Seguimos abandonados a nuestra suerte para morir en plena calle
Hemos olvidado el aspecto más importante de lo que implica organizarnos en un Estado: pertenecer a una comunidad que nos resguarde en tiempos difíciles. Para que, en caso de una pandemia, no tengamos que morir abandonados a nuestra suerte, en plena calle.
El Estado implica el manejo del bien común por una población organizada que, se supone, es igual en derechos y obligaciones. Ese bien común administrado debería coadyuvar para que todos los miembros de la comunidad tengan acceso a servicios de salud, educación, alimentación adecuada, agua limpia, aire puro y todo lo que involucra la dignidad humana. Para que nadie muera, abandonado a su suerte, en plena calle.
La pertenencia a una comunidad también significa que cuando un vecino padece, no lo condenas, le huyes o lo ignoras, sino que eres capaz de tenderle la mano en lo que se pueda, porque lo consideras tu compañero/a, tu igual, tu prójimo. Es decir, no lo dejas abandonado a su suerte, para morir en plena calle.
Con orgullo, se nos dijo que somos un territorio beneficiado en recursos. Nos cuentan que la plata extraída de Potosí podría haber labrado un resplandeciente puente que atravesara el océano Atlántico de América a Europa. Orgullo pírrico. Porque ahí está Potosí, agonizando en las ruinas de su saqueado esplendor virreinal. Y acá está Bolivia, donde la gente se muere a su suerte, abandonada en plena calle.
Nos asombra la extremadamente magnánima biodiversidad de la geografía boliviana: Altiplano, llano, valles, montañas, selvas. Sin embargo, estamos entre los primeros países del mundo en deforestar. Es decir, alguien usufructúa voraz y aceleradamente del generoso territorio que nos cobija. Pero el prójimo sigue abandonado a su suerte, muriendo en plena calle.
Cada Gobierno gasta millones en llamativa propaganda asegurando que se lucha contra la pobreza y la desigualdad. Años y años que escuchamos la perorata del “crecimiento económico”. Que somos ricos, que siempre fuimos ricos, en minerales, en estaño, en litio, en hidrocarburos. ¿Y cuánto de ello sirve para que la gente no muera, abandonada a su suerte, en plena calle?
Mafias partidarias y sindicales continúan sacando rédito de la desgracia en barrios periurbanos, se adjudican el nombre de los hambrientos y los carentes, pero, al momento de gobernar, ¿hicieron algo por ellos? Todavía la gente sigue abandonada a su suerte muriendo en plena calle.
Hordas violentas se acostumbraron a tomar el espacio público. Les deleita hacer gala de su atroz imaginario de guerra, se queman el cerebro en estrechos resentimientos de “raza”, clase y castas gamonales. Y mientras exhiben el espectáculo de su violencia, el prójimo sigue abandonado a su suerte muriendo en plena calle.
No dejan de pelear como galgos por la silla, se ocupan de mezquinos cálculos políticos para perpetuarse en el poder, recuperarlo o tomarlo. Se imaginan deglutiendo su “turno” en el lujoso avión presidencial, haciéndole el negocio a sus parientes y compadres, usurpando los miserables cinco minutos de poder, los cargos, títulos y pegas. Sueñan con mantener su propia horda de sicarios y esbirros, tal como alardea un mezquino Alcalde, tal como alimentaba al caudillo de turno, hoy caído en desgracia. Y la gente sigue abandonada a su suerte muriendo en plena calle.
Se nos habló del milenario comunitarismo de nuestra cultura política. Que una revolución abolió las estructuras feudales. Se nos aseguró que nuestra democracia es imperfecta, pero funciona. Que “recuperamos” los recursos naturales con el militarismo estatista del gobierno anterior, que “recuperamos” la “democracia” (risible paradoja) con el militarista régimen actual. ¿Y algo cambió a lo largo de este devenir?
Porque el prójimo sigue abandonado a su suerte, muriéndose en plena calle.
La autora es socióloga
Columnas de ROCÍO ESTREMADOIRO RIOJA
















