La república imperial, polarizada
Uno de los más notables ensayistas del liberalismo francés, Raymond Aron, acuñó la expresión “república imperial” para referirse a Estados Unidos, no en sentido peyorativo, sino como una categoría analítica para dar cuenta del fenómeno de una democracia constitucional que, sin ser un imperio colonial clásico y sin proponerse necesariamente conquistar territorios, ejercía una influencia política, militar y económica global.
Tras la reciente celebración del 4 de julio, conmemoración 250 de la revolución estadounidense, podemos constatar una profunda polarización y división en el seno de la política de ese país, que no admite una simple reducción a “progresistas versus conservadores”, dicotomía que ha existido durante décadas sin llegar a los extremos preocupantes de la actualidad.
Lo que sucede, aparentemente, es un colapso de las tendencias al interior de ambos campos, con una concentración de fuerzas hacia la versión más radical o más dura de cada partido.
En el partido demócrata, la tendencia woke (despierta) hace alusión a supuestos iluminados, muchas veces universitarios, que se consideran capaces de ver desigualdades o injusticias sociales donde la mayoría de la población no.
Esta tendencia apuesta por una completa reingeniería social que desmonte todo rastro de la cultura tradicional de su país y de Occidente.
En el partido republicano, el reaganismo clásico, de liderazgo presidencialista pero no autoritario, con su visión de libre comercio internacional y una potente presencia estadounidense al frente de la alianza atlántica, ha dado paso al trumpismo: un caudillismo que muestra poco apego al marco institucional, promueve el proteccionismo, vapulea a los aliados europeos, tiene arrebatos anexionistas y da señales de empatía con el imperio ruso.
No es que no puedan apuntarse éxitos a la administración Trump, como la merecida captura del ex dictador Nicolás Maduro. El problema radica en que cada bando sería incapaz de acreditarle esos logros al otro, en el marco de una ruptura del consenso bipartidista que es vital para la construcción de políticas de Estado.
Si se quiere que el hegemón mundial siga siendo democrático y constitucional, y no ceda terreno frente a un conocido club de regímenes dictatoriales, la “república imperial” tendrá que encontrar en los próximos años los mecanismos culturales, sociales y políticos para acortar sus diferencias y proyectar un liderazgo sistémico unificado. Será el desafío de sus 250 años.
El autor es escritor y analista político
Columnas de EMILIO MARTÍNEZ CARDONA


















