Vendo yuanes bendecidos por Mao

Columna
RAÍCES Y ANTENAS
Publicado el 07/08/2023

Algunos años atrás, tuve la suerte de visitar Pekín, invitado por una universidad china. Mi estadía en el gigante asiático fue una experiencia fabulosa en muchos sentidos. Todo el santo día tenía un estudiante chino que hablaba o español o inglés y hacia mi cotidiano, en las calles y la universidad, muy llevadero, pero a cierta altura de mi estadía quise sentir la nueva China capitalista e ir de compras a los famosos mercados de la seda que, en la época, era el eufemismo para denominar unos khatus populares muy simpáticos donde uno podía comprar absolutamente de todo, desde un reloj Rolex (o Lolex como dicen ellos) o un Patek Philippe, hasta finas camisas de seda, por supuesto, todo falso pero de muy buena calidad.

No había duda, yo tenía que experimentar este milagro de la economía y liberarme, tanto de mi fiebre de consumo como de una larga lista de encargos familiares que había recibido. Entre tanto, requería ir solo a los templos del consumismo socialista, por lo que pedí a uno de mis amables acompañantes dos favores: 1) el privilegio de la soledad y el libre albedrío; y 2) que escribiera, en chino, la dirección del mercado y la del hotel donde me encontraba. Así podría ir y volver a salvo.

Me puse mis lentes de antropólogo, cargué la billetera de yuanes, tomé un taxi a media tarde, entregué al conductor la tarjeta con las coordenadas del mercado y me fui a experimentar el milagro capitalista en el corazón del sistema político socialista chino.

Los mercados de la seda eran mucho más interesantes de lo que me habían descrito. En edificios muy bien organizados, una especie de Huyustus modernos y verticales, se encontraba de todo y un poco más. Era el lugar ideal para aprovechar y hacer compras. Pasé cinco horas negociando y no dejando pariente y amigo sin algún recuerdito exótico.

Por supuesto que me compré un pijama de seda pura de la región de Toyota, que me da suerte a la hora de dormir, porque resbalo con facilidad a los sueños más placenteros. Tuve que comprar una maleta gigante para llevar mis preciadas compras. Agotado por la maratónica esgrima de oferta y demanda, decidí volver a mi hotel, pero descubrí, con espanto, que había perdido la tarjeta con la dirección del hotel y no tenía la más remota idea de dónde estaba.

Sabía de oídas que mi albergue estaba cerca de la universidad cuyo nombre apenas balbuceaba. Así que comencé a preguntar a la gente y a decenas de taxistas, en todos los idiomas que la desesperación me permitía, alguna indicación para volver al hotel. Obviamente apelé al lenguaje universal de las señas, lo que me convirtió en un loco que daba la impresión que estaba teniendo un ataque de epilepsia o que era un rapero callejero sin talento. Fue terrible. Estaba perdido.

La espada de la noche se aproximaba despiadada con todos sus aceros pendencieros a cortarme el camino de vuelta. Sentía el olor de la tragedia. El titular del periódico, en páginas interiores, me retumbaba en los oídos: "Profesor boliviano de la Villazón Business School desaparece en China, sólo se encuentra una maleta roja llena de chucherías y de un jarrón falso de la Dinastía Ming”.

En medio de alguna calle de Beijing me senté sobre mi maleta, vacío de ideas y lleno de una pesada culpa pequeño burguesa por haber soltado mi verbo consumista y no haber tatuado la dirección del hotel en mi antebrazo, cuando, de repente, el cielo se abrió y de un rayo de luz bajó el camarada Mao Zedong acompañado de doradas trompetas revolucionarias. Me miró con ternura, me sonrió al estilo Mona Lisa y me convocó a su tumba en la plaza Tiananmen, donde había varias cabinas para turistas perdidos como yo. Después de agradecer al líder con sonoro ¡Jallalla!, paré un taxi, repetí varias veces el nombre de Mao en éxtasis mántrico y realicé mímicas contundentes que representaban plaza, tumba, muerte, mausoleo, líder. Un inteligente chofer leyó mi pánico e hizo la asociación inmediatamente, en cuestión de minutos estaba en una oficina de turismo de la plaza Tiananmen con la dirección del hotel que conservo hasta ahora en mi billetera para cuando vuelva. Mao Zedong me había salvado.

Con tanto julepe y el intenso trabajo en la universidad me olvidé, que en unos de los cierres de la maleta, había dejado 600 yuanes que los descubrí solo a mi vuelta a La Paz. Durante años, los guardé como recuerdo del milagro chino. Ahora con alegría y sorpresa, según el Gobierno, puedo ir a intercambiarlos por bolivianos al Banco Unión. Por supuesto, también los pongo a disposición de ustedes —amables lectores, a cotización oficial— si alguien quiere usarlos. Nunca pensé que la escasez de los dólares del proceso cambio me permitiría usar estos yuanes que están bendecidos por el mismísimo espíritu Mao.

Puede ser que este su escribidor pueda vender sus yuanes, pero, por supuesto, la preguntas a estas alturas de la historia son muchas. ¿Podremos usar yuanes para una luna de miel en Puno, o para gastarlos en la Isla Margarita o en Varadero en unas vacaciones revolucionarias? ¿Comenzaremos a ahorrar en la moneda china? ¿Qué exportaciones bolivianas podrían ser pagadas en yuanes, minerales, soya o gas? ¿Los productores de hoja y los proveedores de cocaína aceptarían los pagos en yuanes? ¿Pagaremos nuestras importaciones en yuanes? ¿O los yuanes sólo servirán para comerciar con los chinos? ¿Será Bolivia la vanguardia en la substitución de la moneda mundial? No waway.

Por el momento, el uso de los yuanes en la economía boliviana es una historia anecdótica como la anterior. En 2022, comparando monedas, el dólar representaba el 88,5% del comercio mundial de divisas, en cuanto los yuanes sólo el 7%. A nivel internacional, el 58,4 de las reservas oficiales de los países estaban en dólares y sólo 2,7% en yuanes. Asimismo, el 41,9% de los pagos globales son en dólares, y solo el 2,2% en la moneda china.

El tema de los yuanes en Bolivia es otro cuento chino y tal vez, a largo plazo, Mao haga un nuevo milagro económico, pero les aseguro que la mayoría de nosotros ya no estará en esta vida para contarlo.

 

El autor es economista

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