El virus de la pandemia y otros virus
No habíamos imaginado nunca que podía convertirse en una prisión la propia casa. “Quédate en casa; lávate las manos”, es la amable consigna con que nos han confinado. Salir de noche hasta la esquina y ver ese paisaje sepulcral es impresionante. Las calles desoladas, el silencio total. Ni un alma, ni siquiera de esas que dizque vagan por el mundo por alguna pena sentimental. Nadie…
Como ahora hay tiempo para todo, hasta para imaginar fantasías terroríficas, ronda por nuestra mente la idea de que su majestad, el coronavirus, es un invento chino, uno de esos que se escaparon de algún laboratorio experimental. Esperaban haber creado un robot laborioso pero inofensivo, y les salió un monstruo. Los chinos llenaron los mercados con sus productos comerciales, ahora inundan el planeta con esa plaga diminuta, invisible y letal, originada en Wuhan, uno de los más grandes centros comerciales del gigante.
Si sólo fuera para Bolivia, podíamos suponer otra cosa, menos aterrador; pero nos dicen que es un fenómeno global. Por lo que ni los propios chinos estarían a salvo. Antes, cuando la Segunda Guerra Mundial, había dos bloques. Ganaba el primero que podía disparar al otro la bomba atómica. En este tiempo del siglo XXI las cosas han cambiado. El inmenso arsenal de armas nucleares hoy no sirve para combatir al coronavirus. Otras armas habrá que inventar. Es una plaga desafiante, hasta las potencias cuentan ahora con humildad sus enfermos y sus muertos.
Nosotros estuvimos abocados al afán de convencer al electorado todavía indeciso. Habíamos aprendido a convivir con otros virus, con esas otras plagas no menos ominosas ni menos peligrosas. La politiquería, es decir, el poder político mal utilizado, desplegaba ya su arsenal de mentiras. La cleptomanía es un virus antiguo del que no hemos podido deshacernos. Lo candidatos prometen siempre dar fin con él, pero sucede al revés: que ellos sucumben ante el poder de aquel. El prorroguismo es otro virus que ha causado ya más de una caída de los que no querían dejar el poder.
La corrupción es un virus omnipotente que no cesa de actuar. Los gobiernos siempre prometen una lucha frontal contra ella: “caiga quien caiga, corrupción cero…”. Pero sólo son palabras y palabras. Al retirarse dejan una lista más larga e incrementada con otros nombres y otros casos. En realidad, ningún gobierno ha luchado de verdad contra ese mal; todos han simulado hacerlo y en la práctica fueron permisivos y tolerantes, porque a veces hasta de sus propias filas sale el próximo corrupto.
Así las cosas. En estas horas dramáticas no sabemos cómo combatir los virus que nos golpean, que nos cercan. Son más agresivos que nosotros. Sólo nos hemos puesto a la defensiva, nos hemos arrinconado. Ese enemigo atroz de los virus no afloja; nos está dando duro y no tenemos todavía un arma eficaz contra ellos. Y peor aún es no saber qué se viene después.
El autor es columnista independiente
Columnas de DEMETRIO REYNOLDS



















