¿Cómo vivir ahora?
¿Cómo hacer para vivir, y resguardando la propia vida, ante una realidad tan espinosa? No me refiero, con ello, a ninguna metafísica existencial sino a esta realidad que tenemos día a día en Bolivia, mientras el masismo en pleno y los “movimientos sociales” que detentan todo el poder van tratando de hacernos creer que lo usan para “gobernar” y cada día, con toda razón, nos espantan. El variopinto y folclórico desfile de personajes dudosos elevados a los altos sueldos, sin que importe un bledo qué vayan a hacer en sus nuevas funciones: la pacotilla al poder, y punto.
Bolivia siempre fue un lugar “dejado de la mano de Dios”, como lo pone el dicho popular, y ahora parece más lejos aún de esa mano. De muy joven, en Europa, conocí la dificultad de tener que explicar, ubicar, qué era Bolivia, que era un país sudamericano, etc. Y estaba la gente que caía en cuenta y decía “¡Ah! El país de los golpes de Estado!’ Hasta que llegó la democracia (y que ahora parece ir haciendo las maletas para irse otra vez), en efecto, Bolivia tenía el récord mundial de golpes de Estado. Y sólo ayer el país sumaba un nuevo galardón a su propia historia de infamias: un cochino fraude; aderezado a posteriori, ya también, con la invención de un golpe.
Y en cuanto a lo de resguardar la propia vida, no sólo me refiero a la vida material y sus riesgos físicos (como los que corrieron Albarracín, Marianela Paco, y muchos más –riesgos que antes se corrían bajo las dictaduras militares y hoy bajo las dictaduras sindicales y los grupos de choque masistas), sino que me refiero, simplemente, a cómo hacer para no ser tragado por el tsunami de la política corrompida y corrupta, cómo hacer para que todo eso no ocupe un primer plano en la propia vida y sin que tampoco, ni por asomo, se desentienda uno de lo que ocurre. Cómo hacer para que una realidad, y un “clima” (palabra que tan repetidamente usaba Medinacelli) tan adverso no acaben por amargar o disminuir el propio gusto de vivir o, para ir más lejos aún, la propia alegría.
¿Dónde situarse, cuando uno sabe que nunca ni entrará en política ni creerá poder incidir en las cosas, mientras tampoco es admisible ningún conformismo resignado?
Esa pregunta, que hoy y aquí adquiere una urgencia tan aguda, es sin embargo antigua y atenazó a muchos corazones. Su genealogía va muy lejos y habla del diapasón entre tierras devastadas y jardines salvados, que algún momento se sentiría en todas partes. Desde el “Francia me duele” del viejo historiador Michelet, hasta las incansables quejas de Medinacelli por la “chatura espiritual” del clima nacional, esa desazón corroyó a muchos.
Cuando parece que el país de uno, el que conocía y tampoco fue nunca ningún primor, hubiera sido definitivamente secuestrado por bandas corruptas, sin un gramo de inteligencia y con una avidez exacerbada. Esas bandas que reciben la apelación, a veces, de “movimientos sociales”. Con tal prestidigitación retórica, se absuelve la naturaleza real de cualquier agrupación y se la eleva al cielo de la justicia y de las reivindicaciones políticas inocentes. Bajo el tinglado del resentimiento y con una nueva legitimidad retórica proliferan, así, todo tipo de predadores y profesionales de la politiquería más oscura. Los hay de los que pasan de los prontuarios policiales a la pachanga de los cargos.
Pierre Legendre, conocedor de los países africanos, observaba que el riesgo, ante muchos de ellos, es el de caer atenazado entre la queja y el desprecio. ¿Es posible salir de semejantes polos? “La reacción que se opera en mí puede ser tanto de repugnancia como de resignación, puede inducirme al conformismo o a la rebeldía.”, decía a su vez y hace medio siglo, el argentino H.A. Murena, que se hacía similares preguntas. Que es necesaria, decía, una “asunción de la negatividad” y que uno debía situarse en el límite, siguiendo lo que otro autor llama una ‘lógica de lo peor’, en la cual acaban codeándose la carcajada y la tragedia.
El “ultranihilista”, como llamaba Murena a quien padece de semejantes tensiones, “no confía en salvarse ni lo busca: por así decirlo, se da por perdido de antemano, pero ello lo está preparando para un futuro que le resulta imperioso salvar para que el presente de su vida no se haga mortecino.”
No hay más, pues, que seguir viviendo, acogido al poder de lo habitual y procurando uno que el lodo no lo salpique, ni le amargue la barbaridad más reciente ahora que, implacable, cada día las trae por montones.
El autor es escritor
Columnas de JUAN CRISTÓBAL MAC LEAN E.
















