Cuando el poder pierde coherencia
Bolivia atraviesa un proceso de reconfiguración política, económica e institucional marcado por la necesidad de superar una profunda crisis.
En este escenario, suelen buscarse explicaciones en la economía, la conflictividad social o las disputas por el poder; sin embargo, existe un factor menos visible que puede determinar el éxito o fracaso de una gestión: la coherencia en el manejo de la cosa pública.
Cuando existe distancia entre lo que se dice, lo que se decide y lo que finalmente se ejecuta, el poder pierde dirección, la ciudadanía pierde confianza y la gobernabilidad comienza a debilitarse.
La coherencia exige correspondencia entre pensamiento, discurso y acción. En política, no basta anunciar una determinada orientación; es necesario disponer de medios, recursos y capacidades para convertirla en resultados. El discurso persuade, pero la gestión demuestra.
Por ello, gobernar supone equilibrar principios y práctica, objetivos y recursos, decisiones y consecuencias. Cuando uno de estos elementos se separa de los demás, aparece la incoherencia y, con ella, el riesgo de que las políticas públicas pierdan consistencia y terminen alimentando nuevos conflictos.
La gestión de Rodrigo Paz Pereira ofrece elementos para observar esta tensión. El Gobierno ha colocado la austeridad y la reducción del gasto entre sus prioridades, llegando a anunciar una disminución del30 % del gasto público y del 50% de los salarios del presidente y sus ministros como señal de compromiso frente a la crisis.
Al mismo tiempo, la administración ha debido enfrentar dificultades en la implementación de sus medidas y el propio presidente reconoció errores y pidió disculpas por ellos. Reconocer equivocaciones constituye un acto saludable de autocrítica; el desafío consiste en transformar esa autocrítica en correcciones oportunas y resultados verificables.
Aquí aparece el problema central: la coherencia no se mide únicamente por la intención de gobernar bien, sino por la capacidad de conectar decisiones, instituciones y resultados.
El Gobierno sostiene que recibió una economía caracterizada por escasez de combustibles, falta de liquidez y reservas internacionales reducidas, y presenta sus primeras medidas como parte de un proceso de estabilización.
Pero una administración pública no puede limitarse a explicar las dificultades heredadas; debe demostrar que sus decisiones producen respuestas eficaces frente a ellas. La ciudadanía juzga al poder por sus resultados, no solamente por sus diagnósticos.
Michael J. Sodaro entiende el poder como la capacidad de alcanzar objetivos y afrontar conflictos dentro de reglas, procedimientos e instituciones. Bajo esta perspectiva, gobernar no significa únicamente disponer de autoridad, sino utilizarla para transformar decisiones en políticas públicas eficaces.
El poder político adquiere sentido cuando logra conectar al Estado con la sociedad y orientar recursos y capacidades hacia objetivos colectivos. De lo contrario, la autoridad puede permanecer formalmente intacta mientras pierde eficacia en el ejercicio cotidiano del gobierno.
La coherencia también exige consistencia dentro del propio Ejecutivo. Un Gobierno que transmite mensajes contradictorios, modifica reiteradamente sus cursos de acción o enfrenta dificultades para coordinar sus decisiones proyecta incertidumbre hacia la sociedad.
Rectificar no es una debilidad; puede ser una muestra de prudencia cuando la corrección responde a una evaluación objetiva. Lo preocupante aparece cuando la rectificación se convierte en improvisación permanente y la política pública carece de una dirección reconocible. En ese punto, la gestión deja de conducir la crisis y comienza simplemente a reaccionar ante ella.
Gobernar con coherencia significa, en definitiva, hacer compatibles el discurso, la decisión, los recursos y los resultados. Bolivia necesita una administración del Estado capaz de actuar con dirección estratégica, reconocer sus errores y corregirlos sin perder el rumbo.
La autoridad no se fortalece negando las dificultades, sino enfrentándolas con transparencia, capacidad técnica y responsabilidad política. En tiempos de crisis, la coherencia deja de ser una virtud deseable y se convierte en una condición de gobernabilidad: cuando lo que se dice coincide con lo que se hace y lo que se hace produce resultados, la sociedad recupera confianza; cuando esa relación se rompe, el poder comienza a perder eficacia.
El autor es docente de la carrera de Ciencia Política de la UMSS
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