Zamudio, una estrella que no se apaga
El libro “Hasta seguir mi huella, poemas de Adela Zamudio ilustrados por artistas bolivianas” contiene 19 poemas extraídos de los poemarios “Ensayos poéticos”, “Peregrinando” y “Ráfagas”, y 19 ilustraciones de 19 artistas plásticas. Una feliz iniciativa de la Fundación Torrico Zamudio, esa entrañable tribu de sensibles a la música, la pintura, la fotografía y la buena mesa.
Adela Zamudio fue una mujer de múltiples dimensiones, una excepcional exponente intelectual del siglo XIX, que abarcó varias líneas de producción, desde la docencia, el ensayo y la literatura hasta la pintura.
Como docente, Adela Zamudio fue profesora primero, y luego fundadora y directora (1905) de la primera escuela fiscal de mujeres. Una de sus alumnas, Carmela Quiroga de Sanchez de Lozada, ya muy anciana, la recordaba como una profesora “estricta pero muy correcta”, a la que alumnas y profesoras “obedecían sin chistar”.
Adela se destacó como ensayista y crítica social. Describió con brillantez las percepciones contrapuestas de varón y mujer que la mentalidad patriarcal de la época expresaba y el contrapunto de prejuicios y lugares comunes con que se argumentaba la justificación de la desigualdad. Tenía una voz clara y precisa en el momento histórico en el que el país, durante las últimas décadas del siglo XIX y las primeras del XX lamía sus heridas después de la Guerra del Pacífico y la Guerra Federal. Quizá ese ambiente de conflagraciones inspiró el poema Fin de siglo.
Como pintora produjo alrededor de una treintena de lienzos, lamentablemente repartidos en distintos lugares, por lo cual es imposible hablar de sus líneas argumentales. Una mínima muestra de tres cuadros que se conservan en su familia son dos paisajes del valle que con tanta sensibilidad describió en poemas y relatos y una imagen de la virgen dolorosa de vívida expresión. En 1901, uniendo su carrera docente con el amor por la pintura, fundó y dirigió una academia de pintura y dibujo desde donde promovió y acompañó el interés de niñas y jóvenes por las artes plásticas.
Como escritora, Adela Zamudio pobló sus páginas de beatas, esposas abnegadas o disconformes, pero siempre obediente; campesinas prisioneras de la servidumbre obligada, románticas jóvenes enamoradas, chismosas impenitentes, huérfanas pobres de destino incierto y, sobre todo, las rebeldes, esas imperdonables. Las protagonistas que desfilan por sus páginas son muchas y diversas, como diversas son las situaciones en las que se desenvuelven.
Ya sea en la pequeña ciudad parroquial o en el bucólico paisaje de la campiña cochabambina, mujeres de distintas edades y de diversa condición social pasean sus figuras y desgranan sus pensamientos y sentimientos convirtiéndose en protagonistas de intrincadas relaciones familiares y sociales, con novios o maridos, con parientes y amistades, con patrones, entre ellas mismas y, como no, con la iglesia católica, omnipresente en la sociedad de Cochabamba de esa época. Narraciones sobre dilemas universales que enfrentan las mujeres hasta ahora, aunque hayan pasado más de cien años.
Los relatos son contados en clave relacional, una opción narrativa que contraponía abiertamente los pensamientos y los sentimientos entre mujeres y entre éstas y hombres, como se aprecia en los cuentos “Violín y guitarra” y en “El velo de la purísima”, y en “Íntimas”, su única novela. De ese modo, la lectura siempre refiere a relaciones familiares y sociales cuyo trasfondo es la sociedad de la época, evidentemente, pero nunca dejan de reflejar lo que va más allá del tiempo como son la posición y la condición social de las mujeres en la compleja variedad de la escala social.
Como feminista, ella misma en algún momento se encargó de aclarar que su posición, más que militante, era de sentido común. Por cierto, un sentido común muy contrapuesto a la mentalidad imperante a fines del siglo XIX y principios del XX, como expresó en su poema “Nacer hombre”. La pedagoga, la escritora, la poeta y la mujer (algunas de las identidades de Adela Zamudio) se rebelaban contra los cánones de la época. Como ocurrió a otras poetas de la región, entre las que destacaron Juana de Ibarbourou en Uruguay, Gabriela Mistral en Chile y Alfonsina Storni en Argentina.
La posición rebelde de Adela Zamudio no se quedó en la literatura hablando a través de otros u otras, sino que, con su voz propia de educadora, salió a la palestra pública a través del periódico El Heraldo, en su célebre su polémica con el obispo Pierini, confrontando abiertamente a la Iglesia católica local sobre su posición respecto a la educación de las niñas.
Adela Zamudio criticó y denunció a la sociedad de su entorno por pacata en sus miras y por una doble moral típica de las colectividades pequeñas, medio rurales y atravesadas por relaciones económicas de servidumbre semifeudales. Sus historias contienen múltiples alusiones a la hipocresía que plagaba las relaciones familiares y sociales de la bucólica Cochabamba, desde los hijos ilegítimos escondidos como sirvientes en las casas de sus progenitores y los señuelos abyectos con que las jóvenes casaderas tenían que lograr el objetivo del matrimonio hasta las complicidades de los párrocos para tapar escándalos con el fin de no perturbar el clima de buenas costumbres de la aldea, que ella describió en “Baile de máscaras”.
Paz Juana Plácida Adela Rafaela Zamudio Ribero, nacida en 1854 y muerta el año 1928, eligió llamarse Soledad para firmar sus primeros poemas, quizá por ser “esa voz extraña en medio de una nación patriarcal”, como la calificara Luis H. Antezana.
FRAGMENTOS
“Nacer hombre” y “Baile de máscaras”
Una mujer superior
en elecciones no vota,
y vota el pillo peor;
(permitidme que me asombre)
con sólo saber firmar
puede votar un idiota,
porque es hombre.
Él se abate y bebe o juega
en un revés de la suerte;
ella sufre, lucha y ruega;
(Permitidme que me asombre);
ella se llama ser débil,
y él se apellida ser fuerte
porque es hombre
(“Nacer hombre”, fragmento).
La vida es un gran baile
con antifaces
en que todos los hombres
usan disfraces:
y en el que todos
se adornan
con oropeles
de varios modos.
Desde la edad primera
la más lejana
la historia humana
en que se dio a la escena
toda la tierra
no es más que un gran teatro
que no se cierra.
(“Baile de máscaras”).























