuma. Así que les leeré algunas líneas frágiles, desordenadas y anárquicas como aquellas que salen de la cresta de la ola. Son viejos recuerdos de Fernando González Quintanilla.
Son fotografías opacas en blanco y negro. Lo veo montado sobre un león de juguete con manubrio y rueditas que había que impulsar con los pies. Y me veo a mi mismo en otro animal más grande, una oveja blanca de los mismos materiales. Yo elegí el animal más grande. El no se inmutó. Me dijo solamente: El león muerde ovejas. Fernando era el más listo y el más inteligente de los tres hermanos.
Los recuerdos se me difuminan.
Íbamos de la mano al Colegio La Salle. Por recomendación de mi mamá no debía de soltarlo. Al principio me molestaba. Quería ser más libre para ir con los amigos trotando. Pero descubrí la ternura de ir agarrado de su mano. Me conmovía. Tener un hermano menor es una dicha. Hasta para molestarlo con cierta impunidad.
Mi inolvidable hermana Maria Martha y yo éramos los walaychos de la familia. Fernando, el hombrecito serio y responsable.
Fuimos juntos al Colegio San Agustín. Con los padres agustinos hacía de monaguillo y hasta creíamos que iba para cura.
Más tarde se avocó a otros compromisos. En el frente Universitario Cristiano, al que después se le añadiría el complemento Revolucionario. Ganó una beca para estudiar sociología en Chile con especial énfasis en la obra del jesuita Teilhard De Chardin.
Eran las épocas del compromiso con el cielo, por los pobres y los desheredados de la tierra. Eran las épocas de una Iglesia que quería volver a los orígenes ayudando a los más débiles a través de la Revolución. Como el sacerdote colombiano Camilo Torres, o como predicaba la revolución de los poetas en la tierra de Rubén Darío, como el padre Cardenal. Tiempo después entendimos que era nuestra “edad de la inocencia” Era un sueño traicionado y fraudulento.
En esos tiempos algunos creían que la dictadura de entonces duraría para siempre. Fernando, comprometido y entrenado, estuvo a un tris de convertirse en héroe. Se conoce que felizmente no le tocaba. Pero estuvo en la línea de fuego para evitar que la dictadura de 1971 tomase el poder. Combatió y perdió en la batalla de Laicacota. Colaboró a organizar el partido en la clandestinidad, luego tomó el camino del exilio. Pasaron las tentaciones guerrilleras y volvieron las urgencias políticas. El estuvo en ellas. Tenía Fernando fuerza, entereza y autoridad. Y en el exilio de Lima se convirtió en el vínculo imprescindible con el Dr. Hernán Siles Zuazo.
Al llegar la democracia, ocupó cargos diplomáticos, asesor del Canciller, segundo en la embajada de Washington, en la OEA, en el BID.
Hasta que ocurrió algo que le rompió tempranamente el corazón: la división de su partido. Fue cuando pensó como muchos: Aquí se jodió el MIR.
Y se dedicó a su profesión ( y a Susi, Andrés y Natalia). Le tocaba Santa Cruz, primero como vicepresidente legal en Transredes. Luego en su propio estudio. Brilló también como abogado.
Las cosas generales de nuestro país nunca dejaron de importarle. Y cuando empezó lo que ya conocemos como la Revolución de la pititas no escatimó su concurso. Creó un chat y un blog con gente de Santa Cruz, de Cochabamba y La Paz. Se trataba de producir material informativo y derivarlo a sus contactos internacionales para neutralizar la historia negra que se estaba urdiendo sobre Bolivia.
Llamó a este espacio Primavera Democrática, y como atractor de voluntades y compromisos, convocó para luchar por la democracia a personalidades con historias parecidas.
Siento un gran orgullo de haber tenido en mi hermano menor a un maestro como político, con ejemplaridad de vida, de profundo compromiso moral. Siento orgullo de haber tenido un hermano generoso, simpático, carismático y sabio. Y, sobre todo, un hombre de bien.
Todos a quienes se allegó lo testimonian así.
(Palabras del autor en la misa en recuerdo de Fernando González Quintanilla).
Columnas de LUIS GONZÁLEZ QUINTANILLA
















