Singularidades de la civilización
La “prodigiosa” civilización no sólo nos trae motivos de desagrado y hasta de irritación, sino que también contiene espacios para el buen humor y la risa.
Hablando de la justicia, en un viejo y ajado mamotreto de varios tomos titulado Causas célebres se relatan incontables casos singulares de administración de justicia que bien podrían ser observados por quienes creen o hacen creer que puede reformarse la vomitiva justicia.
Se refiere que en el medioevo un hombre que transitaba por una de las calles de la ciudad fue expulsado por su caballo produciéndose la muerte del individuo por lo que se le instauró un juicio público y contradictorio al caballo, contradictorio porque si bien no sabía hablar el cuadrúpedo en cambio se le fue asignado un defensor para que se cumpliese el debido proceso. El caballo fue sentenciado a pena de muerte por las pruebas presentadas en su contra.
Otro singular caso, en la misma época, se produjo a raíz de la caída de un ladrillo sobre la cabeza de un individuo a cuya consecuencia quedó muerto. El ladrillo también fue sometido a juicio público, no sabemos si fue contradictorio porque el imputado era un objeto inanimado, lo cierto es que el tribunal declaró culpable al ladrillo y a ser destruido en el acto.
Ya en nuestros “magníficos” días, un individuo santamente escrupuloso se presentó ante un fiscal sentando una denuncia contra sí mismo por haber proferido insultos contra su primo hermano. La denuncia fue admitida y fue convocada la supuesta víctima a prestar su declaración, señalando que tal ofensa no se había producido y de haberse causado no le interesaba en lo más mínimo. De todas maneras, el fiscal requirió por la apertura del proceso contra el considerado ofensor. El fiscal desconocía que el presunto delito era de orden privado, amén de que a la pretendida víctima le interesaba un comino el asunto.
¡La civilización sí que es maravillosa!
Pero fuera del ámbito judicial, el oscurantismo del medioevo no ha cambiado del todo. Existen grandes pensadores y escritores que si no han sido borrados enteramente del mapa, sus nombres y sus obras están sumidas en la conspiración del silencio o han sido tergiversadas.
Quién no conoce la palabra Frankenstein, se han realizado multitud de filmes sobre este personaje, casi siempre como una vulgar obra de terror. Pocos saben que su autora fue la británica Mary Shelley nacida en 1797, la primera escritora de ciencia ficción, su padre fue el filósofo anarquista William Godwin y se dice que Mary Shelley escribió esta obra ante la muerte de su madre y de su hermana a quienes ansiaba volver a tenerlas en vida. Lo cierto es que en la novela el monstruo Frankenstein termina matando a su creador.
Enlazando con lo anterior, el megamillonario de nuestra época, Elon Musk, a quien se le ha asociado el lúgubre George Soros, insta a sus pares frenar la locura del raudo crecimiento de la inteligencia artificial, advirtiéndoles a los milmillonarios estar creando a su propio Frankenstein que tarde o temprano podría dar fin con todos ellos. El singular Elon Musk entregado a la correría del turismo espacial es el que, endosado como autor de la caída de Evo Morales del gobierno, dijo sin adornos que podía dar golpes de Estado donde se le antoje.
Más allá de esta combinación de cuentos y cosas, he escuchado que una llamada “risoterapia” es maravillosa para producir beneficios mentales y emocionales por medio de la risa. Estoy pensando “seriamente” someterme a ella. Creo que payasos no nos faltan.
Columnas de GONZALO PEÑARANDA TAIDA



















