Manolo Molina
EDUARDO MITRE | Poeta, ensayista, crítico y traductor literario
Te veo pasar con un libro de Kant bajo el brazo, de prisa como Van Gogh camino de Tarascón.
Y desplazándote en familia por ciudades y provincias, con la chispa del humor destapando el champán de la risa: antídoto a nuestra angustia y melancolía.
Manolo, Manolo Molina, Manolo Molina Pablos, hijo de españoles republicanos exiliados en Bolivia, amigo de tanta vida:
Imagino tu viacrucis en la espantosa noche: el maligno agostando cada vez más las vías del aire a tus pulmones, y el desespero de Cecilia a tu lado, en el coche, recorriendo las desiertas calles de Cochabamba de una clínica a otra—todas con las puertas cerradas.
Mas a pesar de todo, no descendamos al pozo de la desesperanza. Subamos, Manolo, al Mirador de las Remembranzas:
Es un domingo soleado: La mesa está servida en el patio de tu casa, a la sombra del molle. Resbalan, saltan como chiquillas una tras otra: las habas. Delante: el quesillo recién nevado. Manjar del cielo, llega la trucha salmonada del Lago (golosa la mano duda entre el limón y la llajua) con el vino blanco que fluye como el diálogo y la dicha de estar juntos.
¡Oh noches amables hasta el alba, noches que nos juntaban con Violeta Parra, Chico Buarque, la Chavela Vargas… Y en la voz formidable de Fernando Fernán Gómez: los proverbios y cantares de Antonio Machado!
No, no nos escribíamos cartas ni con la llegada del internet. Pero los años de ausencia se borraban en un santiamén en la gracia de los reencuentros. Y todo se continuaba naturalmente como reíamos ayer.
Tu amistad: puerto seguro, vino tinto que en la bodega de los afectos fiel guardabas, y bálsamo en mis asuntos de amor oscuro, difícil o imposible.
A veces, de pronto, en el silencio de mi cuarto o el bullicio de la calle, oigo en mi memoria tu silbido inconfundible, y escucho la puerta que se abre, tus pasos ya en el pasillo y el júbilo que se desata en las dos alas de la casa mientras subes las gradas.
Y te cuento, Manolo, que este viernes, de madrugada, recibimos por fin la vacuna: Sentí un gran alivio que, al pensar en ti mientras amanecía, se tiñó de culpa.
Por suerte, viniste anoche en mi sueño, sonriente, jugando con tu llavero, y me dijiste: “No seas tonto, habibi: Es ese bicho que asola el planeta con ayuda de los malos gobiernos. Más bien dime tú: dónde andas ahora y qué estás escribiendo”.
Sigo en Brooklyn, Manolo, este instante en el parque Fort Greene del que la otra tarde te vi salir, cruzar a una esquina y dar la vuelta hacia una calle desconocida. Fui enseguida a tu encuentro, pero tú, ligero como un ángel, apuraste el paso para que no te diera alcance.
Mesero aun en casa de la poesía, aquí, Manolo, te ofrezco una mesa para toda la familia, y para ti, como antes, una silla entre el Jorge Zavala y la tía Alcira.
Anímate de una vez y reanimamos a todos, pues como a César Vallejo su hermano Miguel, nos haces una falta sin fondo.
Bueno, Manolo, por si acaso te tardas, te dejamos la cena en un plato tapado en la cocina. Solo tienes que calentarla.
Pero mañana, domingo de Pascua, por favor, no nos falles: Date tiempo y modo de estar con nosotros y despertarnos de esta pesadilla. Y contigo de nuevo morirnos de risa.



























