¡Felicidades, Evo!
El mito de Sísifo, presidente Morales, es cruel pero certero, no claudica, tampoco avanza, se queda ahí, como un castigo que no tiene la más mínima posibilidad de absolución, se repite y gira como una calesita que desgasta y pudre el progreso.
Parece que Bolivia estuviera condenada a empujar eternamente la roca de una historia cruda y dolorosa que, en cuanto logra avanzar un trecho alentador, otra vez vuelve a rodar y nuevamente se tiene que empezar a forjar una historia escurridiza.
A hurtadillas y de manera esquiva aún nos preguntamos si los bolivianos ya logramos ser protagonistas de la consolidación de nuestra democracia. Fuimos artífices, luchadores y vanguardistas, sin embargo, me temo que esa trayectoria todavía no posibilitó el robustecimiento de las bases democráticas. Porque definitivamente ese apuntalamiento no sólo lo debe garantizar el Gobierno como estructura, sino, sobre todas las cosas, la sociedad como núcleo articulador, como corresponsable de ese protagonismo que forja el cambio.
Me considero un boliviano que tiene que cargar, a contrapelo, con las irresponsabilidades históricas de este y los anteriores gobiernos: sus exabruptos antidemocráticos y aversión a obedecer las leyes provocaron atropellos e injusticias. Sus reglas de juego son calcadas.
Hay muchas formas de empobrecer a una nación, presidente Morales, las hay desde las más baratas hasta las más costosas. Las primeras, tienen el signo de la soberbia, la corrupción, la prebenda, la demagogia y el egoísmo. Las segundas, son artimañas que no dejan avanzar un paso, porque sencillamente no existe conciencia social ni política que contribuya hacia un fin colectivo, único y compartido. Son costosas porque toman de facto las conciencias de sus ciudadanos y las rifan por centavos. “Secuestran” la institucionalidad democrática e imponen voluntades, egocentrismos y caprichos. Se adueñan del futuro y creen que la perpetuidad forma parte de un bien común.
Se es compatriota, presidente Morales, cuando se ejerce el concepto real de país, cuando se posee la voluntad de avanzar en los propósitos y detenerse en las diferencias, no para confrontarlas, sino para debatirlas y así unir propósitos despojándose de todo protagonismo donde la concertación y la resolución de conflictos sean parte esencial de un proyecto nacional y limpio.
“La democracia –decía Alain Touraine– no significa poder del pueblo, expresión tan confusa que se la puede interpretar en todos los sentidos y hasta para legitimar regímenes autoritarios y represivos; lo que significa es que la lógica que desciende del Estado hacia el sistema político y luego hacia la sociedad civil es sustituida por una lógica que va de abajo hacia arriba, de la sociedad civil al sistema político y de allí al Estado”.
En esta Bolivia abigarrada, paradójica y diversa, Presidente, no hay tragedia: todo se vuelve afrenta, y enfrenta el uno con el otro, el claro con el oscuro, el de abajo con el de arriba, el empoderado con el sometido, la verdad con la mentira.
Afrenta, esa que diluye sin disimulo los escándalos, lo antidemocrático y la violación a las leyes, hasta convertirlos en agua “filtrada” de la que todos, a sorbos, bebemos a diario.
Felicidades, presidente Morales, por hacer de Bolivia un país polarizado, donde la unidad social se escurre entre los dedos y pierde sustento cuando su posición, contrapuesta al consenso, se impone.
Felicidades, porque la autonomía de la sociedad civil aún duerme su proceso para reconocerla como una condición básica de la democracia.
Felicidades, por no ser dialéctico y amplio en su escenario político, por no avanzar y crear nuevos discursos que refuercen proyectos progresistas.
Felicidades, por dejar que la transparencia, la justicia y la equidad pierdan su valor esencial y se hagan añicos.
Felicidades, por no respetar la decisión democrática de un pueblo. La victoria del NO, una vez más se ha convertido en su revancha, y su imposibilidad a razonar democráticamente y a otorgar legitimidad a una determinación del soberano, le impiden acatarla y respetarla.
Felicidades, por que el manto negro de la corrupción ha cubierto fraternalmente a este país, lo absorbe, lo consume y lo debilita. Hace que lo ilícito se convierta, como por arte de magia político, en lícito.
Finalmente, presidente Evo Morales Ayma, esta columna no me abastecería para seguir felicitándolo. De aquí en más, considero que su gobierno continuará como siempre. Como boliviano, siento la necesidad urgente de sacarme de la cabeza la idea de que mi país no debe estar predestinado a una histórica esperanza, o cuando menos, a pensar que esa roca de Sísifo sea más liviana y que algún día ya no vuelva a caer.
El autor es comunicador social.
Columnas de RUDDY ORELLANA V.



















