La asfixia
Es la señal de estos tiempos. El mundo se encuentra sumido en una asfixia total. El virus de la Covid-19 flamea, vuela y flota en el aire como un viento huracanado dispuesto a arrasar con lo más sagrado, quitarnos la bendición de aspirar, respirar y expirar el aire que alimenta la vida.
Y la asfixia patológica no sólo tiene que ver con un ahogo por falta de oxígeno, a causa de un virus, sino también por una asfixia mecánica, la incapacidad de un sistema político y económico mundial bloqueado ante la protección del cuidado social.
En este sentido, destaco el concepto de cuidado, olvidado por la clase política, como el don que “refuerza la vida, atiende las condiciones fisicoquímicas, ecológicas, sociales y espirituales que permiten la reproducción de la vida y de su evolución”, me refiero a un principio de pensamiento como comportamiento ético de la política.
A contracara. En los últimos años, el modelo del éxito ha predominado como el eje hegemónico de la existencia humana, esto ha contribuido a que el planeta ingrese a una fase crítica, a causa de la acumulación de poder, la degradación del medio ambiente, la individualización exagerada, y la oda al consumo superfluo.
Y este no es un tema de izquierdas o derechas, de “progres” o de conservadores, de ateos o creyentes, es un tema de ética en el sentido más amplio de la palabra. Por mala suerte, un concepto degradado desde la academia, por lo que perdió trascendencia en el sistema dominante y en la vida cotidiana.
Ahora, claro, dirán que la ética también posee una contaminación ideológica, un sesgo cognitivo. En este caso, nos referimos a la ética como centro de la inteligencia colectiva. Es decir, el proceso mediante el cual se genera valor cuando se conectan las partes para tomar decisiones, o también se puede entender como sinergias en movimiento para el bien común.
En este contexto, la asfixia que sufrió George Floyd a manos de la Policía de Minneapolis, está ligada con el paradigma del éxito. Lo explico. Instantes antes de su homicidio clamó una frase conmovedora que retrata en cuerpo y alma el momento que caminamos: “no puedo respirar”. Una expresión singular, en un instante aterrador de su vida, que se transfiere al plural de las personas: “no podemos respirar”. En otras palabras, la realidad individual de Floyd convertida en la realidad del mundo. La semejanza de un hecho particular que alude a un argumento global mucho más complejo. Una parábola de este tiempo.
Floyd murió por asfixia. Entonces, todos somos Floyd, de una forma u otra. Tal vez no porque un policía nos ponga la rodilla en el cuello, sino porque la mayoría de las personas del planeta, y esto se evidenció, no contará con una asistencia sanitaria digna para sobrellevar la enfermedad.
En tanto, me asomo a la ventana cuadriculada y el gris de la noche todavía sigue presente. El paisaje lúgubre se siente en los destellos de las luces que alumbran con tristeza. A la vez, recuerdo la ventana a cielo abierto de mi lugar en el mundo donde cada bocanada de aire viene acompañada con el sonido de la naturaleza.
El autor es periodista
Columnas de PABLO PIZARRO GUZMÁN

















