Existen al menos 60 niños viviendo en las cárceles del país
//Texto y fotos : Micaela Villa Laura//
Ellas estaban jugando. Las hermanas María (6, nombre ficticio), Reyna (4) y Cinthia (2) se mostraban contentas ya que, junto a otros infantes que viven en el Centro de Orientación Femenina de Obrajes, en La Paz, recibieron juguetes donados por una institución. Ellas forman parte de cerca de 60 niñas y niños que viven en las cárceles de mujeres en el país.
Según la Dirección General de Régimen Penitenciario, estos menores de edad solo pueden permanecer con sus madres desde recién nacidos hasta los seis años, posteriormente salen de la cárcel para vivir con otros familiares o son acogidos en casas hogares.
“Son unos 60 niños en Bolivia viviendo en centros penitenciarios de mujeres. Eso varía. Solo los niños de cero a seis años pueden vivir con las mamás, no con los papás. (En 2018) se ha hecho un trabajo arduo y se les ha hecho entender a los privados de libertad que no es bueno que los niños estén en los centros porque se priva su derecho. Se ha logrado sacar a todos los niños de los centros de varones. Nos encuadramos a los que dice la ley”, informó a Los Tiempos, Juan Carlos Limpias, director nacional.
De acuerdo con el artículo 106 del Código del Niño, Niña y Adolescente: “(…) si ambos padres se encuentran privados de libertad (a sus hijos) se le integrará a los familiares o a una familia sustituta de acuerdo a lo establecido por este Código y, de no ser posible, serán integrados en programas específicos o centros de acogimiento, mientras dure la privación de libertad, procurando que sea en la misma localidad donde sus padres se encuentren cumpliendo la medida; c) En forma excepcional, la niña o niño que no alcanzó seis (6) años de edad podrá permanecer con su madre, pero en ningún caso en los establecimientos penitenciarios para hombres”.
“Cinthia nació en la cárcel”
Por ser la mayor, María lideraba a sus hermanas, quienes la perseguían, saltaban y corrían en una fuente sin agua ubicada en el patio del penal de Obrajes y al cual accedió este medio. La institución donaba variedad de juguetes y mientras las niñas los recibían, su madre, Carla (28) aseguró que fue sentenciada a seis años de prisión por el delito de narcotráfico, aún le faltan tres años para cumplir su condena.
“Me embaracé en la cárcel. Mi hijita de dos años nació aquí, en la cárcel. Bueno, nació en un hospital, pero nunca salió de la cárcel. Aquí, la vida de madre es llevadera, he recibido apoyo; pero no vivo bien en el sentido de que mis hijas son privadas, no pueden ir al parque. Eso me ha marcado”, dijo Carla, quien lamenta además la separación con el padre de sus tres hijas porque ya no tiene su apoyo.
María aún no sabe que pronto será separada de su madre, pues ya tiene seis años. Ella será enviada a Santa Cruz para que viva junto a su abuela materna de 67 años. “Ella me pregunta: “¿cuándo vamos a salir mamá? ¿Cuándo?” y yo le respondo que todo será momentáneo, que un día estaremos juntas”.
Todos los días en la cárcel son iguales, contó la progenitora. Como cada mañana, se levantan cerca de las 07.00. Luego de desayunar, las tres niñas se alistan para asistir al Centro de Apoyo Integral Pedagógico (CAIP) del penal, donde reciben apoyo social y pedagógico. Al medio día almuerzan y en la tarde hacen tareas y juegan, luego duermen. “La Navidad será como un día cualquiera, nos darán nuestra cena navideña y nos dormiremos”.
Según Limpias, existen un poco más de 200 mujeres privadas de libertad en este centro penitenciario, de las cuales unas 80 son mamás y al menos 15 viven con sus hijos dentro, quienes suman unos 20 niños y niñas en total.
Si falta un pañal, entre ellas se prestan -asegura Carla-, si alguien cocina un poco más se invitan y comen juntas, “todos los niños de la cárcel son hermanos y todas somos mamás de ellos y ellas”. En el día, Carla vive con sus hijas en un ambiente pequeño; y en las noches, duermen en una habitación que comparte con otras internas, que también son mamás.
“Después de salir pienso trabajar y que mis hijas vayan a un parque, que puedan elegir qué y dónde comer, que vean por vez primera los autos, a los animales, quiero que salgan y vivan, porque ellas me hacen vivir ahora”.
