Tierra nuestra: Los parques nacionales
Texto: Alicia Cortés Soruco
Fotos: Andrés Mac Lean y Kev Alemán
La extensión de Bolivia es de 1.098.581 km2. Un país grande, robusto, sano. En este espacio, encontramos seis distintos pisos geográficos, desde las zonas tropicales hasta los pisos glaciares. Y en estas divisiones, miles de millones de especies animales y vegetales, vida desencadenada, libre y pura. Desde el molle más alto del valle hasta la más diminuta hormiga; de la punta helada de las enormes montañas altiplánicas hasta las interminables extensiones verdes del trópico. Todos los colores hacen sus apariciones: el amarillo de los ojos del puma, el negro implacable de la piedra volcánica, el celeste más puro en los cielos vallunos. Bolivia es un mundo contenido en fronteras, una representación de todo lo que la naturaleza tiene para ofrecernos.
Estas maravillas naturales no son sólo un espacio bonito: son nuestros Parques Nacionales y Áreas Protegidas. Son espacios tan valiosos que el país ha decidido atribuirles protecciones y cuidados especiales. Contamos con 22 de estas zonas, de todo tipo y configuración, más grandes y pequeños, pero todos valiosos en su propia forma.
Éste es nuestro Patrimonio Territorial, el tesoro natural que representa a Bolivia.
Como tal, esperaríamos que nuestros parques sean respetados como las maravillas que son, pero es en estos lugares donde tienen lugar las atrocidades y actos de violencia contra la naturaleza más descarados. Es aquí donde los árboles arden y el suelo se ennegrece hasta quedar irreconocible. Es aquí donde el hermoso puma encuentra su muerte a manos de cazadores furtivos. Es de estos parques de donde se arrancan a los animales “exóticos” para traficarlos y venderlos como mascotas en las ciudades, donde tendrán una vida miserable y corta.
Caminando por las áreas protegidas, por el Parque Nacional Sajama, por Toro Toro, el Noel Kempff Mercado o los otros 19 parques, nos cuesta mucho imaginarnos por qué alguien decidiría dañar estos lugares. La belleza que tienen es arrebatadora, la diversidad que contienen no tiene comparación y cada metro cuadrado tiene una historia que contar y, sin embargo, nos topamos con bolsas, latas y plásticos varios. Todos, enredados en la vegetación o flotando en los ríos.
Anualmente, perdemos miles de hectáreas frente a los fuegos y otras tantas frente a las sequías o inundaciones. Los bordes de nuestros santuarios se utilizan de botadero, acumulando basura hasta rebalsar y envenenando a los animales que allí habitan. Nuestras nieves eternas pierden su longevidad frente al calentamiento global, los altiplanos suben su temperatura. Los hogares ancestrales de nuestros símbolos, como las llamas y los cóndores, se convierten en zonas inhabitables para ellos, ya sea por extensión urbana, caza indiscriminada o cambios de temperatura. Los trópicos, tan verdes y llenos de vida, arden y se derrumban. Y el valle, antaño tan dulce, huele a gas quemado, con el aire negro contaminando los pulmones de todos.
Es solamente en el corazón de los Parques Nacionales donde todavía encontramos la belleza estremecedora de la naturaleza boliviana en todo su esplendor. Bajo la sombra de las montañas, del Sajama y del Tunari. Entre las cuevas de la Ciudad de Itas en Toro Toro. En el Chaco, entre los recuerdos de dolor y fuerza. Bajo los árboles tropicales, tupidos y vigorosos. Sintiendo el viento gélido del altiplano, con el ímpetu natural que caracteriza a nuestro país.
Estos parques son nuestros. Son, como los delimita la ley, un bien común y forman parte del patrimonio natural y cultural del país. Por lo tanto, también son nuestra responsabilidad.
Protegerlos no es una opción, es una obligación. Son los Parques Nacionales los que nos permiten conservar nuestra riqueza y biodiversidad frente a un mundo que prioriza cada vez más el cemento por sobre la tierra, lo doméstico por sobre lo libre y lo artificial sobre lo natural. Perder nuestra naturaleza es perdernos a nosotros mismos. Porque en ningún lugar nos sentimos más grandes, más libres, más orgullosos y más representados que en el centro mismo de la naturaleza boliviana, que día a día nos recuerda que vivimos y nacimos en Una Gran Nación.



























