Venezuela y Colombia, una frontera caliente
La frontera entre Venezuela y Colombia es una de las más porosas y peligrosas del mundo. Estos países comparten nada menos que 2.219 kilómetros de vecindad directa donde se reparten cerca de 40 pueblos y ciudades medianas. Además, se trata de una frontera con diversidad de topografías, a momentos altamente accidentadas, ya marinas, ya tropicales. Durante décadas, normalmente los problemas más fuertes provenían de Colombia debido a la intensa actividad guerrillera que ese país vivió durante más de medio siglo, hoy parcialmente atenuada. A ello se sumaba un coctel explosivo protagonizado por narcotraficantes y contrabandistas.
Pero ahora, la crisis venezolana marcada por el paso de cientos de miles de emigrantes y un Gobierno cada vez menos diplomático con el colombiano y buena parte de la comunidad internacional, agrava el panorama. En semanas pasadas, cuando diversos gobiernos intentaron hacer que ingrese una caravana de ayuda humanitaria, el presidente Nicolás Maduro anunció que el Ejército defendería las fronteras de Venezuela frente a lo que consideraba “un pretexto para justificar una intervención extranjera”. Muchos temieron un estallido de violencia sin precedentes.
La sangre no llegó al río, pero, pese a ello, el clima de tensión e inseguridad subió a nuevos niveles de cotidianidad. Por ejemplo, en San Antonio de Táchira, uno de los cruces fronterizos más concurridos, el clima de excepción se percibe ya en su viejo aeropuerto. Cerrado durante años, en este tiempo volvió a recibir vuelos y en los alrededores se concentran centenares de efectivos de la Guardia Nacional venezolana y vehículos pesados de este cuerpo militar.
La pulseada internacional que define la continuidad o la caída del Presidente venezolano ha añadido militares y tanquetas a esta frontera, considerada ya una de las más calientes del planeta. Hasta hace uno o dos años, Venezuela tenía apostados cerca a 40 mil militares en torno a la línea divisoria común, Colombia sólo 9.000. En la actualidad se calcula que hay unos 5.000 venezolanos y 7.000 colombianos más, al margen de mayores maniobras y despliegues estratégicos.
A emigrantes y militares igualmente se han sumado periodistas, voluntarios y activistas internacionales. Ello concentra una masa humana que ha inspirado diversos negocios de ocasión, tanto legales como ilegales, entrecruzados por los ilícitos crónicos de la zona. Así, bien puede saberse en cuestión de días de paros armados anunciados por la sobreviviente guerrilla del Ejército de Liberación Nacional (ELN), ajustes de cuentas entre narcotraficantes, asesinatos de paramilitares o guerrilleros e incluso contrabandistas y de asaltos y delitos bagatela tanto como observarse un renovado auge del negocio de la prostitución.
El pico de las tensiones y caos fronterizo se vivió cuando el 22 de febrero se intentó ingresar aquella caravana de ayuda humanitaria frenada por un bloqueo militar venezolano. La zona sumó aún varios miles de personas adicionales que provenían como apoyo a los conciertos solidarios organizados en uno y otro lado de la frontera. Los focos de violencia no pasaron a temidos niveles de eclosión. Sin embargo, dejaron la marca de que si el peligroso ajedrez internacional que ha desatado la mayor crisis venezolana deriva en algo peor, acá se hallará uno de sus epicentros.
La crisis política en Venezuela fue en creciente escalada desde que Juan Guaidó, el presidente de la Asamblea Nacional, órgano legislativo controlado por la oposición, se declarara presidente interino del país el 23 de enero. Guaidó alega que las elecciones de 2018 no fueron limpias y que, como “Maduro es un usurpador”, la Constitución establece que él debe asumir el cargo de manera interina.
Por ahora, la nueva “normalidad” suma días con los miles de venezolanos que buscan víveres o llegan a realizar los cada vez más escasos trabajos del otro lado de la frontera o los cientos y cientos diarios que huyen de su país. Una nueva normalidad que también ha cambiado los hábitos de los residentes de la región binacional. Como no pasaba antes, el grueso de la población de Táchira, o Cúcuta o San Cristobal o Puerto Santander y el resto de poblados, vive casi de manera sostenida alerta a las noticias políticas que llegan de Caracas.
