De 400 a 1.000 niños antes de 2018
De acuerdo con Régimen Penitenciario, hasta 2018 se tenían cerca de 400 niños y niñas viviendo en las cárceles del país –aunque según otros medios oficiales, la cantidad era de al menos un 50% más-, número que aumentaba hasta 1.000 cuando llegaba Navidad, pues los hijos de los internos recibían donaciones.
Luego que en febrero de 2018 se conoció el caso de una niña de ocho años que fue víctima de violación en el penal de Palmasola, en Santa Cruz, y cuyo autor era un recluso; y la madre, la cómplice, las autoridades de Régimen Penitenciario, en coordinación con los mismos internos de las cárceles, la Defensoría del Pueblo y otras instituciones se determinó hacer ajustes en los penales del país. Este ajuste consistió en retirar de forma gradual a los niños mayores de seis años de todos los recintos penitenciarios.
“Antes de retirar a los niños existía una falta de acceso a la educación, a los niños se les quitaba la libertad, había riesgos y hubo casos emblemáticos que fueron públicos, de violaciones a niños. Teníamos hasta adolescentes de 17 y 18 años viviendo dentro. Creo que el 2018 fue positivo porque logramos sacar hasta el último niño. Se declaró niños cero en las cárceles de varones. Solo tres fueron a casas hogares”, informó Limpias.
Para evitar que los niños sean víctimas, actualmente los que viven en las cárceles son monitoreados constantemente, reciben educación de pre kinder y kínder – este año solo tres recibieron educación primaria online en la cárcel de Obrajes-, reciben ayuda sicológica, cuentan con alimentación y tienen seguro de salud o son llevados a hospitales en caso de emergencias, también se realizan campañas con pediatras.
“En algunos departamentos, los Sedeges (Servicio Departamental de Gestión Social) llevan los alimentos o hay becas alimenticias, nuestros médicos generales coadyuvan a la revisión médica, se los prepara para la escolaridad, hay vigilancia de la administración penitenciaria. No tenemos responsabilidad directa, pero coordinamos con las instituciones que velan por los niños, como la Defensoría de la Niñez y Adolescencia, del Pueblo, como los Caips, el programa Escuela de Padres, todo para que la situación no sea traumante para ellos”, prosiguió el director.
Victoria Tarifa, facilitadora de los centros de Apoyo Integral Pedagógico (Caips) aseguró que, con este programa -dependiente del Ministerio de Educación- se quiere evitar la deserción escolar de los niños cuyas madres están privadas de libertad. Desde 2017, cuando se empezó, hasta ahora, fueron 225 niños quienes recibieron la ayuda de este programa en el penal de Obrajes. Los Caips trabajan en los centros penitenciarios del país.
Este programa nació gracias a la ayuda de la española Rosa Torrez, quien trabajó voluntariamente con niños y niñas de las cárceles. “Entonces se vuelve una política social dirigida a una población invisible y vulnerable. Nuestra metodología es apoyo escolar, recreación y esparcimiento, estimulación temprana. El objetivo es que los niños encuentren estabilidad emocional y estabilidad educativa”, dijo.
Personal de Caips trabaja con los menores de edad de forma interna y externa, es decir dentro de las cárceles y fuera de ellas. Dentro de la cárcel el trabajo se hace de forma individual y por grupo etario, a los de menor edad se les brinda estimulación temprana y los de cuatro a cinco estudian kínder y prekinder con una profesora; fuera de la cárcel, los funcionarios asisten hasta las casas de los niños, también hacen seguimiento de sus estudios.
Marilia Chambi, coordinadora de Laboratorios Solidale -institución sin fines de lucro- señaló a este medio que desde 2002 se trabajó con los hijos de los privados de libertad dentro del penal de San Pedro, en la sección San Martín. Ahora que todos los niños fueron retirados continúan trabajando con ellos fuera de la cárcel; por otro lado, su labor también se centra en trabajar con los padres que aún permanecen en prisión.
“El objetivo era apoyar a los niños en distintas áreas y hacer actividades pedagógicas relacionadas con su educación y su emocionalidad por vivir con familias discontinuas, hasta que todos los niños salieron. Actualmente se continúa trabajando con Escuelas de Padres para capacitar justamente los padres en diferentes áreas conductuales y emocionales para que puedan vivir una mejor situación con sus hijos cuando salgan de la cárcel y puedan volver a su seno familiar”.
Los cursos son voluntarios. Este año se empezó en febrero y concluyó en diciembre. “Los reos que lo hace de manera voluntaria son más propensos al cambio. Si nivel de agresividad ha disminuido”, dijo.
