Fernando Prado: “La planificación urbana es un tabú para nuestros políticos”
Bolivia atraviesa el mayor proceso de urbanización de su historia. Cientos de miles de personas migran rumbo a las principales ciudades mientras se vacían el área rural y las ciudades menores. Fernando Prado Salmón, uno de los más reconocidos expertos en planificación urbana del país, conversó con OH! sobre los problemas que el fenómeno trae sobre las metrópolis nacionales.
—¿Cuáles considera que son las mayores consecuencias y riesgos que enfrentan las principales urbes del país debido a la intensa migración que las afecta?
—La migración en sí no es un factor negativo. Sobre la base de la migración se han construido las grandes ciudades, las grandes sociedades, la democracia, etc. Entonces no hay que decir que la migración es la mala palabra; lo malo son las gestiones del territorio, tanto municipales como departamentales. No se han adaptado, no se han preparado para recibir esta savia que es valiosísima para su crecimiento.
No tienen estructuras de recepción, no tienen mecanismos para asimilar, no tienen programas de vivienda provisional. Por ejemplo, no tienen programas de empleo de emergencia o de capacitación para la gente que llega. Se podrían hacer muchas cosas para que la migración que llega pueda vivir en buenas condiciones y ayudar a la ciudad. ¿Qué es lo que se hace con la gente que llega? Esa masa de gente que arriba a las ciudades es utilizada políticamente. En ninguna ciudad se ha valorado que es gente joven y con ganas de trabajar.
Son gestiones caciquistas. Al saber que es gente necesitada, se le acercan determinados grupos políticos y la utilizan. Obviamente que la tienen que premiar y aparecen los loteadores y la ocupación de tierras. Curiosamente, éstas se hacen en muchos casos con el aval de los partidos políticos en función de gobierno o de grupos con poder. Ésa es nuestra desgracia, el subdesarrollo es justamente eso: no saber aprovechar adecuadamente las potencialidades que tenemos, y la gente es una potencialidad. En vez de hacer avanzar a nuestra gente, la hacemos retroceder, y a lo único que puede optar es a volverse gremialista e inscribirse en el partido.
—Son ciudades donde se aglomeran desordenadamente edificios, condominios y villas marginales. En otros tiempos se hablaba de planes para su organización. ¿Ya no los realizan? ¿Se desbordaron?
—Pasa que desde hace 20 o más años nuestros políticos abandonaron el concepto de la planificación urbana. La planificación urbana hace que esos asentamientos se incorporen a una ciudad que está planificada. Fue primero el neoliberalismo que no quiso planes porque quería hacer negocios con el gran tema de la especulación con el suelo urbano. Eso fue en los años 90. Entonces aparecieron las urbanizaciones cerradas, las torres…
Todo eso es un fenómeno que aparece con el liberalismo económico. Planificar era una mala palabra, había que desregular el crecimiento urbano. Para ellos, “nada de planes de los técnicos; aquí los que saben son quienes manejan la plata, compran tierras, especulan con la conexión inmobiliaria, crean plus valía…”. Lo curioso e increíble es que ese mecanismo neoliberal fue totalmente asumido y aplicado por un Gobierno que se califica de antineoliberal.
Más bien, en este régimen del cambio hacia lo plurinacional se han consolidado los grandes grupos inmobiliarios así como los grandes grupos especuladores de tierras. También, asociados a eso, se consolidaron los grandes grupos asaltadores de tierras que, en muchos casos, trabajan juntos. Primero entran los asaltadores y luego entran quienes ya utilizan la tierra comercialmente.
—¿No hay o no se han formulado leyes que eviten semejantes excesos?
—Primero se legisló muy poco, y luego se legisló contra las ciudades. Por ejemplo, la famosa Ley de Regularización Urbana que salió era una ley que destruía los planes reguladores de las ciudades, planes de ordenamiento. Esa ley le ordenaba a las ciudades que amplíen el plan urbano como sea, sin un plan director. Claro, eso funciona así para que después se puedan regularizar las ocupaciones clandestinas que los políticos promueven.
Las alcaldías deben darles papeles, aunque hayan sido terrenos municipales o privados. En eso estamos ahora. Hace unos días se ha renovado esa ley que es mucho más dura ahora. Ya no cuenta tener ni siquiera los papeles en Derechos Reales. Entonces no hay planificación. Las ciudades han sido entregadas totalmente al capital inmobiliario y a los movimientos de ocupación ilegal de las tierras. Así estamos: de planificación, cero.
—Esto implica una serie de riesgos como los problemas en la cobertura de diversos servicios como el agua, deforestación, inseguridad, etc. ¿no es cierto? ¿Cuáles son los riesgos mayores?
