Ama llulla, Ama sua
Túpac Inca Yupanqui, le habría dicho: “Mandamos que en nuestro reino ninguna persona blasfeme al Sol mi padre ni a la Luna mi madre ni a las huacas ni a mí el Inca ni a la Coya, pues los haría matar"
La trilogía incásica se completa con Ama qhilla (No seas flojo), y ha sido adoptada como principio ético-moral del nuevo Estado Plurinacional, y está inscrita en el Art. 8, Título I, Bases fundamentales del Estado, de la nueva Constitución Política, impuesta por el MAS en el 2009. Al final de cuentas, son sólo eso, principios morales y éticos que en nuestra sociedad no representan nada. Que se cumplan o no, a quién le vale un bledo. Como decía un académico de la universidad; representan nada más que formulaciones líricas, adornos de buena intencionalidad que se inscriben con el buen propósito de alegrar y complacer a muchos, sin la voluntad plena de cumplirlos y observarlos como guías espirituales de la formación y autorrealización personal de cada uno de los bolivianos.
Desde hace más de un mes, acudimos a una espiral de acusaciones y contraacusaciones, de mentiras y medias verdades que cada quien dice tener en ese conflicto presidencial y su relación de romance con una dama, que viene involucrando día que pasa, a más personalidades del Gobierno.
Que no hubo un hijo, que éste vive por seguridad en el exterior, que son falsos los certificados de nacimiento, que hubo reconocimiento, que se ha muerto, no se habla la verdad, parece que son mentiras todo lo que se dice.
“En mi vida me he cruzado con la tal señora. No la conozco, la desconozco”. “Debías tocarle su pancita”. “Que presente al niño”, matizan entre otros dichos la “telenovela del año” como califica el pueblo a esa embarazosa situación que enfrenta el gobierno.
Esta trilogía de la visión incásica, vinculada a la justicia indígena–originaria–campesina, instituida dentro nuestro ordenamiento (Art.190), en sus ancestros no admite la mentira. La considera como antivalor y delito, y por tanto horrorosamente sancionada con 500 azotes en público.
El que violaba a una “escogida,” se le condenaba a muerte y si la “virgen” era cómplice, corría igual suerte. El adulterio entre el pueblo se castigaba con azotes, pero cuando se practicaba entre un hombre del pueblo con la mujer de un “principal,” la pena era de muerte. Cuando se estupraba a la hija de un curaca o de un noble, la pena era de muerte, pero si la víctima era de la clase popular, el delincuente sólo sufría pena de azotes, relatan los historiadores: Roque Daniel Favele argentino y Reynaldo Moya Espinosa, peruano.
Aquel cronista, Felipe Guamán Poma Ayala (1.615), da cuenta de la moral incásica; “Una línea de conducta para el pueblo, estuvo encaminada a una jerarquía de valores verdaderamente superior que se basaba en la verdad, la honradez y el trabajo.”
Túpac Inca Yupanqui, le habría dicho: “Mandamos que en nuestro reino ninguna persona blasfeme al Sol mi padre ni a la Luna mi madre ni a las huacas ni a mí el Inca ni a la Coya, pues los haría matar (...) Mandamos que no haya ladrones ni asaltantes y que en la primera falta se les castigue con 500 azotes y en la segunda falta fuese apedreados y muertos y que no se entierren sus cuerpos; que se los coman las zorras y los cóndores”.
El autor es periodista.
Columnas de JAIME D’MARE C.




