Russel estudiará sicología
El acto concluyó. Russel (18), junto a sus cerca de 25 compañeros de la promoción, bebieron champagne en el brindis y comieron un sándwich con refresco. Finalmente, todos tiraron sus capelos. Con el título de bachiller en sus manos y un ramo de flores, él contó que entrará a la universidad para estudiar sicología tras su experiencia vivida dentro de centros penitenciarios, donde permaneció varios años con sus hermanos, su padre y su madre.
Russel vivió desde sus seis hasta sus 15 años en dos cárceles, de lunes a viernes con su padre en el penal de San Pedro, y sábados y domingos con su madre en el de Obrajes; hasta que en 2018 salió. Su progenitor ingresó a la cárcel por el delito de robo y su progenitora por cómplice, ella se quedó seis años y ya es libre, el padre aún permanece.
“Vivir en la cárcel significa dolor y mucho aprendizaje. He vivido con mis tres hermanos. Dolor porque mi familia sufría ya que en la cárcel todo el tiempo hay guerra y siempre alguien pisa fuerte. Mi mente se ha abierto, como para que me vaya por el camino malo. Me ha marcado para toda la vida, no confío mucho en las personas”, contó el recientemente egresado de un colegio ubicado en la avenida 6 de agosto.
Recuerda que su padre consiguió tener poder dentro de la cárcel, por eso era respetado, así como sus hijos. Pero eso pasaba dentro, fuera, en el colegio donde estudiaba –al frente del centro penitenciario- sus compañeros, al saber que vivía en la cárcel lo discriminaban, incluso físicamente. “Desde pequeño vi cómo la gente se drogaba o tomaba y había reos que vivían en pésimas condiciones. Yo bebo, pero no excesivamente porque soy bailarín”.
Su jornada diaria consistía en que por las mañanas, junto a sus hermanos, iba a la guardería del penal para jugar y hacer sus tareas, para el almuerzo su padre era el que casi siempre cocinaba, y cuando podía su plato preferido “pollo frito”. Por la tarde salía del colegio para pasar clases y volvía al penal para dormir.
“En Obrajes tenía más amigos, leía libros y usaba las computadoras para aprender. Ahora prefiero la vida libre, mucho tiempo estuve muy apretado. Quiero ser sicólogo porque quiero entender más a la gente y ayudarlos si tienen problemas. He aprendido a que tienes que ser luz y no ser basura entre tanta mugre”.
Ellas prefieren vivir en la cárcel
“Yo viví muchos años dentro de San Pedro. Preferiría seguir ahí, pues afuera me han hecho daño”, lamentó Madeleine (18). Ella junto a su hermana Lesly (15), su hermano Jhonatan (11) y su madre María (35) vivieron por casi ocho años con su padre y padrastro – en dos ocasiones- al interior del penal de San Pedro.
Su madre cuenta a Los Tiempos, que en 2008 hasta 2011 tuvo que vivir con el padre de sus hijos en el penal de San Pedro, él estaba sentenciado por narcotráfico. Antes de ingresar a prisión, ambos vivían con sus hijos cuidando una casa. El dueño al enterarse del delito los echó, “por eso decidí vivir junto a mi esposo”.
Luego de cuatro años de vida dentro el penal, su esposo murió y ella se fue a los Yungas, donde no le fue muy bien. Ante esta situación decidió enamorar con el amigo de su exesposo, quien cumple una sentencia de 30 años por asesinato. Con esa pareja y sus hijos vivió desde 2014 hasta 2018, año en que se ordenó la salida de todos los menores de edad.
La rutina de vida de los tres hijos era la misma que la de Russel. Mientras vivían con su padre, la progenitora tejía y el hombre trabajaba como cuidador –para evitar robos- de su sección, por 100 bolivianos al mes. Con su padrastro pasaba lo mismo.
“Yo no volvería a la cárcel. Ahí beben, hay cosas malas”, dijo María. “Cuando los hombres tomaban, nos encerraban con llave para protegernos”, continuó Madeleine.
María y sus tres hijos actualmente viven en un cuarto alquilado en El Alto. Para generar ingresos venden tejidos que ellos bordan. Todos colaboran, hasta el niño.
Madelein aseguró que prefiere la vida en la cárcel porque se encuentra embarazada de cinco meses. El niño es producto de una violación, afirmó su madre llorando; el causante sería su tío, un hombre de 30 años que aún no está en prisión.


























