"Abril es el mes más cruel…
…Hace brotar lilas en la tierra muerta, mezcla memoria y deseo, remueve lentas raíces con lluvia primaveral”.
T. S. Eliot poetiza una dualidad inexorable que es misteriosa y evidente al mismo tiempo: vida y muerte, nacimiento y deceso. Pero, simultáneamente, esta dicotomía es desafiada por otra, una que nos hace recaer en la evidencia de nuestra humanidad: memoria y deseo. Memoria, para cobijar la esencia de lo vivido. Deseo, para evocar esa historia que no se borra y se reconforta cada vez que la invocamos.
No sé, nadie lo sabe en definitiva, cuál será nuestro último adiós, nuestras últimas palabras, ese adiós que a diario y en silencio va tallando su inevitable destino a la sombra tenue de nuestra existencia.
Si la vida misma es incierta, la muerte ha de ser uno de los hecho smás enigmáticos de la humanidad, una pérdida insustituible que, aun estando seguros de su llegada, nos aterra pensar que tarde o temprano nos llevará sin remedio.
“Hay golpes en la vida, tan fuertes... ¡Yo no sé!”, dice el poeta de Santiago de Chuco, César Vallejo. “Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos, la resaca de todo lo sufrido se empozara en el alma... ¡Yo no sé!
Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte. Serán tal vez los potros de bárbaros Atilas; o los heraldos negros que nos manda la Muerte”.
La muerte llegará naturalmente con el tiempo como su mejor aliado, se presume. Será en el ocaso de la vida, cargando los años: 60, 70, 80. Aun así, difícilmente será una resignación. O quizá será mucho más temprano de lo pensado, entonces será el peor de los sucesos.
Fue Numa Pompilio, segundo rey de Roma, el primero en diferenciar los días fastos de los nefastos.
Los fastos, eran las jornadas que estaban dedicadas a la actividad humana.
Los nefastos, eran los días dedicados a los dioses y, por tanto, toda actividad humana cesaba, a excepción de la religiosa. No eran de mal agüero. Esos eran los dies atri (días negros), jornadas malditas marcadas por las derrotas militares y el culto a los muertos.
Más allá de cualquier especulación o superstición. El mes de abril parece estar trazado con tinta negra en la literatura universal. Muertes anunciadas y trágicas que se devora el abril de nostalgias y de dolores. El abril de pasiones y de enigmas, pero también el abril de calvarios y crucifixiones.
El ensayista colombiano Rafael Gutiérrez Girardot hace un excepcional análisis de la muerte anunciada del poeta peruano César Vallejo, en su libro, César Vallejo y la muerte de Dios, incidiendo en que es una identificación de la vida con la muerte, pues su vida es un “deslumbramiento áfono, tinto”, una felicidad tardía, un instante redondo “que ya nadie siente ni ama”, es decir, una muerte anticipada. Para Vallejo, la vida fue siempre una muerte anticipada, y por eso podía tener ya el recuerdo del día en que se cumple su suerte, su muerte.
Vallejo murió en París el 15 de abril 1938, un Viernes Santo con “soledad, lluvia, los caminos”. No fue un jueves como lo vaticinó en su poema Piedra negra sobre una piedra blanca, pero eso no encierra ningún misterio, Vallejo solía morir a diario, mientras meditaba y escribía. Para él, abril encerraba un aura casi metafísica, era el mes de la pasión y de la crucifixión. Paradójicamente, así como se flagelaba advirtiendo que él había nacido un día que Dios estuvo enfermo, también invocaba un sentimiento celestial para darse aliento en su indescifrable y profundo dolor.
Ese abril que poetiza Eliot, también es el grito de la profunda angustia del hombre por la vida y la muerte, la primera, que siempre se va sin prisa, pero sin pausa. Lenta y cómodamente. Pretendiendo fustigar al descanso abstraído e inundarlo de pesadumbre por la llegada de la segunda: el hoyo negro, la pálida, la pelona, la tenebrosa, como solía llamarla Severo Sarduy.
Abril está escrito y presagiado, se vislumbra como un tiempo de pasión y partida. Es, lo que muchos llaman, el látigo de la muerte en la literatura.
En abril, se fueron a la eternidad muchos de los que ya tenían el recuerdo y sino, por lo menos el pálpito de que abril hace brotar lilas en la tierra muerta. Miguel de Cervantes, William Shakespeare, según el calendario juliano, Günter Grass, Gato Barbieri, Eduardo Galeano, Rómulo Gallegos, Isaac Asimov, Séneca, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Octavio Paz, Lord Byron, Abraham Stoker, Alejo Carpentier, Ernesto Sábato, Sor Juana Inés de la Cruz.
La partida de Gabriel García Márquez nos vino como una crónica de un adiós anunciado, similar a ese céfiro desolado que se siente cuando pasa la tormenta y solo queda la mirada perdida, recordando los espacios y los escenarios más especiales. Gabo, el que le dio alas de monarca a Latinoamérica, como anota Poniatowska, se entregaba a la imbatible pelona, mejor, esta le abría sus brazos para irse por los caminos fantasmagóricos de cada historia contada en sus libros que se quedan, en cada personaje, en cada ilusión, en cada mariposa amarilla. Abril de muertes y de resurrecciones, al día siguiente, renacen sus obras, invencibles y se hacen inmortales.
Este abril cruel que nos toca ahora. Este 2020 con rostro de pandemia que llama a la puerta de la muerte sin piedad, hace que la humanidad caiga en la cuenta de lo simple y sencilla que debe ser la vida. Un saludo, un abrazo, una sonrisa, un gesto, un beso. Como clamaba Borges en su poema 1964: “Lo que era todo tiene que ser nada. Sólo me queda el goce de estar triste, esa vana costumbre que me inclina al Sur, a cierta puerta, a cierta esquina”, se hacen vitales y necesarios. Hoy, hay un retorno a la inocencia, una reinvención de lo absolutamente básico, una reconciliación con el olvido y un reconocimiento de las indiferencias.
Un camino que nos lleva al principio de todo: al comienzo de una amistad, de un amor, de los pasos andados, de los caminos por recorrer.
Abril es el mes más cruel, con él se fueron notables escritores, pero también, ahora, en estos días nefastos que nos toca resistir a la muerte, lamentamos el dolor de la humanidad. La vida es un ensayo para la muerte, pero también, con certeza, sabremos que es el espacio más reducido e implacable en el que nos toca desplazamos.
Cuando todo termine, porque tiene que terminar, saldremos a las calles más templados y menos distraídos en absurdos. Seguramente contemplaremos las cosas con mayor detenimiento y sensibilidad, porque en el fondo, la vida seguirá siendo solo eso, un truco.
El autor es comunicador social
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