—Sí, en unas más que en otras, según el caso. Por ejemplo, en Santa Cruz está marcadísima la especulación inmobiliaria. Gente de todo el país compró y compró lotes en una cantidad que esta ciudad no va a necesitar ni hasta dentro de 50 años. Eso genera un deterioro ambiental gravísimo porque esas tierras ya no son rurales. Ya no tienen vaquitas, gallinitas ni chanchitos, ya son lotes estaqueados donde nadie vivirá durante décadas. Ése es el gran problema, básicamente, para Santa Cruz.
A ese problema se le anexa el de la segregación socioespacial. Santa Cruz era una ciudad relativamente integrada en lo social. Pero, por esta acción del capital que tiende a valorizar unas zonas para ganar más y a abandonar otras, está generando una gravísima segregación social. Todo el norte es la zona rica, la zona de clases medias acomodadas y toda la zona sur es la zona pobre. Eso antes no había.
En Cochabamba, entiendo que el principal problema es la llegada de los servicios públicos como el agua potable y el transporte. También, la calidad del aire y la deforestación. En el caso de La Paz, el problema es la sobreedificación en una hoyada y en una zona que es muy frágil. Entonces los riesgos de la construcción y los riesgos de la densificación exagerada por la búsqueda de utilidades del capital inmobiliario pueden llevar a grandes desastres.
—¿Qué se puede hacer ante el peligro de que en uno y otro caso se llegue a momentos de colapso?
—Sólo la planificación puede dar las respuestas adecuadas para cada caso. Tenemos que volver a tomar lo que en todo el mundo es conocido como lo primero que se debe hacer cuando hay un problema: planificar. Es decir, hay que sentarse, diagnosticar el problema, en base a eso, definir los objetivos y las herramientas con las que encararé el problema. Esa costumbre de enfrentar racionalmente los problemas la hemos perdido.
Ahora cualquier alcalde que llega habla cualquier burrera un día, al día siguiente dice otra cosa. No tienen ningún plan, el dinero lo invierten como sea. No saben cuáles son los problemas, no distinguen la urgencia de la importancia, ni lo micro de lo macro. La planificación urbana es un tabú para nuestros políticos. No le dan importancia a la planificación y, por lo tanto, no van a solucionar los problemas urbanos.
—¿Cree que se pueda hacer algo en función a propuestas como la de Carlos Hugo Molina, que plantean la consolidación de ciudades intermedias? Sería un sistema urbanístico que paliaría el problema, ¿no es cierto?
—Es lo que siempre se ha recomendado y en todo el mundo se hace. Están las áreas metropolitanas y están las ciudades intermedias, que un poco filtran y frenan la migración del campo. En realidad, la migración del campo a una metrópoli es un absurdo, es mucho salto cultural. La migración normal sería de la zona rural al centro urbano intermedio, donde todavía esa persona puede entender lo que está pasando. De ahí, recién sus hijos migrarán a una metrópoli para buscar mejores condiciones de trabajo que implica mucha mayor cultura urbana y muchas destrezas para vivir en una ciudad grande.
Aquí lo que está sucediendo es que, de una comunidad campesina de 200 habitantes, se trasladan a vivir a una ciudad de 2 millones. Entonces es importante ir definiendo los pasos intermedios donde la gente accederá a servicios de educación, salud y cultura. Crear esas redes es el ABC de la planificación territorial en cualquier parte, pero no queremos entender. Y ahí está Carlos Hugo sembrando en el desierto un tema que no recogen las gestiones departamentales. Debería ser tema de los Planes de Desarrollo Territorial departamentales el crear una red de centros urbanos jerarquizados.
—En esa ausencia generalizada de planificación, al parecer, proyectos como centros históricos o áreas verdes quedan igualmente archivados, ¿no es cierto?
—Son los nuevos paradigmas de las ciudades, tendencias que crean el nuevo mundo. En todas las ciudades se están creando sistemas. Sistemas para el transporte, sistemas que prioricen la seguridad y el medioambiente, sistemas ambientales de arborización y creación de espacios públicos. Eso es fundamental. Pero todo eso está dentro de los planes urbanos que se han abandonado.
Nosotros, en los años 70, comenzamos estudios para los centros urbanos. Lamentablemente, los Gobiernos municipales no quisieron tomar las medidas que se alertó que debían tomar. En este momento, el centro urbano de Santa Cruz está abandonado, en decadencia. Ya nadie quiere tener un comercio en el centro, La mayoría de los locales están cerrados y el comercio se fue a los malls y a las afueras. Nosotros habíamos propuesto hace años la peatonalización del centro y convertirlo en un centro cultural y turístico, un área especial de la ciudad.
Los centros históricos culturales son un patrimonio económico para las ciudades. Pero cada ciudad boliviana ha hecho sus propias barbaridades. Santa Cruz no quiso implementar su plan para el centro histórico que hasta tiene una ordenanza. Cochabamba ya hizo la barbaridad de la avenida de las Heroínas con una destrucción masiva de su centro histórico. Y en La Paz, los edificios del nuevo Parlamento y la Casa del Pueblo destruyeron también su centro histórico.






















