El justo medio como mentira política: el MAS y la usurpación del presente
El “justo medio” ha sido una de las más antiguas máscaras del poder. Es un término que pretende armonía, pero que en realidad disfraza la voluntad de inmovilizar el cambio y atrincherarse en la conveniencia de quienes detentan el poder.
Este concepto, recogido en el Diccionario político o Enciclopedia del lenguaje y ciencia política, de 1849, no es una reliquia caduca. Muy por el contrario, adquiere una alarmante vigencia en Bolivia, donde el Movimiento al Socialismo (MAS), tras dos décadas en el gobierno, se esfuerza en detener la historia y convertir el presente en una repetición infinita de su propio dominio.
En Bolivia, el MAS representa hoy al actor más ruidoso de un desorden cuidadosamente producido. Con la proximidad de las elecciones generales de 2025, el país debería transitar hacia un nuevo escenario político bajo reglas democráticas.
Sin embargo, los líderes del MAS –en particular Evo Morales– muestran una voluntad explícita de impedir ese tránsito si no son ellos quienes controlan la dirección del proceso. No les interesa el juego democrático si este no garantiza su permanencia en el poder.
Y para ello, recurren al artilugio más peligroso: la manipulación de la legalidad, la judicialización selectiva, la intimidación social, y el monopolio discursivo de “los pobres”, “el pueblo” y “la historia”.
En este punto, el viejo concepto del justo medio se convierte en trampa. Dice la mencionada enciclopedia que esa idea ha servido para legitimar “el hecho sin atender al derecho”, apelando al pasado o al porvenir según convenga.
Así actúa el MAS: invoca el pasado (la colonización, la represión, la exclusión) para justificar su monopolio del presente, mientras simula hablar en nombre del porvenir (la igualdad, la descolonización, el cambio).
Pero no quiere ni pasado ni futuro: quiere eternizar el ahora. Su versión del justo medio es brutalmente clara: reino porque soy más fuerte.
Morales no solo quiere regresar: quiere que el país permanezca donde él lo dejó. Su proyecto ya no es transformador, sino restaurador. Y peor aún, excluyente. Todo aquel que cuestione su liderazgo es acusado de traidor, derechista o enemigo del proceso.
Las tensiones internas del propio MAS, hoy divididas entre Evo y el presidente Arce, no son expresión de pluralismo, sino evidencia de un conflicto de intereses por el control del botín.
Porque el poder –cuando se hace hábito y no instrumento– se convierte, en fin. Y eso es exactamente lo que hoy amenaza a Bolivia.
Esta obstinación del MAS por imponer su versión del justo medio –ni Evo ni democracia, sino Evo como democracia– produce una “violencia escandalosa”, como advertía la cita de 1845: una afrenta contra la razón, la lógica y la humanidad.
La ciudadanía no puede seguir atrapada en esta lógica de “gobernamos porque gobernamos”, “ganamos porque gritamos más”, “poseemos porque poseímos”.
Bolivia necesita recuperar la brújula de la transición democrática. No se trata de negar los avances sociales o políticos del pasado, sino de reconocer que toda etapa, incluso la más gloriosa, debe dar paso a otras.
El presente no puede ser secuestrado por la nostalgia ni por el miedo al cambio. El justo medio verdadero –si existiera– no está donde el MAS lo dice, sino en la apertura institucional, la renovación de liderazgos y la capacidad del Estado de garantizar justicia y equidad, no como discurso, sino como práctica.
Y es que, como advertía la enciclopedia, para saber dónde está el medio, primero hay que conocer la circunferencia.
El MAS hace tiempo que se olvidó de trazarla. Bolivia no puede permitirse seguir orbitando en torno a un solo actor. La historia no tiene dueño.
El autor es docente investigador de la Facultad de Ciencias Jurídicas y Políticas de la UMSS
Columnas de EDGAR FERNANDO FLORES PÉREZ





















